Giré mi rostro y sus labios chocaron con mi mejilla. Seguido se alejó y sonrió, llevó sus manos a la cabeza y salió de la habitación ladeando la antes nombrada. Me quedé absorta, con la mirada clavada en la alfombra y la mente sacando sus conclusiones. Santiago ya no era el mismo de antes, aquel que me llamaba y me escribía cada instante, el que no hacía otra cosa al llagar, que darme un beso y decirme cuánto me amaba. Teníamos apenas seis años de casados, y tres de esos años no hemos estado juntos. Me pregunto si así es el matrimonio, amar con tanta intensidad los primeros años, y luego ignorar a la pareja. ¿O será acaso que nuestro amor no fue tan fuerte como creíamos?... No, eso no podía ser, porque yo amaba a Santiago como jamás en mi vida había amado a nadie, quizás en mi antigua vi

