Era una tarde de verano, el sol iluminaba el cielo despejado de Barcelona, tiñendo de rojo las olas que rompían suavemente contra la orilla. Rodrigo conducía su automóvil con una sonrisa en el rostro, mirando de reojo a Giovanna, que acariciaba su vientre de cinco meses, y a Lulú, que jugaba con su muñeca en el asiento trasero. —Rodrigo, ¿a dónde nos llevas? —preguntó Giovanna con curiosidad. —Es una sorpresa, mi amor. Ya casi llegamos —respondió Rodrigo, colocó su mano sobre el vientre de ella, sintió emocionado los movimientos de sus bebés. Después de unos minutos más, el auto se detuvo frente a una imponente mansión. La casa era una obra maestra de la arquitectura moderna, con diferentes estructuras interconectadas, grandes ventanales que reflejaban el azul del mar y rodeada de una

