Capítulo 9: La jaula de cristal

580 Words
Tres semanas habían transcurrido desde que fui "ascendida" a la antecámara del despacho de Dimitri. Tres semanas en las que mi vida se redujo a una oficina de tres por tres metros con paredes de cristal esmerilado, una silla de cuero ergonómica que se sentía demasiado grande para mí y el sonido rítmico de la pluma de Dimitri golpeando el escritorio al otro lado de la puerta. Mi trabajo era tedioso pero exigente: transcribir antiguos tratados de límites territoriales entre los Vrykolakas y los clanes del norte. Dimitri no aceptaba ni una tilde fuera de lugar. Cada mañana, a las ocho en punto, me dejaba una carpeta negra en mi escritorio sin mirarme, a veces sin siquiera saludar. Su comunicación conmigo se limitaba a órdenes directas y correcciones lacónicas. —Este párrafo carece de la terminología legal del siglo XVIII, Vasilisa. Repítelo —decía, dejando el papel frente a mí antes de volver a su santuario privado. Esa era la tónica. Él era el sol n***o alrededor del cual yo orbitaba, y yo era la sombra que intentaba no estorbar. **************** Al llegar a casa después de una de esas jornadas agotadoras, mi pequeño departamento se sentía más como un refugio que nunca. La Administración era un mundo de acero y miradas de soslayo; aquí, entre mis macetas de barro y mis libros de botánica, podía dejar de ser la Volkov defectuosa. Esa noche, el dolor en mi vientre era un recordatorio constante de mi ciclo irregular. Me quité los zapatos y caminé descalza hacia la cocina. Me preparé una infusión de raíz de jengibre y corteza de sauce, moviendo la cuchara de madera con un ritmo hipnótico. La luz de la luna rusa se filtraba por la ventana, bañando mis manos morenas. A veces, me quedaba mirando mis propias manos, preguntándome por qué no podían canalizar la luz como las de mis hermanos. Me senté en el suelo, apoyando la espalda contra el radiador caliente, y abrí un diario viejo. Escribía sobre Dimitri. No sobre el jefe implacable, sino sobre la forma en que su ceño se fruncía cuando leía un informe difícil, o cómo el olor de su perfume —ese sándalo metálico— parecía impregnarse en mi piel solo por estar en la misma habitación. Eran migajas. Me alimentaba de la forma en que acomodaba sus gemelos de plata o de la rara ocasión en que sus ojos grises se detenían en mi cabello antes de apartar la vista con irritación. Sabía que era patético. Sabía que él me veía como un trámite, un favor que le debía a Viktor. Pero en mi soledad, ese desprecio era mejor que el olvido. —Vasilisa, hoy habrá una cena de delegados. No saldrás de aquí hasta que yo me retire —dijo Dimitri una tarde de viernes, entrando en mi pequeña oficina sin llamar. Llevaba un traje gris carbón que resaltaba la anchura de sus hombros. Su sola presencia parecía absorber el oxígeno del cuarto. —Pero ya terminé las transcripciones de hoy, señor —dije, tratando de no mirar la línea dura de su mandíbula. —He dicho que te quedas. Habrá mucho movimiento de oficiales en los pasillos y no quiero que te cruces con ellos. Eres... una distracción innecesaria cuando los ánimos están caldeados por el tema de las fronteras. Una distracción. En su lenguaje, eso significaba un estorbo que podía causar preguntas incómodas. —Entiendo. Me quedaré —respondí, bajando la cabeza hacia mis papeles.
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