Capítulo 4

931 Words
Ya se acercaba la madrugada de un jueves mientras aún estaba sentada frente a la computadora. Terminé de planear las clases de la próxima semana, porque ese fin de semana no tuve tiempo para eso. Así que me estaba dividiendo en múltiples tareas. Preparé hojas de trabajo para futuras clases, observé el plan de estudios y eché un vistazo al diario virtual. Mientras organizaba una nueva tarea universitaria y compartía información con un compañero de clase sobre un trabajo que necesitábamos escribir para la próxima semana. Todo esto mientras mi hermana me ayudaba a hacer la maleta para el viaje. - ¿Crees que esta pequeña chaqueta roja se ve más genial o la negra? – Nanda me mostró dos perchas. No hice mucho esfuerzo para mirar las dos prendas y seguí mirando la pantalla de la computadora. - Fernanda, en pleno verano ¿por qué crees que debo llevar un abrigo a São Paulo? - ¡Es correcto! - Mi hermana habló en voz alta y clara. - Vamos a elegir tus bikinis. - ¿Qué? - Me di la vuelta en la silla y la miré. - Obviamente vas a la playa. Por favor, haz esto por mí. - Mi hermana me miró muy seria y yo hice una mueca. No prolongué el tema porque conocía a los amigos que tenía y sabía muy bien que me arrastrarían a la playa. Y no es que me quejara, me encantaba el mar. - Pon lo que creas necesario. – respondí, esta vez tomando el celular para contestar a mi grupo de trabajo de la universidad. - Solo no exageres que es solo un fin de semana. Mi hermana sonrió victoriosa y volvió a enfocarse en toda la ropa y posible clima que podría azotar la ciudad, posibles fiestas y lugares específicos para cada outfit. - Solo no olvides que tendré conferencias y necesito vestirme decentemente. – sonreí mientras ella tomaba un mameluco corto azul abierto en mi vientre. Volví a la pantalla de la computadora, mis ojos borrosos por el sueño y el cansancio queriendo atraparme de nuevo. La primera semana siempre fue más exigente. Me di cuenta de que solo me quedaba un día más para planificar cuando noté algo que no quería volver a sentir. Tomé una respiración profunda. Cerré mis ojos. Conté del uno al diez y bebí un poco de agua. Había estado sintiendo ese pequeño dolor nuevamente durante aproximadamente media hora, pero lo estaba ignorando. De esa manera, podría desaparecer sin que nadie se diera cuenta y sin necesitar toda la atención que siempre recibió. Discretamente busqué en la mesa de mi computadora mi paquete de pastillas que nunca me dejó en los últimos días. Noté que mis manos estaban temblorosas y sudorosas. - ¡De nuevo no! - susurré en voz baja, tomando mi medicina y rogándole que hiciera efecto lo suficientemente rápido para que mi hermana no se diera cuenta. Ignoré las gotas de sudor que brotaron de mi frente y me di cuenta de que estaba más preocupada que las últimas veces que esto había sucedido. Tal vez porque sabía todo lo que me jugaba y todavía no había hecho nada para tratar de evitar mi destino. - Biola, ¿estás bien? Maldita sea. Mi hermana se acercó a mí, miré mi reflejo en ella y el miedo amaneciendo en sus ojos una vez más. - ¿Está sucediendo de nuevo? – se arrodilló frente a mí y me apretó la mano tres veces. - Los mismos dolores en el abdomen. - Hablé en voz baja y me odié al ver su rostro rodeado de preocupación. - ¿Alguna vez has tomado medicamentos? ¿Hace cuánto empezó? ¿Son demasiado fuertes? – me lanzó un mar de preguntas y se levantó a buscar mi medicina. - Oye, cálmate. Yo estoy bien. - Mentí, pero aún no podía levantarme de la silla para calmarla. - Ya me he tomado la medicina, hace rato que la estoy sintiendo y van y vienen. - Respondí a sus preguntas. Mi hermana se detuvo frente a mí. Los mismos ojos que los míos devolviéndome la mirada. Intenté sonreírle. Fernanda acompañó cada una de mis crisis, siempre estuvo cerca de mí y me sentí culpable por volver a ver esa preocupación en sus ojos después de tanto tiempo. - Sabes que necesitas hacerte la prueba con más frecuencia, ¿verdad? - Su expresión era seria mientras tomaba mi bolso de la cama. - ¿Cuándo fue la última vez? ¿Julio? - Eso. – susurré y cerré los ojos mientras me golpeaba otra punzada de dolor. - Ven aquí, acuéstate. - Llamó mi hermana en cuanto terminó de hacer mi cama. - Usted necesita descansar. Trabajaste y estudiaste hasta altas horas de la noche, dale un descanso a tu cuerpo también. Apagué la computadora, cerré los libros y me acosté en mi cama. No estaba de humor para hacerse la terca. Los dolores de calambres que sentía aumentaban y estaba exhausta. - Descansa, Biola. - Mi hermana me apretó la mano tres veces más. - Cualquier cosa, puedes llamarme. Estaré aquí al lado. Se alejó de mí y abrió las ventanas para que la brisa nocturna y la luz de la luna me abrazaran. Ella sabía cuánto amaba esa sensación. Y esperaba que ella también supiera cuánto la amaba. Después de todo, ella era mi espejo. Solo que sin las partes complicadas e idealizadoras que yo tenía. Cerré los ojos y supliqué que mis extraños no tuvieran miedo. Siempre estaba atrapada en una sonrisa, pero me estaba deshaciendo.
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