Capítulo XXXII — La llamada prohibida

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Nahraa sabía que no debía hacerlo. Las comunicaciones largas dejaban huella. Las huellas llevaban a rastros. Y los rastros… a Varhlok. Pero también sabía algo más. Si Orión no estaba en paz, fallaría. Y si fallaba, todo terminaría antes de empezar. Activó el canal cifrado más antiguo que conocía. Uno que casi nadie usaba ya. La imagen tardó en formarse. Cuando apareció, el rostro de Kira, la senadora, estaba serio. No sorprendido. Solo atento. —Nahraa… —dijo en voz baja—. Este canal no es seguro. —Lo sé —respondió ella—. Pero no tengo opción. Hubo un silencio breve. —Hablá —ordenó Kira. Nahraa respiró hondo. —Varhlok va a buscar puntos débiles. Y el de Orión no está en el Torneo… está en Ca‑pa 7. Kira cerró los ojos un instante. —Su familia. —Su madre —continuó Nahraa—. Está enferma. Y su hermana es apenas una niña. No saben nada de él. No tienen cómo defenderse. Kira abrió los ojos lentamente. —Si Varhlok las encuentra… —dijo. —Orión caerá —completó Nahraa—. Y Varhlok lo sabe. El silencio que siguió fue pesado. —Esto no puede salir del Senado —dijo Kira finalmente—. Ni de los registros oficiales. Nahraa asintió. —Por eso te llamo como madre… no como senadora. Kira la miró con una mezcla de orgullo y temor. —Acabás de cruzar una frontera muy peligrosa —dijo—. —Lo sé. Kira activó otro canal, aún más restringido. —General Thalos —dijo—. Necesito que escuches con atención. La figura de un ser alto, de armadura oscura y mirada firme apareció en la proyección. Sus rasgos mostraban cicatrices de viejas campañas. —A sus órdenes, senadora. —Esta misión no existe —continuó Kira—. No será registrada. No será reconocida. Thalos inclinó la cabeza. —Entendido. —Vas a ir a Ca‑pa 7 —ordenó—. Extraer a dos civiles: una mujer enferma y una niña. Sin combates. Sin testigos. —¿Destino? Kira dudó apenas un segundo. —Fuera de los sistemas conocidos. Un lugar donde ni Varhlok mire… porque cree que no vale nada. Thalos asintió. —Las protegeré con mi vida. Kira volvió la mirada hacia Nahraa. —Esto los pone en el tablero —dijo—. A todos. —Ya lo estamos —respondió Nahraa. La comunicación se cortó. Nahraa quedó sola, con el viento de Ton‑Ton 5 golpeando la nave. Había hecho lo impensado. Había usado el poder del Senado… por un solo muchacho. Muy lejos de allí, una nave sin insignias comenzó a moverse hacia Ca‑pa 7. Y sin saberlo aún, Varhlok había perdido algo invaluable. La posibilidad de usar el miedo correcto.
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