Heather
Miro el móvil: las siete de la tarde. ¿Cuándo me he quedado dormida? Y ¿dónde está Beth?
Me rasco los ojos en un intento de despertarme, y me levanto de la cama, directa hacia mi maleta, que aún descansa a los pies de la cama. Saco de ella un par de toallas y ropa limpia, y salgo de la habitación para ir a las duchas.
Si no recuerdo mal, la mujer que hay abajo en recepción me informó de que estaban al final del pasillo, última puerta a la derecha, así que es allí a donde me dirijo.
—Duchas mixtas —leo en voz alta el cartel que tengo delante.
Niego con la cabeza, incrédula. Esto tiene que ser una broma.
Dudo un instante entre si debería entrar o no, pero la verdad es que no tengo otra opción. ¿Dónde iba a ducharme, sino? Suelto un bufido y, esperando que no haya mucha gente, entro.
Y, por suerte para mí, así es. Solo hay una chica, ya duchada y vistiéndose, y alguien más ocupando una de las duchas.
Me meto en una de ellas y me desnudo rápidamente. Huelo a café con un toque de vainilla y a mi perfume favorito con aroma a flores y no es que me guste mucho esa combinación.
Agarro la alcachofa de la ducha y abro el grifo. Cuando el agua caliente empieza a caer por mi cuerpo, me siento relajada casi al instante.
—¡No! Para —oigo que dice una chica entre risas—. Estás loco, no podemos hacerlo aquí.
Cierro el agua y cojo el jabón mientras que sigo escuchando. Mi cotilla interior no puede dejar de hacerlo.
—Oh venga, Chelsea. ¿Desde cuando te da miedo que nos pillen?
Mi ceño se frunce al escuchar a la voz que dice esas palabras. ¿Dónde la he oído antes?