La nave salió del hiperespacio sin anuncio.
No hubo grandes luces.
No hubo tráfico estelar.
Solo oscuridad… y luego, el planeta.
Ton‑Ton 5 flotaba frente a ellos como una herida antigua del universo.
No era bello.
No era imponente.
Era áspero.
Un mundo de montañas fracturadas, llanuras de piedra negra y cielos densos, atravesados por nubes rojizas que parecían moverse con voluntad propia. No había ciudades visibles. No había satélites. Ninguna señal de control.
—No hay registros activos —dijo la piloto, revisando los sensores—.
Ni defensas.
Ni comunicaciones.
Orión observaba en silencio desde la escotilla.
—¿Y acá vive alguien? —preguntó.
Nahraa asintió.
—Los que no quieren ser encontrados.
La nave descendió atravesando la atmósfera turbulenta. Vientos violentos sacudieron el casco, obligando a la piloto a maniobrar con precisión extrema. Finalmente, tocaron tierra en una planicie rodeada de columnas rocosas gigantescas, como restos de un estadio olvidado.
Cuando la compuerta se abrió, el aire era pesado y seco.
Orión dio un paso afuera.
El suelo crujió bajo sus pies.
Sintió algo extraño.
No miedo.
No emoción.
Expectativa.
—Este lugar… —murmuró—.
No sé por qué, pero siento que ya estuve acá.
Nahraa lo observó con atención.
—Ton‑Ton 5 tiene eso —dijo—.
No te juzga.
Te mide.
Caminaron unos metros.
Entonces lo vieron.
Una figura solitaria, apoyada sobre un bastón metálico, observándolos desde lo alto de una roca. Alto, delgado, con el cuerpo marcado por antiguas cicatrices. Su mirada era dura… pero viva.
—Llegaron tarde —dijo la voz—.
O temprano.
Depende de cuánto estén dispuestos a perder.
Nahraa levantó la cabeza.
—Lycar.
El anciano bajó de la roca con pasos lentos pero firmes. Sus ojos se clavaron en Orión, analizándolo sin disimulo. No su ropa. No su postura.
Sus pies.
Su respiración.
La forma en que sostenía el cuerpo.
—¿Este es? —preguntó.
—Sí —respondió Nahraa—.
Es él.
Lycar se detuvo frente a Orión.
—¿Jugás porque querés ganar? —preguntó sin saludo.
Orión dudó.
—Juego… porque cuando lo hago, todo lo demás desaparece.
Lycar entrecerró los ojos.
—Bien —dijo—.
Entonces todavía no estás perdido.
Golpeó el suelo con su bastón.
—Escuchame, muchacho.
Acá no entrenamos campeones.
Acá rompemos jugadores…
y vemos quién sobrevive.
Miró a Nahraa.
—Si se queda, no hay vuelta atrás.
Nahraa asintió.
Lycar volvió a clavar los ojos en Orión.
—Bienvenido a Ton‑Ton 5 —dijo—.
Donde el Torneo no empieza con un silbato…
empieza con el dolor.
Orión respiró hondo.
Y dio un paso al frente.
Sin saber que, en otra parte del universo,
su mejor amigo comenzaba a cambiar.
Y que el destino ya estaba preparando el día
en que se enfrentarían en lados opuestos del campo.