VALENTINA Oh no, había hecho el ridículo y continuaba con esa tarea. En verdad había soltado mis palabras sin razón, mi timidez solo me llevaba al borde de la ridiculez y vergüenza. Al llegar a casa bajamos en silencio del auto, y antes de dirigirme a nuestra habitación Alessandro me detuvo tomando de mi muñeca con suavidad. —¿Cómo sigues de tu herida? —pregunto. En realidad no habíamos tenido tiempo de hacernos esa pregunta, ni él ni yo. Yo misma estuve abstraída en otras cosas durante estos días, que ni tiempo me dio de replicar por mi herida en la pierna. —Bien, ya no he sentido dolor. Asintió antes de hablar. —Ya es hora de retirar los puntos. Por estar tan ocupado resolviendo ese asunto problemático no tuve ni tiempo de preguntarte cómo estabas —hizo una pausa, como si hubiera

