Sera se giró y lo encontró de pie en la puerta. La mitad de su rostro estaba oculto por la sombra, pero sus ojos eran visibles para ella. Esos charcos de niebla gris ocultaban una tormenta detrás. Estaban fijos en ella con una intensidad profunda e implacable. Apretó los puños, sintiendo una punzada de miedo recorriendo su columna vertebral. Él entró. El ruido sordo de sus pasos resonó en el espacio, cortando el silencio denso y sofocante. Sera retrocedió un paso. —Tú... —empezó a decir, pero se fue apagando, sin saber cómo proceder. Fotos de ella estaban pegadas en las paredes, y cada pequeña cosa que poseía estaba atesorada en pequeñas cajas aterciopeladas, como si cada artículo fuera una joya preciosa. La revelación la había dejado sin aliento. —¿Desde cuándo? —preguntó con voz te

