Capítulo XXXIX — Extracción bajo sombras

523 Words
Ca‑pa 7 no dormía. Nunca lo hacía. El planeta respiraba chatarra, vapor y ecos metálicos. Torres de naves rotas se alzaban como esqueletos, y ríos de desechos ardían lentamente en grietas eternas. En ese infierno olvidado, una nave sin insignias descendía en silencio absoluto. —Zona confirmada —dijo el piloto—. Lecturas de vida débiles. Dos firmas. El general Thalos se puso el casco. —Entramos y salimos —ordenó—. Nada de heroísmos. La compuerta se abrió. El olor a metal quemado lo inundó todo. Avanzaron entre montañas de restos hasta una estructura semienterrada: una vieja cápsula habitacional, sostenida por piezas improvisadas. Dentro, la madre de Orión yacía recostada, respirando con dificultad. A su lado, su hermanita levantó la vista, asustada. —Tranquilas —dijo Thalos, bajando el arma—. Venimos a ayudarlas. La niña dudó. —¿Dónde está Orión…? Thalos guardó silencio un segundo. —Está a salvo —respondió—. Y quiere que ustedes también lo estén. Mientras el equipo preparaba la evacuación, una alarma silenciosa vibró en el visor de Thalos. Interferencia no registrada. —¿La sentís? —susurró uno de los soldados. Thalos levantó el puño. —Avilés… El cielo de Ca‑pa 7 se oscureció. Figuras descendieron atravesando capas de chatarra como si no existieran. Cuerpos muertos sostenidos por implantes, ojos apagados encendiéndose al unísono. —Contacto visual —dijo Thalos—. No disparen aún. Los Avilés no atacaron. Exploraron. Uno de ellos se detuvo frente a la cápsula, ladeando la cabeza, como oliendo el pasado. —Nos rastrearon —murmuró Thalos—. No a nosotros… a ellas. —¡General! —gritó el piloto por el comunicador—. Tenemos ventana de escape de treinta segundos. Un Avilés giró lentamente hacia la niña. Eso fue suficiente. —¡Ahora! —ordenó Thalos. El equipo avanzó cubriendo la retirada. Disparos de contención iluminaron el paisaje mientras los Avilés reaccionaban con precisión inhumana. Uno cayó… y se volvió a levantar. —No los frenes —gritó Thalos—. ¡Retrasalos! La madre fue asegurada en una camilla antigravitatoria. La niña se aferró a Thalos con fuerza. —No mires atrás —le dijo. El grupo llegó a la nave justo cuando los Avilés alcanzaban la rampa. Thalos giró y lanzó una carga electromagnética. La explosión no destruyó nada. Solo confundió. La compuerta se cerró de golpe. —¡Despegue inmediato! La nave ascendió atravesando un mar de chatarra mientras sombras mecánicas golpeaban el casco desde abajo. —¡Saltamos! —gritó el piloto. El hiperespacio se abrió. Silencio. A bordo, la madre de Orión respiró un poco mejor. La niña, con lágrimas en los ojos, susurró: —Él va a volver… ¿no? Thalos asintió. —Sí. Muy lejos de allí, en una sala oscura, Varhlok recibió el informe. —Extracción confirmada —dijo un Avilés—. Objetivos civiles perdidos. Varhlok cerró los ojos. Sonrió. —Entonces no me equivoqué —murmuró—. Ca‑pa 7 sí importaba. Abrió los ojos, brillando con interés renovado. —Y ahora sé exactamente… dónde duele.
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