Juju parpadeó, tratando de enfocar la vista en medio de la penumbra que la envolvía. Sus sentidos tardaron en reaccionar, como si aún estuviera atrapada en una pesadilla. El aire estaba cargado, denso, con un olor a humedad rancia y a moho que le irritaba la nariz y la garganta. La habitación era pequeña y claustrofóbica, con paredes de concreto frío y sin ventanas, apenas iluminada por una luz parpadeante en una esquina que parecía desprender más sombras que claridad. Al mover las manos, un dolor punzante le atravesó las muñecas. Las cuerdas que las mantenían atadas eran ásperas y le cortaban la piel, dejándole finas líneas de sangre que apenas comenzaban a formarse. El roce abrasivo de la cuerda al intentar moverse le arrancó una mueca de dolor, y trató de ignorarlo, enfocándose en lo

