Varias lágrimas rodaban por las mejillas de Dania. La mujer las limpiaba con furia y continuaba tras de ellos. Antes de que Fernando subiera al auto, ella lo detuvo. —Quiero que me mires a los ojos y me digas que ya no me amas. —Fernando miró a la mujer fijamente. Soltó un suspiro cuando dirigió la mirada a Constanza, que se encontraba tras el vidrio. —Lo siento, Dania, pero ya no te amo —afirmó, regresando a verla. —Mientes, tú no puedes haberme olvidado en tan poco tiempo. Fer, mírame, tú me amas. ¿Por qué me haces esto? —Con sus manos delicadas tocó el rostro de Fernando—. Fer, vamos a tener un hijo; no puedes abandonarme. Aquella noticia hizo que Fernando frunciera el ceño. Había pasado cuatro meses en el crucero y una semana en su trabajo. ¿Cómo era posible? —Tengo cuatro meses y

