La puerta se abre dolorosamente lenta, volteo a la entrada cuando aparece Ana por delante, abriéndole la puerta a Emilio.
– Adelante Sr. Salvatore, ¿le puedo ofrecer algo para tomar? – pregunta mientras Emilio entra a la oficina, con sus mocasines marrones, jeans azul oscuro, camisa por fuera celeste y cabello semi despeinado. Maldición, se ve muy sexy. Puedo sentir como mi interior se contrae solamente con verlo.
Después de dar dos pasos dentro de la oficina, se queda inmóvil. Su mirada fijamente en mí y noto alguna expresión en su cara. Sonríe pero no estoy segura si es de alegría, nerviosismo o sorpresa; tal vez sean todas.
– Eh…agua estaría bien, gracias – musita, sin voltear a ver a Ana.
– Sr. Salvatore, gusto en verlo – digo mientras me paro del cómodo asiento de mi escritorio. Ana sale de la oficina y se va, cerrando la puerta detrás de ella, sin antes gesticular "oh My God" hacía mí, sacándome una sonrisa por su forma de ser.
– Hola Paula, gusto en verte a ti también – sonríe y esa mirada penetrante está sobre mí, me estoy quemando por dentro pero debo permanecer fuerte.
– ¿Qué te trae por aquí? – estiró la mano para saludarlo. Él toma la mía y se inclina para darme un beso en la mejilla. Siento un extraño choque eléctrico pasando por todo mi cuerpo, empezando desde la mano que él está tocando, también inhalo su perfume, y es totalmente embriagador. – toma asiento por favor – soltando su mano y retomando la compostura, señalo el asiento que está frente a mi escritorio.
– Te ves muy bien – noto en sus mejillas un ligero sonrojo cuando dice eso
Levanto una ceja, eso no me lo esperaba. – Ehm, gracias, tú igual, entonces, ¿Qué pasa con la mansión royal? ¿Qué tienes en mente? – digo rápidamente para cambiar el enfoque de mis pensamientos.
Sacudiendo la cabeza responde – ah sí, la casa – hace una pausa – antes de empezar con eso, necesito que me respondas algo. – dice mirando fijamente a mis ojos.
Estoy en shock, otra cosa que no me esperaba, generalmente las preguntas las hago yo. ¿Qué quiere saber? Por favor que no sea sobre mí.
– Sí, ¿Qué deseas saber? – respondo amablemente - tirandome para atrás en el asiento.
– ¿Hace cuánto tiempo has trabajado aquí?
Oh cariño, yo fundé la compañía, yo soy la dueña y señora de todo esto. Pero decir eso se escucharía muy, egocentrista, creo.
Me aclaro la garganta antes de responder – em, un par de años. ¿Por qué? ¿Estás preocupado por mi experiencia?
– em, no es eso, es solo que – dice cambiándose de posición en la silla, – solo tenia curiosidad, digo, por ser tan joven y estar en una oficina así. – dice señalando a nuestro rededor
– Entiendo tu aprehensión con respecto a eso. Es totalmente normal, estoy segura que quieres confiar plenamente en la persona que va a hacer el trabajo en tu casa. Es mucho dinero lo que está en juego. – trato de empatizar con él – ahora, una oficina así – hago el mismo gesto que él ha hecho – se gana por trabajo duro y mucho esfuerzo, creeme que no es un regalo, si estoy aquí, atendiendote el día de hoy, es por que soy capaz de hacer cualquier cosa en esta ciudad. Pero si tienes dudas de mi experiencia en este campo, o en cualquier otro, eres libre de preguntar a cualquiera de mis clientes, te paso los contactos que necesites. Y si no estas conforme con las respuestas, te puedo dar una lista de constructoras dispuestas a ayudarte. – termino de hablar, con tono amable pero firme.
Disfruto viendo a la gente pasarla mal y apenarse por sus preguntas tontas, hasta cierto punto, me gusta que duden de mis habilidades, así, tengo oportunidad de aplastarlos. Aunque por alguna extraña razón, siento un poco de remordimiento en hacerlo sentir mal por su pregunta. El chico quiere asegurarse que se hará bien el trabajo. Seré indulgente una vez.
– pero creeme, estás en buenas manos. – le sonrío cálidamente. – todos en esta compañía están completamente capacitados para hacer cualquier clase de trabajo. He escuchado que el dueño de esta compañía es muy estricto con eso. Además, solo por ser amigo de Eugenio, te daré una asistencia personalizada – le guiño un ojo. ¿le acabo de guiñar un ojo? ¿Qué mierda pasa conmigo?
– que bueno escuchar eso, de hecho confio en tí, más de lo que piensas. – me devuelve la sonrisa
– gracias. ¿Hablamos del proyecto?
– sí, claro – dice poniendo sus manos en sus muslos. ¡Por fa-vor! Sus brazos! Sus manos! No puedo evitar imaginar sus manos sobre mis pechos, acariciando todo mi cuerpo, hasta llegar a mi v****a… Paula, ¡carajo!
Vuelvo al presente cuando Ana entra con una botella de agua y un vaso para Emilio y un café con leche, con 1 de azúcar para mí. Después de esto trato de controlar esos pensamientos y mentalizarme en que debo concentrarme en el proyecto. Dice lo que le gustaría hacer en la casa, como le gustaría que quedara todo, etc. Yo, por otro lado, hago anotaciones y observaciones. Reviso los planos de la casa en la computadora y respondo si es posible o no hacer lo que él quiere. No puedo dejar de ver sus ojos, sus labios, sus manos... Lo veo en cada oportunidad que tengo. Intento encontrar algo que me haga desistir de estos pensamientos pero solo se mete más y más en mi mente. Tengo que ponerle un alto pero no sé cómo hacerlo. Por primera vez en mucho tiempo, no sé cómo hacerlo.
– Bueno, ya está todo listo. Sólo falta ir a la casa para tomar algunas medidas y que veas algunas muestras con los diseñadores. Dime qué día de la semana puedes, para así poder coordinar una cita.
– Me quedaré aquí un par de semanas más, así que cualquier fecha estaría bien para mí. – responde viéndome a los ojos con esa mirada penetrante que me pone nerviosa.
– Perfecto, haré que mi asistente coordine la cita con los visitadores y diseñadores. – respondo guardando las notas que tomé sobre el proyecto.
– ¿Visitadores? – pregunta juntando sus cejas
– Sí, personas que van a remodelar la casa. Toman fotos, notas, hacen un análisis meticuloso de los cimientos y el estado general de la propiedad y después me envían el informe. Son buenas personas. Bastante confiables.
– Pensé que tú ibas a ir. Digo, con eso que va a ser un servicio personalizado – manifiesta, con una sonrisa coqueta.
Aquí vamos, digo para mí misma, aunque está hermoso y huele riquísimo todo el tiempo, no me puedo arriesgar de tal forma.
– Sí, es personalizado porque yo personalmente haré los planos de las modificaciones y estaré al tanto del proyecto, de los avances y todas esas cosas. Generalmente después de la cita conmigo, los derivó a diferentes ingenieros y arquitectos para que terminen el trabajo. Si bien te voy a derivar a las personas con más experiencia en lo que quieres hacer, voy a estar revisando personalmente los planos y avances de la obra.
– Bueno, entonces, ¿nos vamos a reunir seguido?
– No tan seguido, solo 1 o 2 veces más, según la duración del proyecto. Si eso está bien para tí.
– En realidad, estaba esperando que nos viéramos un poco más.
– Bueno, si quieres seguir el proyecto más de cerca, haré que los encargados de obra te envíen un informe cada 2 días de los avances.
– No me refiero a eso. – dice serio.
–¿Cómo? ¿Entonces?
– Paula, quiero tener una cita contigo. – confiesa y todo queda en silencio
– U…¿Una cita? – Trato de ocultar mi miedo, pero fallo miserablemente.
– Sí, una cita, los dos, ir a cenar, almorzar, o por lo menos, un café. – expresa, mientras se recarga en el escritorio
– Mira Emilio, no sé si sería correcto para nosotros hacer eso, más ahora que tenemos un proyecto por delante. Creo que deberíamos… –me interrumpe
– Una sola vez, por favor. – su mirada tierna hacia mí me derrite por dentro.
Me quedo callada un momento, mirándolo fijamente, pensando mil cosas por segundo. No sé qué hacer y realmente odio cuando eso pasa. Es él, es Emilio. Es en quien no dejé de pensar en todo el fin de semana y ahora me está invitando a salir. Tengo que responder algo a esto…
No me reconozco. Yo no soy así. Soy una persona segura de sí misma, que sabe lo que quiere, que no se deja llevar por sus impulsos, que tiene temple y no se deja de nadie…pero heme aquí, parezco una adolescente con el pulso acelerado porque un chico me invita a salir. Las citas están totalmente prohibidas en la clase de relación que me gusta tener, pero creo que solo por esta vez haré una excepción.
Me acomodo en mi asiento para estar más derecha, parecer más confiada e imponente, aunque en este momento, no me siento de ninguna de las dos.
– Por favor – suplica una vez más
– ¿Siempre eres tan insistente? – pregunto con curiosidad.
– Puedo ser mucho más insistente. – me dice curvando sus labios con una pequeña sonrisa. Qué sexy se ve eso.
– Bueno, un café. – digo con una sonrisa
– Perfecto, vamos – dice mientras se levanta del asiento.
– ¿Vamos a dónde? – respondo abriendo los ojos de par en par
– Vamos a tomar un café, dijiste café, ¿No?
– Sí, dije café pero no dije que ahora. Además, tengo responsabilidades aquí, no las puedo dejar así como así. – gruño apurada, no estoy lista para esto, tengo que prepararme mentalmente para tener una cita...hace años que no tengo citas.
– Tienes razón, puedo traerte problemas y no quiero eso. – ahora luce arrepentido
– Problemas como tal, no creo, pero sí tengo mucho trabajo que terminar. – enuncio dulcemente
– Bueno, entonces, dime un día.- propone
– Voy a ver que puedo hacer con mi agenda y hago de Ana te avise. – Le digo, probando su paciencia.
–¿Ana? – expresa con confusión
– Sí, mi asistente – le sonrío tiernamente.
– No me sentiría cómodo agendando este tipo de citas con tu asistente, no si son para cosas personales…cosas privadas – declara con seguridad.
Este hombre tiene un cartel gigante que dice “problemas”. No quiero tener que lidiar con él. No creo que sea buen candidato para s*x-pal. Pero no puedo decidir así de rápido, tengo que darle una oportunidad.
– Está bien – reviso mi agenda electrónica – hoy, ¿te parece bien a las 8pm? – le digo sin dejar de ver la agenda.
– Cualquier hora está bien para mí. Solo quiero conocerte un poco más. – mierda, nadie me conoce un poco más. Bueno, solo Rebeca y eugenio
– No hay mucho más de lo que tus ojos ven. – miento mirándolo directamente a los ojos.
– no lo creo – sonríe, enseñando sus maravillosos dientes blancos. Su sonrisa me desarma, tiene ese efecto en mí que solo había sentido con una persona. – ¿quieres que pase por ti o prefieres que nos encontremos en algún lugar?. – pregunta
– Nos vemos en la puerta del café que está a 3 cuadras de aquí, tienen un apple pie delicioso...así que ¿a las 8?. Por favor se puntual.
– No te preocupes por eso Paula. Yo… – interrumpe el timbre del teléfono
– Dime Ana – contesto en el altavoz
– Sra. Ambroa, su cita de las 2:30 está aquí. – miro el reloj, he pasado hora y media con este hermoso espécimen y ni cuenta me había dado.
– Gracias Ana, en unos minutos estaré lista para la siguiente cita. – cuelgo
– Bueno, creo que esa es la señal para retirarme – dice Emilio mientras se levanta del asiento. Yo imito sus movimientos.
– Sí, creo que sí, necesito trabajar y creo que si te quedas aquí vas a impedir que trabaje productivamente – mierda ¿que dije? Le estoy coqueteando!! Yo no soy así en lo absoluto. Lo acompaño a la puerta y alcanzo la perilla.
– Dios no quiera que sea una distracción para usted, señorita – me da la mano en forma de despedida – te veo en unas horas Paula, no puedo esperar.
– te veo en un rato Emilio. – mi voz es baja, llena de nerviosismo e inseguridad.
La jornada laboral sigue como siempre, sumergida en citas de trabajo, reuniones y llamadas. Mis días son todos prácticamente igual desde que llego a la oficina hasta que me voy. Doy gracias a Dios por tener mucho trabajo, por darme las fuerzas que me ha dado para levantar las compañías que he hecho, que a pesar de la competencia, he salido adelante. Supongo que es por que hacemos las cosas a la perfección, y eso es porque tengo el mejor equipo de trabajo del país.
Después de hacer un descanso para comer lo que me preparo Bertha y dos citas más, es hora de regresar a casa para organizar algunas cosas de trabajo. Me abro paso entre llamadas y mensajes para llegar al auto, donde me espera pacientemente Charly, abriendo la puerta trasera cuando me ve acercarme.
– A casa, Charly – digo mientras entro al auto
– Sí srta. – responde y da la vuelta hacia el lado del conductor
– ¿Comiste algo hoy?
– Sí, hoy comí en la cafetería de la compañía – dice mientras pone en marcha el auto.
– Déjame adivinar ¿Sandwich de pollo? – Sé que siempre pide lo mismo cuando come en la cafetería.
Sonríe antes de responder – Así es.
– Ya sabes que puedes comer cualquier cosa de la cafetería, tú tienes carta abierta.
– Sí, srta, lo sé, pero el sándwich de pollo es realmente rico – dice apenado.
– Sí, es rico el sandwich de pollo de aquí, no te culpo.
Miro por la ventana del auto. La gente camina en diferentes direcciones, cada quien en su mundo, todos con pensamientos diferentes. Mientras mi pensamiento está en una sola persona.
Llegando a casa, tomo un baño rapido, me visto con un jean pegado, una blusa blanca y camisa de botones a cuadros azules mangas largas arremangadas a ¾, convers negros, un poco de rubor y lapiz labial. Cabello suelto en ondas sueltas.
– Charly, salgo en media hora – digo a Charly, cuando salgo de la recamara encontrándolo parado en la puerta de la cocina hablando con Bertha, su madre. – me llevaré el A5 y después te puedes ir a casa. – le anuncio
– Sí, srta, y gracias. – responde con una sonrisa y se retira.
Camino hacia la sala y me paro frente al piano. Paso mis dedos por el protector de teclado, lo levanto suavemente mientras me siento en la banqueta y comienzo a tocar una melodía. Bach, concerto in D minor. Seguido de Chopin y Fauré.
Entra Charly interrumpiendo mi concentración
– Srta. Ambroa, está todo listo.
– Ok Charly, ya bajo. – me tomo un momento para respirar. Después de todo, hace mucho tiempo que no tengo una “cita”. Bajo el protector de teclado y me dirijo al ascensor.
***
Camino al café pienso mil y un cosas, como: ¿Qué estoy haciendo? ¿Es muy pronto para salir de nuevo? Mis pensamientos corren libres por mi mente. No tardo mucho en llegar al lugar acordado. Creo que realmente no sé que estoy haciendo.
Entro al café y miro alrededor, encontrando a Emilio esperando en una mesa mirando su celular.
– Es puntual – me digo a mi misma – un punto a su favor.
Me voy acercando paso a paso a él y supongo que mis pasos hacen que levante la vista. Posa sus ojos en mí y me mira expectante, con una gran sonrisa.