La nave de Nahraa emergió del hiperespacio con un estremecimiento seco.
Frente a ella apareció Ca‑pa 7.
Un planeta muerto.
Cubierto de cicatrices metálicas.
Ignorado por los mapas oficiales y evitado por las rutas comerciales.
Nahraa frunció el ceño.
—¿Por qué este lugar…? —murmuró.
No tenía una respuesta lógica.
Los sensores no marcaban nada especial.
Ninguna señal de poder.
Ninguna civilización relevante.
Y sin embargo… algo la había traído allí.
Una sensación persistente.
Como si el vacío mismo la estuviera llamando.
Observó las extensiones de chatarra girando lentamente alrededor del planeta: restos de naves de guerra, cruceros estelares destruidos, tecnología olvidada flotando como tumbas abiertas.
—Aquí no debería haber nada —dijo en voz baja—.
Y aun así…
Programó el descenso.
Mientras la nave atravesaba la atmósfera contaminada, Nahraa sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
No era peligro.
Era anticipación.
En algún punto del planeta, alguien jugaba.
Ella no lo sabía todavía.
Pero el juego estaba allí.
Muy lejos de Ca‑pa 7, en un espacio donde no existían coordenadas oficiales, algo más también había cambiado su rumbo.
Sombras cruzaban el vacío sin dejar rastro.
No usaban rutas.
No necesitaban mapas.
Los Avilés habían recibido una señal.
Débil.
Inexplicable.
Irregular.
Pero suficiente.
—Destino fijado —susurraron, con voces que no eran del todo humanas.
Las estrellas se apagaron a su paso.
Ca‑pa 7 ya no era solo un planeta olvidado.
Se había convertido en un punto de convergencia.
Nahraa descendía guiada por la intuición.
Los Avilés avanzaban obedeciendo al destino.
Y en la superficie, entre montañas de chatarra,
un joven llamado Orión pateaba un balón improvisado,
sin saber que el universo entero comenzaba a girar alrededor de él.