Constanza Báez caminó a pasos firmes hasta llegar a su salón de clases. Se acomodó en el asiento principal hasta que su tutor ingresara, suspiró profundo antes de recorrer la mirada hacia los compañeros que se encontraban atrás. Una vez que salió del salón, se acomodó en el comedor a la espera de Lourdes. Cuando esta llegó, miró extrañamente al hombre de n***o. —¿Qué pasa? ¿Por qué tienes un guardaespaldas? —Dixon salió de prisión, me envió esto. —¡Qué cabrón! Fernando, ¿lo sabe? —No quiero preocuparle. —Pues es tu esposo, no debes ocultarle nada... Si el tipo te mandó eso, es porque está loco. —No quiero hablar de eso, siento escalofríos. —Ok, no hablemos de él, pero llevaremos esta nota a la policía. En la mansión West, el hijo del ministro contemplaba la enorme piscina. Abrió l

