Julián Funes se pasó una mano por el rostro antes de soltar un suspiro largo, de esos que no sacan el cansancio del cuerpo, pero al menos le ordenan un segundo por dentro. Sabía que lo que estaba por contar no era fácil de digerir. Aun así, Álvaro y Valentino necesitaban saberlo todo, sin huecos, sin adornos, sin esa parte “suavizada” que la gente usa para no mancharse las manos con la verdad. Los dos lo miraban desde el otro lado de la mesa, atentos, tensos, con esa quietud propia de quienes escuchan para decidir si entran o no al fuego. La oficina improvisada funcionaba en un departamento seguro, lejos de los ojos de Francisco Noble: persianas bajas, luces apagadas a medias, café frío, papeles, carpetas y un mapa mental que no se veía pero se sentía en el aire. Julián apoyó los codos s

