Ahora mismo iremos a ver al ministro de Dios y te confesarás
―Karla afirmó con la cabeza, haría cualquier cosa con tal de no estar embarazada―, le confesarás todos y cada uno de los pecados que tengas pendientes de exculpar
―le advirtió―, cumplirás la pena que te imponga sin rechistar y después pediremos a Dios para que te baje la regla.
Cada cinco minutos sentía la necesidad de ir al baño, en cada viaje encontraba que no había pasado lo que tenía que pasar, los nervios y la angustia mataban. Le había escrito a Eduardo, le había explicado su preocupación, le pidió que la llamara. Necesitaba hablar con él, hablar con su madre la ponía aún más nerviosa, pero solo la tenía a ella. Eduardo ni la había llamado, ni había contestado a sus cartas.―¡Karla! ―oyó a su madre que había llegado a casa, se limpió, el papel seguía sin manchas, lo tiró y se miró en el espejo, se subió el suéter mirándose la barriga―. ¿Ya? Ansiosa, abrió la puerta del baño. Karla negó con la cabeza mientras se miraba en el espejo. La habían despedido, ni dos semanas había durado. Cuando su marido se enterará se formaría una buena, y si estaba embarazada… Le temblaban las piernas solo de pensarlo.―¿Qué voy a hacer, mamá? ―preguntó mientras las lágrimas corrían por su cara. Su padre iba a matarla y Eduardo seguía sin dar señales, sentía que se ahogaba.―¿Has ido a hablar con la señora Rocio? ―preguntó su madre ignorando su pregunta. La señora Rocio la había despedido el día anterior, pasaba más tiempo en el servicio que trabajando; si además de despedida estaba embarazada, debería poner tierra de por medio, definitivamente su padre la mataría, debía huir y no tenía a dónde ir.
Le he dicho que tenía infección de orina, como tú me dijiste, pero no se lo ha tragado.―No se lo digas a tu padre ―contestó su madre―, yo hablaré con él. Karla se inclinó y abrazó a su madre, lloró con más fuerza, se sentía muy perdida. Todo para nada, nunca más volvería a acostarse con Eduardo, después de hacerlo lo tuvo claro, pasadas las últimas semanas no tenía ninguna duda de eso. Lo único que podía hacer era jurárselo a Dios una y otra vez cada vez que pudiera, hacerle toda clase de promesas que cumpliría si la sacaba de ese lío. Al llegar a casa, David supo que algo había pasado. Su hija tenía los ojos y la cara hinchada, llena de churretes de ese maquillaje que se ponía, a pesar de que no lo necesitaba, la hacía parecer mayor.―¿Qué ha pasado? ―preguntó quitándose el abrigo. Karla miró a su madre interrogante, con una expresión de puro terror que ablandó aún más el corazón de su madre, después de ver lo mal que su hija lo estaba pasando.―Ve a tu habitación, Karla ―le ordenó. No lo dudó ni un momento, se levantó del sofá y salió corriendo escaleras arriba hasta su habitación.―¿La ha despedido, verdad? ―preguntó su padre quitándose la gorra y retorciéndola. Karla dejó la puerta entreabierta y se quedó escuchando cómo discutían, no le gustaba la situación, aunque agradecía que su madre la defendiera. Su padre la acusó de vaga, amenazó con tirar todos sus productos de belleza y no comprarle nada, que lo hiciera ella para que valorara el precio de las cosas.―La señora Rocio ha sido muy injusta con ella, la ha despedido por ir al baño ―le explicó su mujer.―¡Es que se pasa el día en el puñetero baño! ―exclamó hastiado―. Si le pagaran por mirarse en el espejo, seríamos millonarios, pero mientras no lo hagan tendrá que trabajar.―Tiene infección de orina ―mintió―, siempre la estás juzgando, nuestra hija no es perfecta, pero tú eres demasiado duro con ella.
―Tú eres demasiada blanda, con su hermano tuve mano dura, y mira qué recto ha salido. Tú te deshiciste por ella, la niña de tus ojos, y ahora lo que tenemos es una malcriada que no quiere hacer nada. Cerró la puerta con cuidado, quería ir al baño, pero no se atrevía estando su padre así de enfadado. Su madre le llevó la cena a la habitación, algo que su padre criticó; advirtió que, cuanto más tiempo pasara encerrada, peor sería la que le caería cuando saliera. Michell le dejó la bandeja en el escritorio.―Cena, después tómate la pastilla ―le enseñó una píldora que había en la bandeja.―¿Es para dejar de estar embarazada? ―preguntó emocionada, levantándose de la cama.―No existe tal cosa, Karla ―se escandalizó―, eso sería una aberración, esto te ayudará a dormir. Cuando Karla tenía nueve años, su madre tuvo una falta, no querían tener otro hijo; después de una semana de nervios renunció a la esperanza y aceptó la voluntad de Dios. Debían recibir a ese hijo como el milagro de vida que era, y entonces le vino la regla, esperaba que eso fuera lo que le pasaba a su hija.―Va a matarme ―se puso a llorar―, cuando se entere de que estoy embarazada va a matarme. Karla estaba muy angustiada, no hacía otra cosa que maldecir el fatídico día que se acostó con Eduardo.―Aún no sabemos si estás embarazada, Karla. Relájate y descansa, los nervios no son buenos. No se atrevía a explicarle a su hija la experiencia que ella había vivido, temía darle esperanzas. Si resultaba no estar embarazada, cosa que no dejaba de rogarle a Dios, al menos se llevaría un buen escarmiento, de esa manera al menos no volvería a cometer el mismo pecado. Se había arrepentido, había confesado y había cumplido la pena impuesta, merecía la redención, ella seguiría rezando. Rachel se puso de puntillas y le besó la mejilla, sus dos hijos habían heredado la altura de su padre. Cuando su madre salió de la habitación, Karla miró la comida, incapaz de probar bocado no tenia nada de apetito. Derrotada, se sentó en el alfeizar de la ventana, extrañaba tener una amiga, o mejor, a Eduardo. Había dado de lado a sus amigas por él, el chico más popular y deseado del instituto, el quarterback del equipo y ella la animadora más guapa. El instituto había acabado, todo el mundo seguía con su vida y ella se había quedado en stand by. No se había dado cuenta hasta ese momento en que observaba la aburrida urbanización que tan poco tenía que ofrecerle, donde en breve todos la señalarían con el dedo. Ya se imaginaba al cura en el sermón del domingo, pidiendo una oración por ella y por su hijo. Un hijo, le recorrió un escalofrío, ella no quería tener hijos, ni siquiera le gustaban los niños. Eduardo tendría que dejar la universidad y se enfadaría con ella. Se tomó la pastilla y se metió en la cama. Karla dividía a las personas en dos clases: los que adoraban su belleza y los que la envidiaban. Todos la señalarían y se reirían, su padre no le perdonaría la humillación. Sería la comidilla del barrio, como la hija de los Coleman, ella misma se había mofado, supuso que le estaría bien empleado que se rieran de ella.―No lo permitirás, te marcharás con Robbie, te casarás con él y, cuando volváis, la gente seguirá envidiándoos, por hacer tan bonito matrimonio, con unos hijos preciosos. David estaba frustrado, el terreno que había comprado estaba seco, nada estaba saliendo como esperaba. No tenía la maquinaria adecuada para perforar más abajo en busca de petróleo, sin ella podrían perderlo todo, y no tenía dinero que invertir en ese tipo de tecnología. Veía cómo su ambicioso proyecto se veía truncado; aún no se lo había dicho a su mujer, pero estaba seguro de que algo sabía. Desde que estuvieron en las tierras dos semanas atrás, ella y Karla estaban inquietas y excitadas, aunque intentaran disimular, eran malas actrices. Le sorprendía que a Karla le preocupara algo que no fuera ella misma, seguramente su madre le había explicado que habían invertido todo lo que tenían.