Así que para salir de dudas, coloqué a un enfermero falso, un espía para que cuidara de la hermana de mi esposa, porque tenía la sospecha de que él intentaría terminar lo que el accidente no pudo. Y vaya que no me equivoqué. Sí intentó matarla, el muy hijo de puta. Y bueno, en mi infinita compasión —porque mi lobita había regresado a mí— ayudé a esconder a la mujer. Recién hace un par de días despertó del coma. Y, por la expresión que lleva ahora… despertó con ganas de vengarse. —E-estás viva ¡¿pero cómo?! —exclama mi esposa, con evidente confusión y sorpresa— S-si hace días te enterramos, estabas muerta y… —Pero no morí, hermanita. Su respuesta, o mejor dicho, la forma en que lo dice y a quién mira, me hace sonreír. Y yo, aunque no debería, también sonrío con satisfacción, ocultan

