Raed se quedó en la mesa, tratando de contener sus propias emociones. Catrina se había marchado. El sabor amargo de la hiel todavía le quemaba la garganta. Su cuerpo vibraba con la necesidad de perseguirla, de reclamarla, de arrancarle el vestido de seda y mostrarle al mundo, y a ella, a quién le pertenecía. Pero su orgullo, un demonio tan grande como el de Catrina, lo detuvo. ¿Acaso ella creía que él, el Juez, iba a quedarse de brazos cruzados, derrotado?
La respuesta fue un eco de furia. Raed echó su cabeza hacia atrás y se rio. Una risa fría y amarga que nadie más que él entendió. Vio a las mujeres a su alrededor: bonitas, coquetas, atentas. La ira y el orgullo lo invadieron. Su mirada se detuvo en una de ellas. Una rubia, una mujer de la mafia de Europa, igual de hermosa e inocente en apariencia que una ninfa de cuentos de hadas. Con el vaso de whisky en la mano, se inclinó hacia ella.
—¿Cuánto tiempo te quedas en Rusia, alemán? —le preguntó ella con una voz coqueta.
—¿Cuánto tiempo te quedas tú? —soltó él, su voz un susurro de seducción que se sentía como una amenaza.
—Un poco más de una semana.
Él sonrió, una sonrisa falsa que anunciaba un juego sucio. Pasó el dedo por la muñeca de la chica, un gesto lento que a él le pareció un castigo para otra.
—Serán suficientes, te lo aseguro.
La mujer, que todavía no tenía nombre, conocía quién era él. En su mundo, Raed Richter era un nombre que se susurraba con miedo y respeto.
—Estaré más que encantada, Juez.
En el momento que Catrina salió del backstage, los ojos del cazador en todo su esplendor se detuvieron en ella. La vio. La vio en ese preciso instante en el que él le sonreía a la mujer, ofreciéndole roces inocentes que anunciaban más que inocencia. Raed no sabía por qué, pero la sonrisa en su rostro le dolió a Catrina. Quiso interrumpirlos. Borrarle la sonrisa a Raed de un golpe, pero el orgullo y la falta de un motivo la detuvieron. Se había humillado lo suficiente la noche anterior, el día anterior, toda la semana. No lo haría de nuevo.
Tomó sus cosas y se fue. Le dijo a Tamara que no se sentía bien, y su tía, entendiendo las tensiones familiares, le dio un abrazo que Catrina apenas sintió.
Cuando Catrina subió a su auto, quiso llorar, pero no sabía por qué. Las lágrimas se le quedaron atoradas en la garganta, un nudo de frustración. Aún se sentía presa en aquel mundo de fieras, donde todos veían su apellido como un excelente negocio. Tamara Volkanosky, pero sobre todo Catrina Volkanosky. Las esposas ideales, portadoras del apellido de la lealtad y el terror. Se sintió condenada a tener que repetir el ciclo. Otro matrimonio, otra farsa, otra alianza, con apenas una esperanza de conexión.
Y entonces, en el silencio de su auto, su mente divagó, buscando un consuelo en el único lugar donde podía encontrarlo: en una fantasía. Se imaginó un amor que no se parecía a nada que hubiera conocido. Un amor que doliera de tanto tocarlo, de no poder dormir sin estar a su lado, de desear su calor y no su dinero. Un hombre que lo tuviera todo sin ella, pero que al conocerla se sintiera pobre por el simple hecho de no poder poseerla, o que quisiera morir por alcanzarla. Sí, un cuento de hadas. Algo inexistente.
Pero lo quería.
El amor. Aquel maldito sentimiento que el poder y el dinero poco a poco habían matado, o que estaba moribundo, tirado en un camino polvoriento e incierto. Catrina se abrazó a sí misma y por fin, las lágrimas brotaron, silenciosas, una a una, sin un sonido. Sabía que no eran por Raed, ni por Evan, ni por Flavio. Eran por ella misma. Por la chica que creció entre oro sin una pizca de amor latente, un amor que ahora, con su cuerpo en llamas, anhelaba sin poder confesarlo.
Al final, Catrina arrancó el auto. Se alejó de la celebración, del ruido, del Juez y de sus juegos, de las miradas de los demás. Condujo de vuelta a su apartamento, buscando el refugio que siempre encontraba en su soledad. Florinda la recibió, nada extrañada. No era la primera vez que Catrina se iba de las celebraciones de sus propios logros. La mujer de confianza le ofreció una taza de té, pero no la juzgó.
—Florinda, creo que necesito unas vacaciones. Un retiro espiritual —dijo Catrina, su voz apagada.
La mujer, que la conocía bien, supo enseguida lo que pasaba. Después de la borrachera en el compromiso de su padre, pasaría tiempo antes de que Catrina volviera a beber alcohol. La joven solo lo hacía cuando estaba al borde de algo, cuando la rebasaba el agotamiento de las circunstancias de la vida.
—Otra vez, mi niña —respondió Florinda, con una mirada de profunda sabiduría—. Le voy a decir algo: uno no necesita un doctor para entrar en su propio manicomio y hablar con su misma locura. Nuestros monstruos, Catrina, no están allá afuera. Solo tienes que preguntarte qué quieres tú de la vida. ¿De qué huyes? ¿De qué te escondes?
Catrina la miró a los ojos, y las palabras que salieron de su boca fueron la verdad más cruda que había pronunciado en mucho tiempo.
—De los Volkanosky. De los Baiden. Pero, ¿cómo se huye de la sangre, Flora? ¿Cómo te escondes de eso?
Florinda se quedó sin palabras. Catrina sonrió, pero era una sonrisa sin alegría. Se llevó la taza a los labios. Era la verdad, y dolía. ¿Cómo huir de la sangre de sus padres? ¿Cómo huir de ese legado, de su nombre, de su historia? La mujer se retiró en silencio, dejándola sola con sus pensamientos.
Catrina subió a su cuarto, y sin saber por qué, nuevamente pensó en él. En Raed. En la sonrisa seductora que le daba a la mujer rubia, una sonrisa que anunciaba una conquista fácil, un juego sin consecuencias. Una sonrisa que nunca le había dado a ella. El Juez, en cambio, la había bautizado como una serpiente venenosa, a la cual amenazó con cortarle la lengua.
Un nudo de furia y frustración se le instaló en el estómago. ¿Por qué le dolía? ¿Por qué se sentía tan herida? No tenía derecho a sentir celos, a desear una sonrisa que él le negaba. Un arrebato de rabia se apoderó de ella. Lanzó un cepillo a la nada, un grito silencioso que se perdió en el aire. No era por la rubia, ni por Raed, era por sí misma. Era una cruda y amarga sensación de celos. Celos del juego que él le negaba. De la facilidad con la que otros, como la rubia, podían ser un simple adorno, mientras ella estaba destinada a ser la reina en un tablero de ajedrez donde el Juez ya había movido su primera ficha.
Pero mientras Catrina intentaba calmarse, allá en la fiesta del desfile, la noche seguía brillando, un escenario de opulencia para los más poderosos. Las modelos exhibían aquellas hermosas obras, y Tamara, con su pasión compartida por el diseño, era por nada la mano derecha de su sobrina.
Raed seguía con la chica rubia, sonriéndole, pero no tanto como para no notar la ausencia de Catrina. Había pasado mucho tiempo desde que la vio por última vez, fingiendo sonrisas entre la multitud. Un instinto de depredador se apoderó de él. Aquella falsa calma se desvaneció. Hizo una señal a su hombre, El Fugitivo, y este se acercó al instante.
—Averigua dónde está Catrina —susurró el Juez al oído de su mano derecha.
El Fugitivo, sin hacer preguntas, se fundió entre la multitud, una sombra eficiente. La rubia, notando el cambio de humor en Raed, intentó recuperar su atención.
—Ya te vas? —preguntó ella con una sonrisa, invitándolo a quedarse.
Raed la miró y, con su rostro impasible, encendió un cigarrillo.
—Tal vez —dijo, la palabra flotando en el aire como una promesa vacía.
El Fugitivo volvió. Se inclinó y susurró una sola frase.
—Se fue, Juez.
La frialdad en la voz de El Fugitivo fue un eco de la verdad que Raed ya sentía. Automáticamente, el rostro del Juez se puso serio. El juego había terminado. La rubia, la fiesta, el whisky; todo se volvió intrascendente.
—Prepara el auto de inmediato —soltó Raed.
El eco del profesor, de Morgan, de la proposición que había hecho estallar la calma de Catrina y la suya, resonó en su mente.
—Entonces, ¿sí te vas? —soltó la chica, decepcionada por el abrupto final de su noche.
Raed levantó sus ojos de hielo y la miró.
—Cosas importantes, ya sabes —contestó, la voz un filo de navaja.
Se dio la vuelta, sin despedirse de nadie. El resto de la mesa, Can, Celine, y Morgan, lo miraron marcharse, pero no se atrevieron a preguntar. Cuando subió al auto, el Juez se recostó en el asiento de cuero y su voz, dura como la piedra, dictó su siguiente movimiento.
—Vamos a su apartamento.
El Fugitivo, sin pestañear, cumplió la orden. Sabía a lo que se refería su jefe: el apartamento de la Tejedora, de Catrina Volkanosky.
Al llegar al edificio, el hombre de recepción lo reconoció al instante. Los ojos del recepcionista se abrieron de par en par. La sola presencia de Raed Richter era un evento.
—Buenas noches, señor Richter —dijo con cortesía y respeto.
—Solo dime si la señorita está —preguntó Raed, las manos en los bolsillos, su paciencia agotada.
El hombre de la recepción contestó enseguida.
—Sí, señor. Subió hace unas horas. ¿Subirá usted? —dijo, intentando acompañarlo, su nerviosismo evidente.
—Sí, pero subiré solo —respondió Raed. No esperó una respuesta.
Se dirigió al ascensor con las manos en los bolsillos, dejando al recepcionista paralizado con la autoridad del hombre. Pero no se movió; sabía para qué hombres trabajaba en aquel edificio y en muchos otros de gente influyente. Raed tomó el ascensor y durante el trayecto pensó en lo que le diría al irrumpir en su casa.
No eran palabras bonitas, no era una excusa. Era una necesidad. El Juez estaba a punto de irrumpir en su vida por segunda vez, pero esta vez, no tenía excusa. La quería. La quería a ella. La quería con la misma ferocidad con la que había querido aquella alianza, y ahora que ella había puesto en peligro esa lealtad, no podía evitar la tentación de reclamarla.