Ariel siguió a Mandra con la mirada a medida que se movía alrededor de la nueva estructura. Estudió sus rasgos orgullosos y fuertes mientras hablaba con Asim, que estaba señalando del cobertizo que estaban construyendo. Aquel día llevaba el cabello recogido en la nuca, y al no llevar camisa Ariel podía ver el ligero brillo del sudor sobre sus hombros anchos y desnudos. Siguió con los ojos el sendero de su espalda hasta donde los pantalones le colgaban bajos de las caderas y no pudo resistirse a humedecerse los labios al ver cómo se aferraban a sus nalgas y muslos. El toque final de su atuendo eran unas botas marrones oscuras. En lo único en lo que podía pensar Ariel era en lo mucho que ansiaba quitarle la ropa poco a poco. Se sentía perpleja por la frialdad que estaba mostrando Mandra con

