Capítulo XIX

836 Words
CAPÍTULO XIXEn la mesa de los hombres, la charla se iba animando cada vez más. El coronel contaba que el manifiesto con la declaración de guerra ya había sido publicado en San Petersburgo, que un correo había llevado un ejemplar al general en jefe, y que él lo había visto. —¿Y por qué tenemos que hacer la guerra a Bonaparte? —dijo Shinshin—. Ya le ha zurrado la badana a Austria. Me temo que esta vez nos tocará a nosotros. El coronel, un alemán robusto, alto, sanguíneo, militar veterano y patriota, se sintió ofendido. —Porque el zar, señor mío —dijo con fuerte acento alemán en mal ruso—, sabe lo que debe hacer. Ha dicho en el manifiesto que no puede quedarse indiferente ante el peligro que amenaza a Rusia, la seguridad del imperio, su dignidad y la santidad de las alianzas —marcó la palabra alianzas como si ahí radicase todo el sentido de la cuestión. Con la infalible memoria que lo distinguía, repitió las primeras líneas del manifiesto: —«… y como el deseo y único objeto del soberano es instaurar la paz en Europa sobre unos cimientos sólidos, ha enviado al extranjero parte de sus tropas y hará nuevos esfuerzos para alcanzar tal propósito.» Esos son los motivos, señor —sentenció vaciando el vaso de vino y pidiendo del conde una mirada aprobatoria. —Connaissez-vous le proverbe?48 Jerome, Jerome, quédate en casa y cuida tus husos —dijo Shinshin frunciendo el ceño con una sonrisa—. Cela nous convient à merveille.49 A Suvórov lo derrotaron à plate couture,50 y ¿dónde están los Suvórov ahora? Je vous demande un peu51 —terminó pasando del ruso al francés constantemente. —Debemos luchar hasta la última gota de sangre —el coronel golpeó la mesa— y morir por nuestro zar. Solo así irá todo bien. Y razonar lo menos posible, ¿no? —se volvió al conde—. Eso pensamos los viejos húsares. Y usted, joven y húsar, ¿qué piensa? — ahora se dirigía a Nikolái, que al oír hablar de la guerra había abandonado a su interlocutora y era todo ojos y oídos, atento a las palabras del coronel. —Estoy de acuerdo con usted —repuso Nikolái con pasión haciendo girar el plato y cambiando los vasos con decisión, como si corriese un grave peligro—. Creo que los rusos debemos morir o vencer —añadió dándose cuenta, como los demás, de que sus palabras eran demasiado fervorosas para el momento y, por tanto, inoportunas. —Es hermoso lo que acaba de decir —suspiró Julie a su lado. Sonia temblaba, roja hasta las orejas, el cuello y los hombros, mientras Nikolái hablaba. Pierre atendió al coronel y movió la cabeza aprobando. —Eso está bien. —¡El joven es un verdadero húsar! —El coronel golpeó de nuevo la mesa. —¿Por qué hacen tanto ruido? —preguntó desde el otro extremo la voz grave de María Dmitrievna—. ¿Por qué golpeas la mesa? —dijo al húsar—. ¿Contra quién te irritas? Te crees frente a los franceses, ¿no? —Digo la verdad —sonrió el coronel. —La guerra, la guerra —gritó el conde de un extremo al otro de la mesa—. Mi hijo va a la guerra, María Dmitrievna; se nos va. —Yo tengo cuatro hijos en el ejército y no me quejo. Todo está en manos de Dios. Unos mueren junto a la estufa y a otros Dios los trae sanos y salvos de la batalla —dijo ella con voz grave desde el otro extremo de la mesa. —Así es. Las conversaciones se concentraron una vez más: por un lado las damas y por otro los caballeros. —A que no lo preguntas, a que no te atreves —decía a Natacha su hermano pequeño. —¡Sí que lo haré! —repuso ella. Tenía el rostro encendido por haber decidido algo divertido. Se levantó y miró a Pierre, frente a ella, como pidiéndole que escuchase, luego miró a su madre: —¡Mamá! —su voz infantil resonó sobre de la mesa. —¿Qué quieres? —se alarmó la condesa adivinando que era una travesura y agitó la mano con un gesto amenazante. Las conversaciones cesaron. —Mamá, ¿qué hay de postre? —preguntó con más decisión Natacha. La condesa quería enfadarse y no podía. María Dmitrievna levantó un grueso dedo amenazador. —¡Cosaco! —dijo severamente. La mayoría de los invitados miraban a los más mayores sin comprender. —Ya verás… —comenzó la condesa. —¡Mamá! ¿Habrá postre? —repitió Natacha con voz resuelta, segura de que su audacia sería bien recibida. Sonia y Petia sofocaban la risa. —Veis que he preguntado —susurró Natacha baja a su hermano y a Pierre, a quien miró de nuevo. —Habrá helado, pero no para ti —dijo María Dmitrievna. Natacha comprendió que no había que temer, por lo cual no se asustó siquiera ante María Dmitrievna. —María Dmitrievna, ¿de qué es el helado? No me gusta el de mantecado. —De zanahoria. —No es cierto… María Dmitrievna, ¿de qué es el helado? ¡Quiero saberlo! —casi gritó. María Dmitrievna y la condesa rieron, no por la respuesta de María Dmitrievna, sino por la audacia y el desparpajo de aquella niña que podía portarse así con María Dmitrievna y se atrevía a hacerlo. Natacha continuó hasta que le dijeron que el helado era de piña. Antes se sirvió champán; la música sonó nuevamente, el conde besó a la condesa y los comensales la felicitaron y brindaron con el conde, con los niños y unos con otros. Los camareros se pusieron en marcha una vez más, se produjo nuevamente el ruido de sillas y en el mismo orden, pero con los rostros más rubicundos, los comensales regresaron al salón y al despacho del conde.
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