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Mientras tanto, en el piso superior de la Administración, el ambiente se había vuelto insoportable.
Dimitri Belikov estaba sentado tras su escritorio, pero por primera vez en años, su concentración estaba rota. La antecámara estaba vacía. No había ruido de plumas, no había olor a hierbas caseras. Solo el silencio estéril que él siempre había afirmado amar.
—Señor Belikov, los informes del tratado están listos para su firma —dijo Nadia, entrando con cautela.
—Déjalos ahí —respondió sin levantar la vista de una carpeta que no era de trabajo, sino el expediente médico simplificado de Vasilisa que había solicitado bajo el pretexto de seguridad laboral.
Leyó sobre las crisis, sobre la incompatibilidad de su sistema endocrino con el aura de los puros. Una frase subrayada por un médico años atrás llamó su atención: "La paciente requiere un entorno de baja presión mística; de lo contrario, su cuerpo entrará en ciclos de dolor crónico como respuesta a la falta de salida para su esencia estancada".
Dimitri cerró la carpeta con un golpe seco. Se levantó y caminó hacia el ventanal. Estaba estresado. El fin de semana en el club le había dejado un sabor amargo. Ver a Vasilisa tan libre, tan llena de vida mientras reía con sus hermanos, y luego verla rota en su suelo... algo en su lógica interna no cuadraba.
La puerta de su despacho se abrió sin previo aviso. Viktor Volkov entró, y esta vez no había diplomacia en sus pasos.
—¿Dónde está mi hermana, Dimitri? —preguntó Viktor, plantándose frente al escritorio.
—Andrei se la llevó a casa hace tres días, como bien sabes. Está de baja médica.
—Está de baja porque trabajar en este edificio, rodeada de tu aura y de la presión que le pones, la está matando lentamente —Viktor golpeó el escritorio con la mano—. Mi madre quiere que renuncie. Dice que ya ha sido suficiente humillación.
Dimitri sintió una punzada extraña en el estómago. ¿Renunciar? La idea de que la antecámara siguiera vacía, de que no hubiera nadie que lo desafiara con la mirada o que interrumpiera su orden con el aroma a lavanda, le resultó inesperadamente molesta.
—Ella tiene un contrato —dijo Dimitri, su voz volviéndose más fría para ocultar su inquietud—. Y tiene responsabilidades. Si renuncia ahora, su historial quedará manchado.
—¿Su historial? ¡A ella le importa un bledo su historial, Dimitri! Ella solo quería... —Viktor se detuvo, mirando a su amigo con una mezcla de lástima y advertencia—. Ella solo quería ser útil. Pero aquí solo encuentra rechazo.
—Dile a Vasilisa que espero que se reincorpore el lunes —cortó Dimitri, volviendo a sentarse—. Y dile que, para evitar futuros incidentes, he ordenado que se instalen filtros de supresión mística en su oficina. No quiero más desmayos bajo mi supervisión.
Viktor lo miró fijamente, buscando una grieta en la armadura de Dimitri. No encontró ninguna, pero asintió con rigidez.
—Le daré el mensaje. Pero no esperes que vuelva con la misma disposición, Dimitri. Incluso el cristal más fuerte se rompe si lo golpeas con poca fuerza.
Cuando Viktor salió, Dimitri se quedó mirando la silla vacía de la antecámara a través del cristal esmerilado. Se sentía inquieto, una sensación que detestaba. Sacó su reloj de bolsillo; eran las seis de la tarde. Normalmente, se quedaría hasta las diez, pero hoy, el silencio de la oficina le recordaba demasiado a la soledad de su mansión.
Sin decírselo a nadie, Dimitri tomó su abrigo y salió. No fue a su casa. Condujo por las calles nevadas de San Petersburgo hasta que se encontró frente a un edificio antiguo en el distrito de Kolomna. No sabía por qué estaba allí, ni qué esperaba encontrar en el pequeño refugio de la mujer que no podía ni siquiera encender una vela con la mente, pero ahí estaba: el heredero de los Belikov, el hombre de hielo, observando una ventana iluminada con luz tenue, donde el vapor de las hierbas medicinales empañaba los cristales.
Se quedó allí, en la oscuridad de su coche, durante una hora. No subió. No llamó. Simplemente observó, asegurándose de que la luz siguiera encendida, antes de marcharse con una expresión de odio hacia sí mismo por haber perdido el control de su propia voluntad.