Capítulo: La Despedida Que No Se Puede Detener La luz de la mañana se filtraba entre las hojas, pintando de oro el bosque. Las aves habían retomado sus cantos, pero todo parecía distante para ella. Liana salió primero. Sus patas blancas se hundieron en la tierra húmeda, con movimientos lentos. Había dormido demasiado, más de lo que jamás se había permitido. Su cuerpo se había apagado junto a su alma. Pero ahora estaba despierta. Y Eleonor también. Despertó con la garganta seca, los ojos inflamados, el corazón adormecido. No sabía cuánto había dormido. Podía haber sido un día o una semana. No importaba. Solo sentía una calma agotada, una tristeza tan grande que ya no podía doler más. Era un silencio seco, definitivo. Taron estaba allí, esperándola, sin decir ninguna palabra. Ya Demián

