Rock despertó en una sala blanca.
No había barrotes.
No había cadenas.
Solo silencio.
Se incorporó de golpe, preparado para pelear… pero no había nadie.
—¿Dónde…? —murmuró.
Una voz surgió del aire mismo, serena, profunda.
—Estás a salvo, Rock.
Giró sobre sí mismo.
La figura de Varhlok apareció lentamente, proyectada frente a él, no imponente… sino cercana.
—No te muevas —dijo—.
No estás prisionero.
Rock apretó los dientes.
—Mentira.
Varhlok sonrió con calma.
—Si fueras prisionero, ya estarías muerto.
Caminó a su alrededor, sin invadir su espacio.
—Te observé en Ca‑pa 7 —continuó—.
No huiste.
No te escondiste.
Te quedaste… para que otros escaparan.
Rock no respondió.
—Eso no es debilidad —dijo Varhlok—.
Es carácter.
Un gesto sutil.
El espacio se iluminó.
Imágenes aparecieron alrededor:
Ca‑pa 7 en ruinas.
La nave despegando.
Orión mirando hacia atrás… y luego, el salto.
La nave alejándose.
—Él se fue —dijo Varhlok suavemente—.
Vos te quedaste.
Rock dio un paso adelante.
—¡No sabés nada!
—Sé lo suficiente —respondió Varhlok—.
Sé que vos siempre fuiste el escudo.
El que abría camino.
El que protegía.
Las imágenes cambiaron.
Orión entrenando de niño.
Fallando.
Cayendo.
Y Rock ayudándolo a levantarse.
—Siempre detrás de él —continuó Varhlok—.
Siempre cuidándolo.
Silencio.
—Decime, Rock —preguntó—.
¿Alguna vez alguien te preguntó qué querías vos?
Rock tragó saliva.
—Orión te necesita —prosiguió Varhlok—.
Pero no te ve.
Las imágenes finales fueron las más crueles:
la nave perdiéndose en el hiperespacio.
—Yo no te abandoné —dijo Varhlok—.
Yo te rescaté.
Rock negó con la cabeza.
—No… él va a volver.
Varhlok se inclinó levemente.
—Tal vez —admitió—.
Pero cuando lo haga… ya no serán los mismos.
Desactivó las proyecciones.
—El Torneo se acerca —dijo—.
Y el universo necesita jugadores fuertes.
No sombras.
Se dio media vuelta.
—Descansá.
Pensá.
Antes de desaparecer, añadió:
—No te pido que juegues para mí.
Solo que juegues para vos.
La sala volvió al silencio.
Rock quedó solo.
Por primera vez, no sentía dolor…
sentía duda.
Y Varhlok, desde muy lejos, sonrió.
Porque no había implantado una orden.
Había plantado algo mucho más peligroso.
Una idea.