—Oye mamá...
—¿Si, Carol? —ambas bajan de la camioneta y abren la cajuela para sacar sus compras del día.
—¿Sí tienes fotos del papa de Ana? El señor Hernández.
—¡Claro que no! —dice la madre ofendida—. El papa de Ana era uno de mis mejores amigos en la secundaria, pero Tamara no lo sabe.
Satisfecha con la respuesta Carol entra a su casa con una gran sonrisa y se va corriendo a su habitación.
—¡Mamá trae las otras bolsas!
Karla entra a la habitación y entre las dos sacan todo lo de las bolsas de color rosa. Carol nunca había sido de esas chicas que les interesaba mucho la moda, pero Karla era todo lo contrario, a ella si le gustaba mucho la moda y es por eso que el salir de compras con hija lo había disfrutado mucho.
—Mamá de todos me gusta este n***o, se ve genial —dice Carol sosteniendo el vestido en alto observándolo.
—¿Segura no prefieres el floreado primaveral? —dice la doña señalando un vestido con muchas flores.
—¡No! Me veo ridícula.
—Así eres amor —ríe por lo bajo y Carol le fulmina con la mirada.
—Yo no soy una ridícula...
—¿Ah no? ¿Y cómo se les llama a las chicas tímidas que vigilan de noche por las ventanas?
—¿Qué? —Carol abre los ojos y se ruboriza al instante.
—Yo me entero de todo amor —le responde con una sonrisa mientras se ponía unas zapatillas que compro.
Siente mucha vergüenza y además su madre tenía razón en parte ¿qué chica espía a su vecino? Bueno, pero también ella no tenía la culpa de que un chico tan guapo y sexy se mudara al lado. Aun así, Carol abre la boca para negar todo, pero la cierra porque llaman a la puerta.
Karla sale de la habitación de su hija y baja las escaleras despacio ya que no quería dañar tan rápido las zapatillas que acababa de comprar.
—¡Voy! —grita enojada porque quien sea que estaba timbrando se estaba desesperando.
—Hola hermana —dice una señora cuando Karla abre la puerta deseando jamás haberlo hecho—. Se que puede estar ocupada...
—Sí lo estoy y mucho —le interrumpe Karla seria como una amargada.
—Lo siento mucho...
—Disculpas no aceptadas— la señora que podría tener unos treinta y dos años ríe nerviosa sosteniendo su portafolio en su brazo derecho y con la mano izquierda se limpia el sudor en su perfecta falda.
—Vengo a hablarle de Dios nuestro señor y... —la señora se le queda mirando al cuerpo de Karla y hace una cara de desprecio — ¿Usted sabía que no puede estar vestida así?
—¿Y? — dice Karla con cara de aburrimiento.
—Y…
—¿A usted quién le pregunto? Metiche.
La señora se pone roja de coraje, pero luego respira y sonríe.
—La invito a la iglesia a escuchar el coro y...
—No me gusta, yo escucho Rock.
—Mi iglesia acepta a todos como son...
—¡Ay sí! Y por eso acaba de criticar mi manera de vestir ¿no? —Karla ríe a carcajadas—, no se haga si usted le gustaría vestir como yo.
—No soy una pecadora...
—Pues yo si lo soy monjita.
Karla cierra la puerta azotándola y sube las escaleras al cuarto de su hija que la esperaba impaciente. Karla quería aprovechar el mayor tiempo posible con Carol y es que eso de ir de compras y probarse ropa no es algo que pasaba todos los días.
—Mamá— le llama Carol en cuanto su madre entra a la habitación.
—¡Hija te queda precioso! —exclama Karla.
—¿De verdad?
—Claro —le responde admirando la juventud de la chiquilla—, créeme a este paso y si dejas que yo te instruya podrás conquistar a Jair.
Carol se sonroja al instante y se pone algo nerviosa. Jamás pensó en tener algo serio con Jair, se lo ha imaginado miles de veces a él y ella juntos como novios y demás fantasías, pero jamás pensó que su sueño se hiciera realidad, ella sabía que eran ilusiones, pero ahora que su madre lo comentaba no era mala idea proponerse metas tan altas. Si, ya lo había decidido enamoraría a Jair para que este cayera rendido a sus encantos y al final serian novios. Si, era una meta, un sueño por hacerse realidad. Un reto que también implicaría cambiar ya que debía de dejar de ser tan tímida. Debería mostrarse segura si quería lograrlo.
—¿Carol estas bien? Estas babeando y tienes cara de babosa.
—¿Qué? —Carol reacciona y es cierto tenía baba a lado del labio, debía de controlar mejor sus hormonas.
—Da igual —dice Karla mirando aun a su hija—, ¿sabes? Antes de lo tu padre... Creí que tú te ibas a volver como una de esas chiquillas rebeldes groseras y ofrecidas, y la que termino a si fui yo.
—No es cierto mamá —Carol se le inclina a los pies y consuela a su madre quien estaba sentada en la orilla de la cama. Es cierto que ella era muy divertida, pero siempre la considero alguien fuerte, decidida y sobre todo que jamás se dejaba de nadie. Y Carol admiraba ese coraje.
—Gracias hija, por estar conmigo siempre, pero ahora yo te ayudare con tu misión mata putas.
—¿De verdad mamá?
—Claro, ya te dije te instruiré y además, quiero a un yerno guapo y sexy...
—¿Jair?
—¡Claro! A veces me pregunto de dónde sacaste lo inteligente.
—Mmmm
Carol se levanta y se mira en espejo. Conquistaría a Jair, lo haría.