Varhlok permanecía solo en la sala del trono.
El vacío estelar se desplegaba frente a él como un mapa de dominios futuros… o de amenazas.
Un estremecimiento lo recorrió.
No era miedo.
Era una certeza.
—Se acerca… —murmuró.
Activó el comunicador.
—Llamen al general Khor-Va. Ahora.
Minutos después, la figura imponente del general apareció proyectada frente a él, cubierta de implantes y cicatrices de antiguas campañas.
—Mi señor.
Varhlok no se volvió.
—Quiero que revises todos los sistemas. Rutas olvidadas. Mundos muertos. Sectores donde nadie mira.
—¿Buscamos una rebelión? —preguntó el general.
—No —respondió Varhlok—. Buscamos una anomalía.
El general dudó un instante.
—Entonces solo hay una opción… los Avilés.
Varhlok giró lentamente.
—Habla.
—Los Avilés son los únicos capaces de moverse sin ser vistos.
Seres que murieron… y fueron devueltos a la existencia por la tecnología.
No pertenecen a ningún mundo. No dejan rastro.
Son… la mano invisible del destino.
Varhlok frunció el ceño.
—Pero tienen un problema.
—Sí —asintió el general—.
No pueden ser controlados por cualquiera.
Solo obedecen a un Controlador.
El silencio se volvió pesado.
—Entonces encuéntralo —ordenó Varhlok—.
Si hay un descendiente humano…
quiero saberlo antes de que el universo también lo sepa.
La proyección se desvaneció.
Varhlok volvió a mirar las estrellas.
—Si existe un elegido… —susurró—
yo decidiré si vive… o si nunca llega a jugar.