Después de un noviazgo muy largo, en el cual follabamos, a veces con mucha frecuencia y en donde a veces parecíamos monjes cartujos, nos casamos. Por razones de trabajo fuimos a vivir a un pueblito cercano a Madrid, mi mujer se dedicaba a la dentistería y yo era profesor de inglés en un colegio que quedaba a cierta distancia. Como solamente teníamos un auto, yo debía recurrir al transporte urbano, pues mi mujercita es muy cómoda y yo, como la quiero tanto, me dejo hacer el tonto. No tenemos mucho dinero para comprar dos autos. Yo tengo 28, ella tiene 24, yo soy un tipo corriente, de esos que no llaman excesivamente la atención. Mi esposa, a la que voy a llamar Marcela, no estaba del todo mal. Una mujer delgada, con tetas no muy grandes, un culo chiquitín pero respingon, en fin una mujer

