El cielo de Ca‑pa 7 se rasgó.
No hubo explosión.
No hubo advertencia.
El aire simplemente cedió.
Una figura cayó desde lo alto como un meteorito silencioso y se incrustó entre los restos de un crucero estelar, levantando una nube de polvo metálico que oscureció todo.
Luego otra.
Y otra más.
Los Avilés habían llegado.
—¡Al suelo! —gritó Nahraa.
Rock empujó a Orión detrás de una estructura oxidada justo cuando una descarga de energía atravesó el lugar donde habían estado segundos antes. El metal se derritió como cera.
—¿¡Qué demonios son esas cosas!? —rugió Rock.
Entre el polvo emergieron las siluetas.
Seres altos, deformados por implantes mecánicos.
Placas de acero integradas a la carne muerta.
Ojos encendidos con una luz fría, sin emoción.
—Anomalía localizada —dijeron con una sola voz—.
Procediendo a extracción.
Nahraa respondió al instante. Rodó por el suelo y disparó, impactando en el pecho de uno de ellos.
El Avilés retrocedió… y siguió avanzando.
—¡No sienten dolor! —gritó—. ¡Muévanse!
El caos se apoderó del planeta.
Estructuras colapsaron.
Chatarra cayó desde lo alto.
Explosiones silenciosas sacudían el suelo.
Orión corrió sin pensar, el balón todavía sujeto contra su pecho.
Algo dentro de él gritaba ritmo, tiempo, movimiento.
Un Avilés cayó frente a él, bloqueándole el paso.
Orión se detuvo.
El ser alzó el brazo mecánico.
—Objetivo confirmado.
Entonces, sin saber por qué, Orión lanzó el balón al suelo y se movió.
Un amague.
Un giro imposible.
El Avilés atacó donde Orión ya no estaba.
Rock lo vio todo.
—¡Orión, corré!
Orión obedeció, pero no huía al azar.
Se movía como si el caos tuviera reglas.
Nahraa lo observó desde detrás de una cobertura.
Sus ojos se abrieron.
—No… —susurró—.
Esto no es instinto.
Esto es… talento puro.
Un Avilés intentó interceptarlo.
Rock se lanzó contra él con furia, embistiéndolo con todo su cuerpo.
—¡Con él no! —gritó.
El impacto los lanzó a ambos contra la chatarra.
El Avilés quedó inmóvil… por unos segundos.
Nahraa tomó la decisión.
—¡Síganme! —ordenó—. ¡Ahora!
Disparó una granada de pulso que desestabilizó el campo de ocultación enemigo.
Por primera vez, los Avilés retrocedieron.
El polvo comenzó a asentarse.
Pero el daño ya estaba hecho.
Ca‑pa 7 ardía.
Y el secreto había sido revelado.
Nahraa miró a Orión, jadeante, cubierto de polvo y miedo… pero con los ojos encendidos.
—Ya no puedo dejarte aquí —dijo—.
Ahora el universo sabe que existís.
En lo alto, las sombras se replegaron.
La cacería apenas había comenzado