Sera le echó un vistazo. Sus rasgos seguían duros, como si estuvieran tallados en piedra. Su postura tensa hacía evidente su disgusto. —¿Adónde vamos? —preguntó, con un tono más bajo ahora. Nate no respondió. Volvió a preguntar, pero él permaneció obstinadamente en silencio. Al darse cuenta de que no iba a responder, apartó la mirada de él y la dirigió a la ventana. Su corazón había empezado a oprimirse. El coche redujo la velocidad hasta detenerse frente a su mansión. Sera frunció el ceño. Pensó que la llevaba a otro lugar. Nate abrió la puerta y salió. Después de rodear el coche, le abrió la puerta y la ayudó a salir. A pesar de la ira que aún se reflejaba en su rostro, su tacto seguía siendo suave. De la mano, la acompañó al interior de su mansión. Sera no tenía ni idea de lo que e

