La nave de Nahraa se elevó apenas unos metros… y el caos volvió a estallar.
—¡No podemos saltar al hiperespacio! —gritó la piloto, luchando con los controles—.
¡La órbita está saturada de chatarra flotante! ¡Es un campo de muerte!
En las pantallas apareció el desastre:
restos de cruceros estelares, fragmentos de estaciones antiguas, naves destruidas girando sin control alrededor de Ca‑pa 7 como un cinturón afilado.
—¡Nos harían pedazos! —añadió—. ¡Tenemos que despejar camino primero!
Un impacto sacudió la nave.
—¡Nos siguen! —alertó la piloto.
Detrás de ellos, los Avilés emergieron del polvo, desplazándose con propulsores silenciosos, esquivando la chatarra como si fueran parte del entorno.
—Trayectoria fijada —dijeron—.
Objetivo en fuga.
Nahraa no dudó.
—Dame control de las armas secundarias —ordenó—.
Yo despejo el camino. Vos mantené la nave viva.
Se sentó frente al panel lateral y activó los cañones auxiliares.
—Esto va a ser cerrado —dijo la piloto—. Muy cerrado.
—Entonces no parpadees —respondió Nahraa.
La nave se lanzó hacia el cinturón de chatarra.
Fragmentos gigantes pasaban a centímetros del casco.
Placas de metal giraban sin control.
Explosiones cercanas iluminaban todo de rojo.
—¡A la derecha! —gritó Nahraa, disparando—. ¡Ahora abajo!
Un disparo preciso desintegró un viejo módulo de combate, abriendo un corredor momentáneo.
La nave se lanzó por allí.
Un Avilés apareció de pronto frente a ellos.
Nahraa disparó sin dudar.
El impacto lo lanzó contra un crucero abandonado, que estalló en una lluvia de metal incandescente.
—¡Siguen viniendo! —gritó la piloto—. ¡No se rinden!
Orión, aferrado al asiento, miraba el caos por la escotilla.
Cada giro brusco.
Cada disparo.
Cada impacto.
Y el recuerdo de Rock… inmóvil… atrapado.
—Aguantá… —susurró—. Voy a volver por vos.
La nave rozó un fragmento gigante. Alarmas se encendieron.
—¡Escudos al mínimo! —avisó la piloto—. ¡Un golpe más y no salimos!
Nahraa respiró hondo.
—Un último empujón —dijo—. Prepará el salto apenas tengamos un claro.
Concentró todo el fuego en una zona del campo de chatarra.
Explosión tras explosión.
El espacio se abrió apenas… lo justo.
—¡Ahora! —gritó Nahraa.
La piloto activó el salto.
La nave se sacudió violentamente mientras el hiperespacio los envolvía.
En el último segundo, Orión vio una silueta Avilés lanzarse hacia ellos…
y desaparecer.
Silencio.
La nave emergió lejos de Ca‑pa 7, dañada, humeante… pero viva.
Orión cerró los ojos.
Habían escapado.
Pero no habían ganado.
Muy atrás, entre la chatarra del planeta muerto,
los Avilés permanecían inmóviles.
La presa había huido.
Pero el rastro estaba marcado.
Y Rock… seguía en manos del enemigo.