Capítulo IV

1162 Words
CAPÍTULO IVEntonces un nuevo invitado entró, el joven príncipe Andréi Bolkonsky, marido de la pequeña princesa. El príncipe Bolkonsky era un joven de estatura media, agraciado, de rostro enérgico, rasgos secos y marcados. Todo él era contraste con su esposa, tan vital, desde su mirada cansada y de tedio hasta su paso lento y uniforme. Parecía conocer a todos los presentes, y le fastidiaba tanto que hasta le aburría mirarlos y escucharlos. De todos esos rostros, el de su esposa era el que más le aburría. Se apartó de ella con una mueca que afeó su semblante, besó la mano de Ana Pávlovna y miró a los demás con ojos entornados. —¿Se alista a la guerra, mi príncipe? —preguntó Ana Pávlovna. —El general Koutouzoff —Bolkonsky acentuó a la francesa la última sílaba zoff— me ha solicitado como edecán… —¿Y Lisa, su mujer? —Irá al campo. —¿No le parece un pecado privamos de su esposa? —André —Lisa habló a su marido con el mismo tono mimoso que dedicaba a los extraños—. ¡Si supieses la historia que nos ha contado el vizconde sobre mademoiselle George y Bonaparte! El príncipe Andréi entrecerró los ojos y se apartó. Pierre, que desde que entró no había apartado de él su mirada sonriente y amistosa, se le acercó y lo tomó del brazo. El príncipe puso una mueca de disgusto a quien lo sujetaba, pero al ver el rostro de Pierre le correspondió con una sonrisa inesperadamente bondadosa y agradable. —¡Cómo! ¿Tú también en el gran mundo? —dijo. —Sabía que iba a venir —repuso; y añadió en voz queda para no molestar al vizconde, que proseguía con su relato: —Iré a su casa a cenar. ¿Puedo? —No, no puedes —rio el príncipe Andréi apretándole la mano para dar a entender que eso no se preguntaba. Quería añadir algo, pero entonces el príncipe Vasili se levantó con su hija y los hombres hicieron lo mismo para dejarles paso. —Me perdonará, querido vizconde —dijo el príncipe Vasili al francés tirándole afectuosamente de la manga hacia la silla para que no se fuese. Esa dichosa fiesta del embajador me priva de un placer y lo interrumpe —y volviéndose a Ana Pávlovna: —Siento mucho abandonar esta magnífica velada. Su hija, la princesa Helena se deslizó entre las sillas sosteniendo la cola del vestido y su sonrisa iluminó aún más su rostro. Al pasar delante de Pierre, él la miró con ojos temerosos y entusiastas. —Es realmente bella —dijo el príncipe Andréi. —Sí —asintió Pierre. Al pasar a su lado, el príncipe Vasili tomó la mano de Pierre y volviéndose a Ana Pávlovna dijo: —Domestíqueme a este oso. Hace un mes que vive conmigo y es la primera vez que lo veo en sociedad; es imprescindible para un joven que frecuente a mujeres inteligentes. Ana Pávlovna prometió con una sonrisa ocuparse de Pierre, que era pariente del príncipe Vasili por línea paterna, según sabía ella. La señora de mediana edad sentada junto a ma tante se levantó rápidamente y fue hacia el príncipe Vasili, alcanzándolo en el vestíbulo. Su rostro ya no fingía un interés inexistente; su cara bondadosa ahora solo indicaba ansiedad y miedo. —Príncipe, ¿qué me dice de mi Boris? —preguntó cuando estuvo cerca pronunciando la “o” de Boris con un acento especial—. No puedo quedarme más en San Petersburgo. Dígame qué puedo contar a mi pobre hijo. Aunque el príncipe Vasili la escuchaba forzadamente, casi sin educación, mostrando impaciencia, la señora le sonreía tierna y conmovedoramente. Lo agarraba del brazo, como para que no se marchase. —Una palabra suya al zar y mi hijo entraría de inmediato en la Guardia. —Créame que haré cuanto pueda, princesa —repuso el príncipe Vasili—. Sin embargo, me cuesta pedírselo al zar; le aconsejo que hable con Rumyantsev por medio del príncipe Golitsin; será lo mejor. La señora era la princesa Drubetskaya, de una de las mejores familias del país, pero era pobre y estaba retirada de la sociedad hacía mucho y había perdido sus antiguas amistades. Había ido solamente para conseguir un nombramiento en la Guardia para su único hijo. Únicamente para encontrar al príncipe Vasili asistió a la velada de Ana Pávlovna; solamente por eso había escuchado la historia del vizconde. Las palabras del príncipe la asustaron. Su rostro, hermoso antaño, se mostró airado un instante; pero no duró. Sonrió de nuevo y agarró con más fuerza el brazo del príncipe. —Escuche, príncipe —dijo—, jamás le he pedido nada ni volveré a hacerlo; no le he recordado la amistad que le brindó mi padre. Pero ahora, en nombre de Dios, lo conmino a que lo haga por mi hijo y lo consideraré mi benefactor —añadió con prisa—. No se enfade, prométamelo. Ya he hablado con Golitsin y se ha negado. Sea un buen chico. —concluyó tratando de sonreír con los ojos cuajados de lágrimas. —Llegaremos tarde, papá —dijo la princesa Helena, que aguardaba en la puerta girando su hermosa cabeza sobre sus hombros de hermosura clásica. La influencia en el mundo es un bien que debe ser vigilado para que no se escape. El príncipe Vasili lo sabía y también que si intercedía a favor de cuantos se lo pedían terminaría no solicitando nada para él. Aquello lo obligaba a recurrir rara vez a su propia influencia. Pero con la princesa Drubetskaya, tras la última exhortación, le remordió la conciencia porque le había recordado la verdad. Los primeros pasos de su carrera los debía al padre de la dama. Además, por su modo de actuar intuía que era una mujer de esas que no renuncian a una idea hasta verla realizada si se han empeñado en ella y, en caso contrario, vuelven a la carga cada día y en cada ocasión sin importarles hacer escenas. Aquello último lo hizo vacilar. —Chère Ana Mijáilovna —dijo con su habitual familiaridad y cierto tedio en la voz—, casi me es imposible hacer lo que pide, pero en prueba de mi cariño y el respeto a la memoria siempre viva de su padre haré lo imposible. Su hijo entrará en la Guardia. Deme la mano. ¿Está contenta? —¡Amigo mío, mi benefactor! No esperaba menos de usted sabiendo lo bueno que es. —El príncipe trató de irse—. Aguarde, dos palabras… una vez en la guardia… —calló un instante—. Usted tiene buenas relaciones con Mijaíl Ilariónovich Kutúzov, recomiéndele a Boris como edecán. Entonces estaré tranquila y… El príncipe Vasili sonrió. —Eso no se lo prometo. No imagina cómo asedian a Kutúzov desde que lo nombraron comandante en jefe del ejército. Él mismo me ha dicho que todas las damas de Moscú se han conjurado para recomendarle a sus hijos como edecanes. —Prométamelo; no dejaré que se vaya, mi querido benefactor. —Papá —repitió en el mismo tono la hija—, llegamos tarde. —Bueno, au revoir,14 adiós. Ya ve… —¿Hará entonces la recomendación mañana mismo al zar? —Claro; pero no le prometo lo de Kutúzov. —No, prométamelo, Basile —dijo ya a sus espaldas Ana Mijáilovna con una sonrisa de joven coqueta que debió ser habitual en ella antaño pero que ahora no se adecuaba a su rostro ajado. Olvidaba sin duda su edad y por costumbre sacaba sus antiguos recursos femeninos. En cuanto salió el príncipe, su semblante recuperó la anterior expresión fría y fingida. Volvió al círculo donde el vizconde proseguía sus relatos fingiendo una vez más escucharlo, aguardando la ocasión de marcharse, pues el motivo de su visita estaba cumplido.
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