Irene sollozaba mientras guardaba las cosas de su oficina en una caja. —¿Qué haces? —preguntó Mabel, solía ir tres veces por semana a la constructora en las tardes—. Imagino que Rodrigo está furioso contigo. —¡Me despidió! ¡Así sin más! ¡Prefiere a la monja simplona y sin gracia! —refunfuñó, lanzando las cosas a la caja. María Isabel negó, la miró con seriedad. —Te equivocas, tú hiciste todo mal, sabes que él odia los compromisos, y tú lo estás forzando a tener uno contigo, cuando mi hermano jamás te dio esperanzas. —Claro tú lo defiendes porque es tu hermano —reclamó Irene, guardó como pudo unos libros y otras cosas más—, dile al infeliz de Rodrigo que esto no se va a quedar así, y que lo voy a demandar —gruñó. —Haz lo que consideres correcto —contestó Mabel encogió los hombros

