La sala de mando de Varhlok flotaba en silencio, suspendida sobre un abismo de estrellas muertas. No había ventanas: el espacio era proyectado directamente en el aire, curvándose como si temiera mirarlo a los ojos.
Varhlok permanecía inmóvil.
Sentía el pulso.
No era una señal concreta, ni una coordenada exacta.
Era algo más antiguo.
Un eco.
—Se ha movido —dijo al fin, con voz baja—. El destino no despierta sin dejar huella.
A su lado, el general Huróck, encorvado por los años y las guerras, apoyó su bastón metálico en el suelo n***o.
—Los sensores no detectan nada fuera de lo común, mi señor. Ninguna flota, ninguna rebelión.
Varhlok giró lentamente.
—No hablo de flotas —respondió—. Hablo de anomalías.
Con un gesto de su mano, el aire se rasgó. Figuras comenzaron a emerger desde la penumbra del hangar inferior.
Los Avilés.
Cuerpos muertos reconstruidos.
Carne detenida en el tiempo, sostenida por implantes mecánicos.
Ojos apagados… hasta que recibían una orden.
—Solo ellos pueden cruzar sistemas sin dejar rastro —continuó Varhlok—. Solo ellos pueden sentir lo que no aparece en los mapas.
Huróck dudó un instante.
—Los Avilés no obedecen a cualquiera. Necesitan un controlador.
Varhlok sonrió por primera vez.
—Y lo tienen.
Una de las figuras avanzó. Su rostro era inexpresivo, marcado por líneas de metal que atravesaban la piel como cicatrices antiguas.
—Despierten —ordenó Varhlok—. Busquen cualquier señal fuera de la lógica del universo.
Ni héroes… ni ejércitos.
Solo aquello que no debería existir.
Los ojos de los Avilés se encendieron al unísono con un resplandor pálido.
—Objetivo aceptado —respondieron, con una sola voz.
Las compuertas se abrieron.
Los Avilés se lanzaron al hiperespacio como sombras, disolviéndose entre los sistemas.
Huróck observó en silencio.
—¿Y si lo que buscan… es real?
preguntó.
Varhlok cerró el puño.
—Entonces el torneo ya no será suficiente.
Y el universo recordará por qué me temen.
En algún lugar lejano, en un planeta olvidado cubierto de chatarra, un joven pateaba un balón improvisado sin saber que, en ese instante, el destino había empezado a moverse hacia