Una familia

2308 Words
Barcelona, veinticuatro de diciembre Año 2001 La vida de María acababa de cambiar sin percatarse de ello. Era la primera vez en sus cinco años de existencia que convivía en un hogar que no era el orfanato. No tenía padres, o quizá estuvieran en algún lugar disfrutando el haberla abandonado. A tan corta edad ya era consciente de que no sería feliz si centraba su futuro en guardar rencor, o eso era lo que siempre le decía la madre superiora cuando la veía llorar. Sus padres no se molestaron en dejar una nota en la que indicaran que algún día regresarían por ella, o que en algún momento significó ser el todo para alguien. Lo más cercano al amor se lo dieron las monjas del orfanato San Pedro, como también le regalaron su primer atisbo de felicidad. Para cualquier niño asistir a la escuela era un deber más que un derecho, pero para una huérfana que no tenía nada, asistir a una escuela privada y codearse con lo más selecto de la sociedad era un milagro. Clotilde, la madre superiora, la llamó una mañana a su despacho para informarle sobre una beca que obtuvo y le organizó su futuro traslado. Atrás quedaría las paredes del orfanato y comenzaría una nueva vida en un internado católico conocido por su alto nivel académico. Aunque fuese una niña, algo en su interior le decía que la benevolente monja había tenido algo que ver con su suerte, ya que ella era la directora de dicha escuela. No sería María la que se quejara, o la que se negara a abandonar un lugar que era el recordatorio constante de su abandono. La única madre que conocía era una monja avanzada en años que le mostró lo más parecido al amor y nunca lo olvidaría. Por ella era que esas navidades se encontraba en una suntuosa mansión a la que veía como un castillo de cuento. Desde que comenzó el curso en septiembre, María y Paola, una de las alumnas del internado, habían tenido un flechazo. Entre ellas no se impuso ninguna diferencia social. No importó que una de ellas proviniera de una familia con alto poder adquisitivo y la otra fuera una simple huérfana. De hecho, no fue solo la pequeña Paola la que abrió su corazón para entregárselo a María, también lo hicieron sus padres que, desde el primer momento, tuvieron una extraña predilección por la pequeña. Debido a esa amistad y al cariño que la pareja parecía procesarle, tuvo sus primeras Navidades en familia. ******** María había perdido la noción del tiempo. Se encontraba en el jardín de la casa de su mejor amiga, era su tercer día conviviendo en el hogar que siempre soñó tener. Aledis y Brais eran unos padres maravillosos y su compañera de escuela…, bueno, ella era algo ingenua por llamarla de alguna forma, pero sabía distinguir a las buenas personas y Paola lo era. Abrumada por todo lo que le ofrecían escapó al jardín y se ocultó entre los matorrales. Sentía miedo y no era imaginario. Le tenía pavor a la opulencia que le rodeaba y, sobre todo, a acostumbrarse a ella para después descubrir que de nuevo sería abandonada. Aunque no todo era en el sentido material. El matrimonio que la acogió esas vacaciones se comportaba como los padres que nunca tuvo y su compañera de escuela como la hermana que ni siquiera sabía que deseara. Debía recordarse a sí misma que aquella no era su familia, ni tampoco su casa, que la única madre que tenía era Clotilde y que a lo único que podía aspirar era al futuro que se construiría sola. Tenía la lección bien aprendida. «Debes esforzarte y aprovechar la oportunidad que se te brinda, María. Quizá la familia Montenegro quiera adoptarte. Compórtate como la jovencita alegre que sé que llevas dentro». Ella no era alegre, su alma era lúgubre y triste porque no había alegría en su vida. Siempre fue una niña regordeta a la que los otros niños del orfanato usaban para sus burlas, y en el internado era la oveja negra. Sus compañeras la miraban como un virus letal del que podrían contagiarse. Todas, menos Paola. No soñaría con que aquella casa podría ser su hogar y esas personas su familia. No estaba preparada para recibir más golpes y prefería no saber qué significaba la palabra ilusión, porque saberlo y perderlo sería mucho más duro. Las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas. Intentó limpiarse, pero sus ojos parecían fabricar sin descanso esas gotas saladas. Debía recomponerse, si la veían en ese estado comenzarían las preguntas y tal vez la regresarían al internado. Respiró hondo. No sirvió. Las lágrimas se convirtieron en sollozos audibles y su pequeño pecho se contrajo en una mueca dolorida. De pronto, como obra nefasta del destino escuchó la voz de su mejor amiga a los lejos. La llamaba a gritos y tal como la conocía no se detendría hasta dar con su paradero. Cegada por el llanto se levantó y comenzó a correr en dirección contraria a la voz. El terreno de la casa era inmenso y a sus ojos parecía un bosque repleto de peligros. En varias ocasiones se arañó con las ramas que se cruzaban en su camino, pero no le importó. Estaba dispuesta a ocultarse y ya vería qué excusa inventaría cuando se hubiera serenado. Una sombra emergió en la espesura y asustada trastabilló dando tumbos hasta tropezarse con sus propios pies. Se cubrió el rostro con los brazos para protegerse de la caída, pero el golpe nunca llegó. En apenas unos instantes pasó del miedo a verse arropada en unos brazos que la confortaban. Sintió un aliento cálido sobre su cabeza y el olor a chocolate inundó sus fosas nasales. Aquel extraño olía a su dulce preferido y ese ínfimo detalle la hizo dejar de sentir miedo. Los brazos del desconocido la tenían asida por la cintura y aprisionada contra su torso. Las piernas le temblaban y el aire le costaba entrar a sus pulmones debido a la carrera. Se aferró a los hombros del muchacho y con esa ayuda consiguió enderezarse. En cuanto su visión dio a parar con el rostro de su salvador comenzó a balbucear locuras. —Un ángel. Sin verse en el espejo podía notar que sus ojos brillaban y no por las lágrimas. El delicioso olor a chocolate procedía del niño que se empeñaba en no soltarla, aunque eso era lo menos importante, ya que ella deseaba quedarse en la seguridad que le trasmitía. El ángel llevaba el cabello rubio con mechones despuntados que caían sobre sus orejas y el cuello. Tenía unos ojos tan hermosos que no podían ser producto del mundo terrenal. Violetas y con unas tupidas pestañas que enmarcaban esas dos joyas. Junto a su boca que exhibía una sonrisa, descansaba la marca marrón del dulce que parecía haber ingerido. —¿Quién es un ángel? —preguntó su salvador sin dejar de sonreír. —Tú —contestó con inocencia—, la madre superiora dice que los ángeles son hermosos. No se ruborizó, ni sintió vergüenza por la declaración que acababa de hacer. Tan solo lo miró mientras le daba vueltas en su mente a sus siguientes palabras. Quizá ese Dios del que tanto le hablaba Clotilde por fin se había dignado a escucharla y le enviaba uno de sus súbditos. El niño se carcajeó y la aprisionó con más fuerza entre sus brazos. —No soy ningún ángel, me llamo Junior y esta es la casa de mis tíos. Saber que era un ser humano no la ayudó a desprenderse del hechizo. Ella no era de confiar en desconocidos, ni de entregar su amistad de buenas a primeras; pese a ello, ese niño tenía algo, una especie de magnetismo al que no se podía resistir. Necesitaba ser su amiga. —Y-yo s-soy… —María —la interrumpió—, mi prima y yo salimos a buscarte. ¿Me harías un favor? Asintió con la cabeza sin soltar sus manos de los hombros de Junior. Había escuchado hablar de él y de sus hermanos. Aunque, por lo que contaba su amiga, él era junto a su tío Elián sus familiares preferidos. —Sería genial que usaras las piernas, pesas mucho. Sintió el calor emerger en su rostro y sus redondas mejillas colorearse. Su labio inferior sobresalió del superior por inercia y pudo ver como su mueca próxima al llanto no pasaba desapercibida para Junior. Siempre sería «la gorda», «la albóndiga», «ballena o vaca lechera», sus kilos de más eran y serían la burla de cualquier persona que encontrase en su camino, eso y su posición social. ¿Por qué pensó que ese niño sería diferente? En cuanto se recompuso, y se sostuvo por sus propios medios, luchó por separarse del abrazo. —¡Déjame! —gritó y lo miró deprendiendo odio—, eres… eres… ¡El diablo! Le dio la espalda para no regalarle la visión de sus lágrimas, pero no logró escapar porque tenía miedo a caerse de nuevo. Temblaba por la rabia y también por la desilusión. Junior emitió una carcajada que le hizo encoger los hombros y bajar más la cabeza. —Eso me pega más, mi madre siempre dice que soy el más travieso de mis hermanos. La voz de Paola gritando su nombre se escuchó más cerca y los dos miraron hacia el mismo lugar. María hizo el intento de ir en dirección a su amiga y olvidarse de aquel encuentro, pero el diabólico niño la agarró de la mano y la detuvo. Su pequeña mano encajaba en su palma que era mayor que la suya y, cuando se atrevió a mirarlo, no vio la burla que esperaba en su rostro. —Vamos a escondernos, ¡corre! Se olvidó de la anterior mención a su peso y lo siguió sin soltarse de su mano. De vez en cuando Junior la miraba y María le correspondía con una sonrisa. El niño era un ángel y ella estaba viviendo el mejor día de su vida. En el último tramo reptaron bajo unos matorrales. En cuanto consiguieron traspasar la barrera se encontraron en un pequeño círculo bordeado por un seto. Junior se acomodó de espaldas al suelo y tiró de ella para que cayera a su lado. El barro cubría sus pies y el bajo del vestido nuevo que la madre superiora le regaló. Toda la alegría que sintió con el juego se difuminó al pensar en el regaño que le esperaba al regresar al internado. —¿Qué te pasa? —Junior la miró preocupado y con el dedo índice lleno de barro le manchó la frente. María intentó limpiarse, pero lo único que consiguió fue extender la mancha. En cuanto Aledis y Brais la vieran la echarían de su casa. Clotilde se enfadaría tanto que no la querría en el internado y tendría que volver al orfanato. Quizá la expulsarían de allí también. María se encontraba tan envuelta en sus miedos, que no se percató de su llanto ni de la forma en que su acompañante intentaba consolarla. De nuevo se encontró envuelta en sus brazos, con la mano sucia le sostenía la mejilla y, antes de comprender lo que estaba a punto de ocurrir, los labios del niño se unieron a los suyos de una forma tosca y seca. —Uagg, ¡qué asco! —farfulló e intento limpiarse la boca. —Tienes toda la cara llena de barro —pronunció el ángel, riéndose. Junior la soltó y se acostó en el suelo sin parar de carcajearse. María lo miraba ofuscada, pero la preocupación y el enfado inicial se diluyeron conforme el alegre sonido inundaban sus oídos. —¿Por qué hiciste eso tan asqueroso? —preguntó con una media sonrisa. Su nuevo amigo se encogió de hombros y la miró a los ojos. —Mi padre siempre dice que cuando las mujeres están tristes o enfadadas, lo mejor es abrazarlas y darles un beso. Con mi madre le funciona y parece que contigo también. No pudo negar su teoría, así que se mantuvo en silencio y se recostó en el suelo. —¡María, Junior!, ¡mamá sacó los turrones de chocolate! —la información que les ofreció Paola en aquel grito fue suficiente para hacerlos salir del escondrijo. En cuanto estuvieron de pie, su amigo le ofreció la mano y ella no dudó en asirla. Tenía hambre y el chocolate podía eclipsar cualquier juego. —No le cuentes a nadie, pero yo descubrí los turrones nada más llegar. Me guardé un paquete entero porque la tía Perra y mi madre nunca nos dejan comer mucho antes de la cena. —¿Quién es la tía Perra? Como si la pregunta fuera estúpida Junior negó con la cabeza. —La tía Aledis, mi tío Elián siempre dice que su verdadero nombre es Perra. Antes de llegar a la casa, Junior se detuvo y la hizo esperarlo. El niño miró su vestido y su rostro se ensombreció. —Me veo mal, ¿verdad? —María bajó la cabeza embargada de tristeza—. Van a devolverme al orfanato. El niño le acarició la mejilla con el dorso de la mano. —Si te regañan diles que fue mi culpa, que yo te tiré al suelo. Ya soy un hombre, tengo ocho años, no me pasará nada. —Se dispuso a entrar en la casa y dejarla allí soñando con su héroe, cuando se dio la vuelta y con una sonrisa pícara se sinceró—: También creí que un ángel se cayó sobre mí cuando te vi. Junior desapareció al cruzar la puerta y dejó a María dolorida, llena de arañazos, de barro y con la firme convicción de que, su joven corazoncito, adoraría a ese niño por el resto de su vida.
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