TREINTA Y DOS Casa de Ava, San Marcos, USVI 17 de abril de 2012 Los gemidos de Emily me despertaron. Su primera mañana en San Marcos fue dolorosa debido a todos los analgésicos que había tomado la noche anterior. Había salido a trompicones de su dormitorio temporal en el sofá de la sala de estar y se había metido en mi habitación, a diez pasos de distancia, con la cara blanca como la arena de Turtle Beach. Era mi primera noche en mi nuevo futón y esperaba poder dormir un poco más. Me giré hacia la pared. —Ayuda, —dijo, y se dejó caer en el futón a mi lado. —Alguien me ha envenenado. —Se llama Emily. La golpearé por ti, si quieres, dije, con mis palabras amortiguadas por la almohada en la que enterré parcialmente mi cara. Olas de dolor golpeaban mi cabeza como un mazo a un bombo. Sí, c

