Sera se puso de pie y abrió los ojos ante la reverente estatua de Jesús. Una lágrima se deslizó por su mejilla mientras la contemplaba. Había venido a la iglesia a buscar respuestas mientras una agitación la agitaba implacablemente en su interior. Sabía que no podía mantener su embarazo en secreto por mucho tiempo. También sabía que lo correcto sería contarle sobre esto. Él merecía saberlo. Pero todavía dudaba. Podía ver que él estaba tratando de cambiar, y eso le reconfortaba el corazón. Pero el miedo de que pudiera recaer en su antiguo yo una vez que escuchara la noticia seguía carcomiéndola. No quería seguir siendo una paloma enjaulada. Después de salir de la iglesia, visitó la habitación donde él había guardado sus pertenencias. Desde mechones de cabello hasta manchas de sangre, lo

