—Parece que el estrés hizo que su cuerpo dejara de funcionar. Debería estar bien —dijo el médico. Ares asintió con la cabeza distraídamente mientras la miraba fijamente. —Déjame tratarte las manos —el médico se miró las manos quemadas con inquietud. Ares apartó la mirada de Charlotte y bajó la mirada hacia sus manos. Las levantó y las examinó con expresión inexpresiva. Las ampollas de sus manos habían estallado hacía tiempo y ahora supuraban sangre. Hasta ese momento no había sentido dolor. La ansiedad por ponerla a salvo había adormecido todas las demás emociones. —¡Oh, Dios! ¿Está bien? Ares se dio la vuelta y encontró a Ara en la puerta. Sus cejas se fruncieron con preocupación al observar el estado de Charlotte. La mujer se dirigió hacia ella sin esperar una respuesta. —Está

