Mis piernas abrazaban la cintura de Tate, ambos pechos se tocaban de por medio con las pieles bañadas en transpiración, misma ejercida por los movimientos de ambos. El castaño tenía pegada su boca a mi cuello, dejando besos y mordidas, sin marcas, como le había pedido de rodillas, prometiendo luego darle aquella mamada que tanta pedía desde hace días. Mi respiración era bastante agitada, mis labios se mantenían entre abiertos emitiendo sonidos vergonzosos para alguien con el orgullo bastante alto. Mis ojos se mantenían cerrados, logrando abrirlos cada vez que Tate me obligaba a hacerlo, con aquel tono grave y ronco, sacando de su boca palabras de mala educación y diciendo los típicos: — Que gusto me das, Grey. Por extrañas razones de la vida, aquellas simples y sexuales palab

