El edificio donde operaba el bufete de Arturo Valbuena era un monolito de cristal n***o y acero en el corazón del distrito financiero.
Vera se detuvo en la acera y echó la cabeza hacia atrás, entrecerrando los ojos contra el reflejo del sol en los ventanales. Veinte pisos de arrogancia corporativa. En los noventa, la familia Rossi operaba desde almacenes clandestinos o clubes nocturnos llenos de humo. Esta gente, en cambio, robaba a plena luz del día, con trajes de diseñador y aire acondicionado.
—¿Señora, se encuentra bien? —preguntó Alba, aferrando las bolsas de la boutique como si temiera que alguien se las arrebatara.
—Odio los lugares donde no puedo romper una ventana para escapar —murmuró Vera.
Entraron al vestíbulo. El piso de mármol pulido devolvía el eco de sus pasos.
Subir al piso doce fue otra prueba para los nervios de Vera. Detestaba los ascensores. En su antigua línea de trabajo, una caja de metal suspendida por cables era una trampa mortal; un lugar perfecto para que te vaciaran un cargador sin darte espacio para sacar tu arma. Se apoyó contra el espejo del fondo, con la mandíbula tensa, sintiendo el vacío en el estómago mientras los números digitales subían a una velocidad antinatural.
El ding de las puertas al abrirse fue un alivio.
La recepcionista las guio por un pasillo alfombrado que olía a cera para madera y café recién molido. Las puertas dobles de roble se abrieron hacia una oficina enorme.
Arturo Valbuena era un hombre que pasaba de los sesenta. Cabello plateado peinado hacia atrás, traje gris Oxford a la medida y manos cuidadas que probablemente nunca habían sostenido nada más pesado que una pluma fuente. Estaba leyendo un documento en su tableta, pero levantó la vista cuando escuchó los pasos.
Se quedó congelado. Literalmente. El bolígrafo plateado que giraba entre sus dedos resbaló y cayó sobre el escritorio con un leve tintineo metálico.
La última vez que Valbuena había visto a Camila Montenegro, la heredera vestía un suéter deforme, miraba sus propios zapatos y hablaba en susurros ahogados.
La mujer que tenía enfrente llevaba un traje sastre azul marino que abrazaba su figura con autoridad. Tenía la espalda recta como una barra de hierro, la barbilla en alto y una mirada oscura que parecía calcular cuánto tiempo le tomaría vaciar la habitación.
—Camila... —exhaló el abogado, poniéndose de pie lentamente.
Vera avanzó y se dejó caer en la silla de cuero frente al escritorio. Cruzó una pierna. Alba tomó asiento discretamente en una esquina, cerca de la puerta.
—Licenciado Valbuena —dijo Vera. Su voz no tembló—. Siéntese. No tengo todo el día y la silla de los invitados es más cómoda que la de la sala de espera.
Valbuena parpadeó, descolocado. Se acomodó las gafas de montura invisible y se dejó caer en su sillón.
—Niña... te ves... diferente. Tu padre estaría impactado. ¿Cómo estás? Me enteré de tu ingreso al hospital, hablé con Julián hace unos días y me dijo que...
—Julián es un mentiroso patológico y un parásito —lo cortó Vera, apoyando los codos sobre el escritorio y entrelazando los dedos—. Y lo que le haya dicho me importa un carajo. Estoy aquí por las cláusulas. Las reales. Las que dejó mi padre.
El abogado tragó saliva. El aire frío de la ventilación pareció descender dos grados.
—¿Las cláusulas del acuerdo prenupcial?
—Todas. Quiero saber exactamente qué tan atada estoy a ese idiota y cuánto de mi dinero puede tocar.
Valbuena abrió un cajón protegido con cerradura biométrica y sacó una carpeta idéntica a la que Vera había visto en la mansión.
—Leer el fideicomiso completo tomaría días, Camila. Te daré el resumen ejecutivo. —El abogado abrió la carpeta y la alisó con las manos—. Tu padre, Aurelio, no era ningún tonto. Sabía que Julián Navarro era un escalador social. Por eso, el matrimonio se firmó bajo separación absoluta de bienes. Lo tuyo es tuyo. Julián recibe un sueldo generoso como presidente en funciones de Montenegro Inc., pero es un empleado. Tú tienes la mayoría accionaria.
Vera asintió despacio. Bien. El viejo tenía cerebro. —¿Y en caso de divorcio? —preguntó.
Valbuena se quitó las gafas. Las limpió con un paño de microfibra, un gesto nervioso que Vera supo leer al instante. Venían las malas noticias.
—Aurelio quería proteger tu fortuna, pero también era un hombre anticuado. Quería que tuvieras una familia. Creía que la estabilidad te haría bien. Así que impuso una condición: no puedes solicitar el divorcio unilateral hasta cumplir cinco años de matrimonio.
—Llevo dos —murmuró Vera.
—Exacto. Faltan tres. Si te divorcias antes sin causa justificada, el cincuenta por ciento de tus acciones líquidas pasan a un fondo de caridad y Julián recibe una compensación multimillonaria por "daños a la imagen".
Vera sintió un pinchazo de rabia en la sien. Maldito viejo. —Dijiste "sin causa justificada". ¿La infidelidad cuenta? Porque ese cabrón se está acostando con mi mejor amiga en mi propia cama.
Valbuena no pareció sorprendido. Apretó los labios.
—Sí. La infidelidad comprobada es una causa. Pero... la cláusula no permite una ruptura inmediata.
—Habla claro, Valbuena. En mi idioma.
—Si presentas pruebas de infidelidad, se activa automáticamente la "Cláusula de Reconciliación". Tu padre la redactó para evitar divorcios impulsivos.
—¿Qué diablos es eso?
—Doce meses, Camila. —El abogado la miró a los ojos—. A partir del momento en que invocas la cláusula, deben convivir bajo el mismo techo durante un año exacto. Deben asistir a terapia matrimonial y mantener las apariencias. Si al finalizar esos doce meses tu decisión es firme, el divorcio procede y Julián se va con los bolsillos vacíos. Ni un centavo.
El silencio en la oficina se volvió denso.
Vera apretó los dientes. Las uñas cortas se le clavaron en las palmas de las manos.
Doce meses. Trescientos sesenta y cinco días compartiendo oxígeno con el hombre que había intentado envenenarla. Fingiendo que el matrimonio era salvable.
Un año.
Vera respiró hondo. El olor a cuero y papel viejo le llenó los pulmones. En la mafia, un año era tiempo suficiente para desmantelar un cartel enemigo, borrar sus rutas, quemar sus negocios y enterrar a sus líderes en el desierto.
Un año le daba tiempo para entender qué demonios era un informe de proyectos, cómo funcionaban los teléfonos, dónde estaban los agujeros en las empresas y cómo destruir a Julián de forma legal, aplastante y humillante. Si lo mataba ahora, la policía haría preguntas. Si lo arruinaba durante este año, él mismo rogaría por irse. Y si se iba antes de tiempo, rompía la cláusula y lo perdía todo.
La comisura de los labios de Vera se curvó hacia arriba. Fue una sonrisa gélida, depredadora.
—Actívala —ordenó.
Valbuena frunció el ceño.
—Camila, piénsalo bien. Vivir con él sabiendo lo que hace, la presión psicológica...
—Dije que la actives, Arturo. Manda la notificación hoy mismo. Empieza a correr el reloj.
Se puso de pie con la agilidad que la seda de su traje le permitía. Valbuena asintió, pálido, dándose cuenta de que la mujer frente a él no estaba pidiendo consejo; estaba dando una orden.
Vera giró sobre sus talones y salió de la oficina, con Alba siguiéndola de cerca.
Caminaron por el pasillo de vuelta a los ascensores. Vera oprimió el botón de bajada. Su mente ya estaba calculando movimientos, armando un organigrama invisible con Julián en la base, listo para ser pisoteado.
El ding del ascensor la sacó de sus pensamientos.
Las puertas de acero inoxidable se deslizaron.
Vera dio un paso al frente, pero se detuvo en seco.
El hombre que estaba dentro de la cabina, a punto de salir, llenaba el espacio por completo. Era alto, de hombros anchos que tensaban la tela de un traje gris plomo hecho a la medida. Su cabello oscuro estaba peinado con una precisión milimétrica, pero lo que realmente golpeaba eran sus ojos. Eran del color del hielo sucio. Fríos, penetrantes e increíblemente astutos. Ciprés, cedro y a poder absoluto.
Bruno Alcázar.
El mayor rival de Montenegro Inc. El tiburón corporativo.
Los recuerdos de Camila saltaron en la mente de Vera. Bruno siempre la había tratado con una cortesía helada en las galas, mirándola por encima del hombro, descartándola como un simple cordero gordo que su marido estaba llevando al matadero.
Los ojos de Bruno descendieron desde el cabello revuelto de Vera, recorrieron el traje sastre impecable y se clavaron en sus ojos oscuros. Una fracción de sorpresa cruzó su rostro de piedra, pero la dominó al instante.
—Camila —dijo Bruno. Su voz era un barítono grave que vibraba en el pasillo estrecho—. Escuché los rumores de tu... accidente. Es una sorpresa verte de pie.
En la vida pasada, Camila habría agachado la cabeza, balbuceado una excusa y se habría hecho a un lado para dejarlo pasar.
Vera no se movió ni un milímetro. Se plantó en el centro de las puertas abiertas, bloqueando la salida de Bruno, obligándolo a sostenerle la mirada.
—Las malas hierbas somos difíciles de arrancar, Alcázar —respondió Vera. Su tono fue un golpe seco, carente de cualquier sumisión—. Ojalá pudiera decir que es una sorpresa verte, pero siempre apareces husmeando donde hay dinero que no es tuyo.
Bruno entornó los ojos. La postura de la mujer frente a él era un desafío directo. No había miedo en sus pupilas, solo una chispa agresiva que nunca antes le había visto.
—Vengo a ver a Valbuena. Negocios de bienes raíces —replicó Bruno, dando medio paso hacia adelante, intentando usar su presencia física para intimidarla. Era una táctica que usaba para quebrar a otros directores en las juntas.
Vera ni siquiera parpadeó. Sostuvo su terreno, acortando la distancia hasta que apenas veinte centímetros los separaban.
—Ten cuidado con los bienes raíces por los que apuestas, Bruno —susurró Vera, inclinando ligeramente la cabeza, su mirada afilada como un bisturí—. La administración en Montenegro Inc. acaba de cambiar. Y yo no dejo propinas.
El silencio entre ellos zumbó con la electricidad estática de un cable pelado.
Bruno se quedó quieto. Por primera vez en años, alguien no retrocedía ante él. La respiró de cerca. Ya no olía a miedo ni a perfumes florales. Olía a peligro puro.
Vera se hizo a un lado con un movimiento fluido, dándole espacio para salir.
—Que tengas un buen día, tiburón —añadió ella, entrando al ascensor.
Bruno salió al pasillo lentamente y se giró a verla. Cuando las puertas de acero comenzaron a cerrarse, el CEO no pudo evitar que una pequeña, casi imperceptible sonrisa torciera la comisura de sus labios.
Interesante.
Vera vio las puertas cerrarse con la imagen de Bruno Alcázar mirándola fijamente.
La guerra con Julián ya tenía fecha límite, pero acababa de encontrar un campo de batalla mucho más entretenido.