Trozos de pastel y recuerdos en voz alta.

3739 Words
Dos semanas después. Las hermanas estaban sumamente concentradas en la decoración del pastel de su abuela. Cyia untaba merengue a los lados y Mia colocaba flores comestibles de color lila en el centro del pastel. Ambas estaban absortas en la felicidad de vivir ese día junto a su abuela, ochenta años de pura salud y vida. Su única figura materna desde cierto tiempo, quien calmaba sus fiebres con trapos mojados sobre sus frentes, quien eliminaba sus gripes con guarapos de malojillo, toronjil y gotitas de limón. Quien celebró sus graduaciones del colegio y estuvo con ellas en la primera comunión y la confirmación, esperanzadas de que la viejita no masticara todavía el agua para cuando una de ellas se casara. Esa mujer de manos mágicas que preparaba una comida tan deliciosa que no te importaba ser descortez al chuparte los dedos, la que perdió a su único hijo y se mantuvo fuerte para sus niñas. Mujer ejemplar, mujer maravillosa. —Te faltó merengue —comentó la menor, rompiendo el agradable silencio. —¿Adónde? —Aquí —se embarró los dedos de la mezcla blanca y los pasó por la mejilla de su hermana, conteniendo una risa. —Corre —advirtió Cyia, agarrando un puñado de azúcar pulverizada. —¡Ay! —la pelirroja comenzó a correr con las manos en su cabeza, temiendo de que el cabello se le llenara de azúcar. Rápidamente se adentró a su habitación y le pasó seguro a la puerta en lo que soltaba tremenda carcajada. —¡Mia, abre la puerta! ¡Tramposa! La mayor siguió soltando órdenes rídiculas que su hermana no logró escuchar por estar sumida en la risa, intentó recuperar la calma al sentir que sus ojos comenzaban a lagrimear y su barriga a arder, su pecho subió y bajó con aceleración mientras soltaba risa más leve en medio de cortos suspiros. La última vez que rió tanto fue hacía dos días que coincidió en la salida con Bea y Eliot y ambos estaban discutiendo por cosas absurdas, no llegó al punto de llorar por la risa, pero sí se divirtió. Ah, Eliot, ambos no mencionaron más nada del accidente de esos días, pero Mia como que últimamente lo pensaba mucho, pensó que fue porque eran amigos y se veían casi siempre, ¿No? Ahuevo que sí. La chica salió unos minutos después de que su hermana mayor dejara de insistir, obviamente atenta, no fuera a pensar que la mayor había decidido hacer una tregua y en realidad era que estaba esperando a la revancha. Cuando terminó de caminar el otro pasillo, se encontró fue Eliot echando tequeños en unos platos con papel absorbente. —Hola —emitió él. Mia lo saludó agitando la mano y se dirigió a la cocina, donde su hermana se encontraba haciendo rosetas de maíz en una caldera. —¿Paz? —Mientras tanto —respondió la mayor, haciendo una bomba de chicle. Por lo menos la chica ya sabía que debía estar alerta, que a su hermana se le podía meter el loco de repente. —Ven a ver esto —la voz del castaño irrumpió en la cocina, hablandole a Mia. La pelirroja le hizo una seña a su hermana, llevando ambos dedos a sus ojos y luego al cuerpo de Cyia, en señal de que la observaba y acompañó al chico a la sala. Él le mostró el estuche de su guitarra. —¿Y eso? —Voy a cumplir una de tus condiciones esta noche —contestó airoso—. Sé que aún falta un mes y algo para el cumpleaños de Bea, pero igual me vas a acompañar, ¿verdad? De todas formas, la otra condición la cumpliré después porque el concurso será en dos meses. —Me parece justo —contestó ella. —¡Mi a-mor! Tienes que decirme tu secreto —la voz de Cyia se hizo presente, pero su mirada se perpetuaba en el pasillo. Aquello se lo decía a su abuela, la señora Gertrudys hizo presencia con un vestido color márfil, las mangas de éste eran de encaje floreado y la falda estilo tulipán, su calzado se basaba en zapatillas blancas y bajas, el canoso cabello peinado en una sencilla (Pero peculiar) trenza de tres, un collar de piedras blancas adornaba su arrugado cuello, parecía una mujer millonaria de finca, la única diferencia de aquellas mujeres vaqueras y ésta era la aristocracia. Pues, esa noche, a cualquier persona le entraban ganas de proponerle a la señora Gertrudys ser su sugar mommy. —¡Pero que guapa! —alagó Eliot seguido de un silbido. —Oiga, jóven, ¿No ha visto a mi nana? Llevamos harto rato esperándola, ¿cómo ve? —dijo Mia como piropo, tomando la mano de su abuela para darle una vuelta. —Tan novio y sin bonita —continuó el castaño. —¿Cómo es la cosa? —inquirió la cumpleañera en una risilla. —Ay —se rascó la nuca—, me trae tan atontado que hasta invierto las palabras, neta. —Bueno, bueno, vamos a abrir los regalos —propuso la más grande. Los cuatro se dirigieron a los muebles de madera. Eliot y Cyia en el mueble grande con Gertrudys en el medio, y Mia en uno de los individuales. —Yo empiezo —ofreció el chico, agarrando una caja blanca, sellada con un liztón escarlata. —Uy, está pesado —musitó la abuela. Al desatar el nudo y quitar la tapa, una sonrisa genuina se plasmó en sus labios. Fue sacando por orden de tamaño los recipientes de barro barnizados. —Para que se acuerde de mí cada vez que cocine —le acarició el hombro—. Bien sabroso su arróz con pollo. —Gracias, mijo —ella recostó su cabeza en el hombro del chico por leves segundos—. Mañana mismo reemplazo a las azucareras de plástico. —Ahora yo —la teñida de n***o frotó sus manos antes de agarrar la bolsa de regalo blanca con el estampado de un osito—. Pensé en ti apenas las vi, obligatoriamente las compré. La mujer de cabellera canosa sacó de la bolsa algo envuelto en papel periódico, no tenía una forma en sí para suponer que se trataba de una caja o algún objeto circular. Al desenvolver el amasijo de papel y contemplar el regalo sobre su regazo, llevó las panos a su boca por el estupor. Sus ojos se humedecieron y las lágrimas comenzaron a trazar un camino por sus mejillas sin pedir permiso. —¿Qué pasa? —Cuestionó la pelirroja. A pesar de la melancolía que invadió el corazón de la ochentona, ella sonrió. —¿En serio lo recordaste? —miró a su nieta primogénita con amor. —Por supuesto que sí. Ahora imagínen el sonido de un CD en retroceso junto a la cara de estupefacción de Mia. —¿De qué me perdí? La canosa se tomó su tiempo para responder, pero siendo consciente de lo que su nieta cuestionaba. Sacó a las muñecas una de la otra y las colocó en la mesa junto a los envases artesanales. —Tu abuelo me regalaba unas muñecas rusas en cada uno de mis cumpleaños. Ahí fue cuando la pelirroja comprendió el por qué su memoria era ajena al tema, el esposo de la aún viva mujer falleció cuando Mia tenía tan sólo un año de edad, por lo tanto, no recordaba nada. En cambio, Cyia tenía nueve años cuando ocurrió el suceso, edad suficiente como para aún recordar las pasadas costumbres de los dos enamorados. —Bueno... —la menor quiso cambiar el sesgo de la conversación al levantarse. Decidió darle su regalo a la abuela después de la celebración—. Cantemos el cumpleaños. La mayor puso las velas del ocho y el cero en el pastel con orgullo, sintiendose pasiva y alegre al mismo tiempo por el motivo apoteósico de aquella reunión. Eliot pasó sus dedos por las cuerdas de Valeria, comenzando a tocar Las Mañanitas bajo la iluminación de las velas y las voces de las dos hermanas, cada una abrazada a un costado de su nana. Los aplausos no faltaron cuando Gertrudys sopló las velas y las luces volvieron a encenderse. De pronto la hermana menor desapareció y se presentó bajo la melodía de un vals, con sus ojos cerrados y moviendose de un lugar a otro. —¿Será que la quinceañera me permite ser su Chambelán esta noche? —preguntó Eliot a la mujer mayor con el tono más galante que le otorgó su voz. —Hace más de veinte años que no bailo con un hombre —ella suspiró. —Tomaré eso como un sí —contestó, ofreciendole su brazo para guiarla al centro de la poco espaciosa sala. Ambos se movieron lentamente al ritmo de El vals de las mariposas, la magia ficticia del momento se reflejaba en la felicidad del rostro de los cuatro y los ojos brillosos de Gertrudys. Las dos hermanas también bailaban entre trastabillos y risas estruendosas, cualquiera creería que de verdad estaban en una fiesta de quince años, de no ser porque la cumpleañera sobrepasaba esa edad. Al terminar la música, cortaron el pastel y Mia y Eliot se fueron a hablar al porche de la casa con la guitarra en manos. —¿Listo? —preguntó ella, ladeando la cabeza al sentarse a un lado de los escalones. —Más bien... —comenzó a decir él, bajando el cierre del forro— hubiese preferido que pusieras otra condición, pero tratos son tratos —frunció el ceño en contra de su voluntad. —¿Asustado, Potter? —se burló. Él no contestó a esa broma, más dijo otra cosa. —Sólo espero que esa fiesta valga la pena. Y comenzó a mover las cuerdas entre sus dedos, un ritmo suave y delicado se proyectaba desde aquel instrumendo con el nombre de Valeria. Eliot se tomó su tiempo para comenzar a cantar, respiró de manera pausada y relamió sus labios un par de veces. —Tell me that you are still here, even if you are lless and lless close to me, promisse that you will give me heaven, even it's impossible for you to toveh it. »Ask me, ask me, ask me to go with you to the sea, lie to me, lie to me and force me to play, on the shore, even if we are paper beings. »Tell me you love me, at least pretend you do with a look. Pretend that you correspond to me oh oh, oh oh, oh oh. With sugary lies, with sugary lies. »Tell me that you believe in me, that Capricorn and Libra can flow... Lie to me sweetly, tell me that you feel me that you feel the same as I do, that I do. Las palmas de Mia chocaron entre sí freneticamente en medio de chillidos encantadores. —¡Me encanta! ¡Me encanta! ¡Me encanta! Eliot quiso soltar una risa amigable, pero sólo emitió un suspiro sonriente. —Supongo que esta es la parte donde nos besamos —soltó una broma de manera indirecta. Pero, en el fondo de los anhelos de Eliot, más que una broma, fue una proposición vestida de juego. —¿Qué? —la pecosa alzó una ceja. —¿Ah? —el castaño fingió carencia de cordura. Ella soltó una risa agradable, él rió sin ganas, guardando la guitarra. —Que letra tan... melancólica —opinó la del cabello cobrizo—, ¿Algún cantante en específico? —quiso saber. —Es de una película que vi una vez, me gustó la canción y la busqué en internet —mintió. Sólo él podía estar tan cautivado por alguien como para componer tal pieza, pero quería que Mia no lo supiera por el momento... o que no lo supiera nunca. —¿Cómo se llama la película? —indagó. —No me acuerdo, la vi hace mucho tiempo —siguió él con los embustes—. Busqué en google tipo: Cómo se llama la canción que dice tal cosa... Es mi pasado estúpido. —Todos tuvimos un pasado estúpido —Mia le dio la razón, rascando un poco su cuello—. Al menos no buscaste el video de una canción y lo pausabas a cada rato para escribir cada parte, pudiendo buscar la letra. —Ah no, pero ya esa es una pérdida de tiempo, ¿qué te pasaba? —inquirió con gracia en lo que guardaba nuevamente a Valeria. —¡Tenía diez años y me gustaba mucho Jenny Rivera! —intentó justificarse. —Apuesto a que en esa época también eras bonita —la miró con cierto brillo en sus ojos y agachó la cabeza para que no se notara en su semblante que la chica le atraía demasiado—, pero no tanto como ahorita —completó sin mirarla. Él sabía que la chica era lo suficientemente inteligente como para descifrar esa mirada, pero algo ingenua para mal interpretarla. Porque a Eliot algo sí le decía que Mia sabía que los ojos son el espejo del alma; se cristalizan por el dolor, se oscurecen por la rabia, se apagan por el cansancio... Se dilatan y brillan cuando ven algo que les gusta. Y depende de como unos ojos te vean, es el efecto que causas en su portador. Podemos mentir con palabras, con caricias y hasta con orgasmos, pero jamás con una mirada. Mia no se quedó en silencio por incomodidad, sino porque sintió que soltaría puros balbuceos si respondía a tan alagador comentario, sus mejillas se encendieron mucho más de lo habitual, el color rosa se notaba a simple vista bajo sus pecas, toda la parte baja de la cara le ardía y algo nuevo ocurrió... Una impetuosa taquicardia en su pecho. Pero pese a esos sentimientos encontrados de Mia y los no muy ocultos por parte de Eliot, no había nada de tensión en el ambiente. —Quiero ver que sí —habló el chico luego de pocos minutos—. La última vez vi a tu abuela y a tu hermana revisando albumes, debe haber fotos tuyas. —Ay —emitió la chica, cubriendo su rostro con ambas manos—, créeme que no quieres ver eso. —Me tomaré el atrevimiento de desconfiar de tu palabra —dicho esto, Mia separó dos de sus dedos, dejando a la vista una de sus iris marrones. Ella mordió el interior de su mejilla, causando que sus labios se movieran hacia un costado en un gesto pensativo. —Con una condición —reprimió una sonrisa maliciosa, mirándolo por el rabillo del ojo. —¿Me vas a poner condiciones cada vez que te pida algo? —Eliot se cruzó de brazos. Ella se encogió de hombros y dijo su condición sin que él se la preguntara. —Que me digas por qué cantaste esa canción exactamente. —Con una condición —secundó él. —¿Me vas a poner condiciones cada vez que te ponga condiciones cada vez que me pidas algo? Él imitó su acción al encogerse de hombros. —Bien —bufó. —Quiero que juguemos a Romeo y Julieta —dijo él—. Pero la original, no algo tipo No manches Frida. —Okey —se bajó con cuidado y subió los pequeños escalones—, Eliot. —¿Sí? —El maestro Alcantara es lo mejor, no te metas con su adaptación moderna de la obra de Shakespeare —dijo antes de cruzar por el umbral. No pasaron ni cuatro minutos cuando la pelirroja volvió a salir, esta vez con cinco albumes en sus manos. Los colocó a su lado y se sentó nuevamente junto a Eliot a ojearlos. —Esa es Cyia cuando tenía meses de nacida —señaló la primera foto, comiendo una cucharada de pastel—. Por cierto, me gusta mucho como cantas —sonrió con sinceridad—, aunque creí que escribías algo así como corridos. —Que sea mexicano no significa que mis temas deban ser de corridos —se defendió, pasando la página. —Ah no mames, entonces tampoco comes tacos ni elotes —alzó una ceja. —¿Y eso que tiene que ver con gustos musicales? —agarró otro album al ver que el primero contenía puras fotos de la hermana mayor. —Ser mexicano no significa que te gusten los tacoooos —canturreó. —A ver wey —cerró el album que recién había abierto—, venero tanto a los tacos y elotes como los venezolanos a las arepas. —Bueno, esa es otra voz —le quitó el álbum de las manos para mostrarle las fotos de ese. En eso salió Vincent a rodear los piés del castaño para luego echarse a un lado de éstos. —Pinche gato espectacular, como lo amo —dijo Eliot para sí mismo como un pensamiento en voz alta. —Ajá, ahora dime por qué decidiste cantar esa canción —la pecosa se había olvidado por un momento de su condición, lo recordó fue al ver la guitarra descansar en la silla mecedora. Aparentemente, Eliot la colocó ahí cuando ella entró a lo de las fotos. —Ah, porque es una de mis canciones favoritas en el mundo y te la canté porque me... —encantas—. Porque me caes bien. —Pues, parece que mi gato te cae mejor que yo —hace una mueca, queriendo decir "Fíjate que sí". —¿Para qué te digo que no si sí? Ella fingió mirarlo mal y abrió el álbum sobre su regaso. —Mira, ese era mi papá —se lo pasó para que pudiera detallarlo mejor. El chico detalló al hombre y se extrañó al no encontrar ningún parecido con la chica que tenía a su lado; el hombre era alto, calvo de barba negra y algo regordete, en la foto estaba junto a sus dos hijas, ambas con la melena virgen en ese entonces. —Esa la tomaron un año antes de que falleciera —informó ella—, ahí yo tenía once. —No... —carraspeó su garganta —no se parecen, creí que tendría pecas o algo así. Ella entreabrió sus labios, observando la imágen y los cerró de inmediato. —Cyia y yo nos parecemos a nuestra abuela materna, ella era pelirroja y eso —su mirada se apagó emocionalmente. —¿Y tu madre...? —Ella no está —interrumpió antes de que el chico formulara la pregunta completa. Un silencio sin palabras se formó, lo único que se oía eran las baladas que escuchaban las mujeres mayores dentro de la casa, esta vez sí hubo tensión en el aire. —Entiendo que es un tema incómodo, lo siento —intentó quitarle el álbum, más ella se rehusó. —No —suspiró—, un dolor no puede mantenerse oculto por tanto tiempo, eso nos mata por dentro. Te contaré. Se tomó su tiempo para relatar el mártir que llevaba como historia, para ordenar ideas y buscar las palabras correctas, decidió ir directo al grano. —Mamá se fue cuando yo tenía siete años, se enamoró de alguien más y dejó el país junto con su nueva pareja. Nana y Papá se hizo cargo de nosotras —su voz se quebró—, ella ni siquiera se despidió, simplemente se fue sin avisar —las lágrimas comenzaron a hacer brillar sus retinas—, una mañana entré a su habitación a pedirle algo de crema para peinar y no había rastros de ropa, ni de ella —ahogó un sollozo. —La extrañas, ¿no es así? —el castaño posó una mano en su hombro. —No lo sé —susurró—. Tal vez me duela no comprender sus motivos, o el hecho de que no haya sido capaz de mantener su relación sin alejarse de sus hijas —lo miró fijamente por un segundo—. No, Eliot, no la extraño. No puedo extrañar a una persona que no me quiso lo suficiente como para intentar quedarse. Amor no va primero que hijos. »Extraño es a mi papá, él sí hizo todo lo posible para darnos a mi hermana y a mí una buena educación y tanto amor como para que no necesitaramos a quien se fue, nana ha sido la única madre verdadera que hemos tenido. Eliot no pudo creerlo, la historia de Mia era casi idéntica a la de su primer amor. La sensación de dejà vu le recorrió todo el cuerpo, congelando por un momento sus latidos. —Sólo fuimos mi madre y yo desde que nací, nunca tuve un padre... Bueno, claro que lo tuve pues, mi madre no se embarazó sola —comenzó a contar el chico—. Pero él se fue apenas supo que yo venía en camino, fue como si se lo hubiese tragado la tierra. Mamá consiguió una pareja cuando yo tenía nueve y hasta ahora es su esposo. —Mi papá era arquitecto —continuó la chica—. Estaba analizando los planos de una construcción y no vio que un yunque estaba por caerle encima. No hace falta mecionar que fue un deceso súbito. —Lo siento —dijo él, abrazandola. —He aprendido a aceptarlo. —Mia —la llamó para que ella alzara el rostro. —¿Sí, Eliot? —Te pareces a Julieta mucho más de lo que creí. Nota de autora: Bueno, aquí ya revelamos el misterio de la madre de Mia. Pero seguimos con la incógnita de quien es esa "Ella" a quien tanto extraña Eliot y por qué se le parece tanto a Mia, pronto lo sabremos. Aquí la letra en español de la canción que Eliot cantó en este capítulo: Mentiras azucaradas. Dime que sigues aquí, aunque cada vez estés menos cerca de mí, promete que me darás el cielo, aunque se imposible que puedas tocarlo. Pídeme, pídeme, pídeme que vaya contigo al mar, mienteme, mienteme y oblígame a jugar en la orilla, aunque seamos seres de papel. Dime que me amas, al menos finge que lo haces con una mirada. Disimula que me correspondes oh oh, oh oh, oh oh. Con mentiras azucaradas, con mentiras azucaradas. Dime que crees en ti, en mí, que Capricornio y Libra sí pueden fluír... Mienteme con dulzura, dime que sientes lo mismo que yo, que yo.
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