La nave viajaba en silencio.
Orión permanecía sentado, mirando el vacío estelar, con el recuerdo de Rock todavía ardiendo en su pecho. Nahraa observaba los instrumentos cuando una señal cifrada atravesó los sistemas.
—Canal prioritario —anunció la piloto—. Solo para vos.
Nahraa activó la comunicación.
El holograma de Kira apareció, estable esta vez, pero con el rostro tenso.
—Escuchame con atención —dijo sin rodeos—.
El Senado está en movimiento… y Varhlok también.
Nahraa asintió.
—Lo sé. Lo siento.
—Por eso tenés que desaparecer —continuó Kira—.
Andá a Ton‑Ton 5.
Nahraa frunció el ceño.
—Ese lugar no figura en ningún mapa oficial.
—Exactamente —respondió Kira—.
Nadie lo vigila.
Nadie lo reclama.
Nadie lo recuerda.
La imagen de Kira se suavizó apenas.
—Allí te va a estar esperando Lycar.
Nahraa abrió los ojos.
—¿Lycar? —repitió—.
¿El entrenador?
Kira asintió.
—Uno de los antiguos.
Formó jugadores antes de que el Torneo se convirtiera en espectáculo y política.
Sabe ver lo que otros no ven.
Miró más allá del holograma, como si pudiera ver a Orión.
—Va a ayudarlos —dijo—.
Pero solo si está seguro de que vale la pena.
Nahraa respiró hondo.
—Entonces Ton‑Ton 5 —afirmó.
—Tené cuidado —añadió Kira—.
Varhlok juega a todos los niveles.
La transmisión comenzó a debilitarse.
Antes de cortarse, Kira dijo una última cosa:
—Nahraa…
protegé a ese muchacho.
Porque si él cae…
todo cae.
La señal se apagó.
Nahraa permaneció en silencio unos segundos.
Luego se giró hacia la cabina.
—Cambiá el rumbo —ordenó a la piloto—.
Destino: Ton‑Ton 5.
Orión levantó la mirada.
—¿Qué hay ahí?
Nahraa lo observó con seriedad.
—Un lugar donde los campeones no nacen…
se forjan.
La nave giró suavemente, alejándose de las rutas conocidas.
Muy lejos del Senado.
Muy lejos de Varhlok.
Pero no fuera del juego.
Porque en Ton‑Ton 5,
el Torneo de las Mil Galaxias iba a empezar de verdad.