A la hora exacta, salimos de la casa rumbo a Antofagasta, hacía viento y ella se refugió en mi pecho, gimiendo un débil: “no me gusta”. No pude evitar tomarla en mis brazos y protegerla. Ella era el amor de mi vida, la madre de mi hijo y, esperaba, mi pareja por toda la eternidad. ―¿Te sientes bien? ―le pregunté cuando la sentí estremecerse. ―Recordé algo ―respondió lacónica. ―¿Malo? ―No, recordé el día que empezamos a trabajar juntos. ―Eso es malo ―repliqué, la bajé al lado del automóvil y la ayudé a subir. Cuando entré al auto, ella se apegó a mí y apoyó su cabeza en mi hombro, le consulté qué ocurría, el viento lo había cesado, pero ella seguía buscando mi refugio. Ella pensó que yo estaba manipulando sus emociones. Y no era así. Volví a preguntarle, qué ocurría y ella me reco
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