La Proximidad de la Piel

2249 Words
El día siguiente para Catrina fue como el anterior. Trabajó en La Tejedora durante la mañana, almorzó con Tamara y se dirigió a la mansión de los Richter. Apenas llegó y saludó a Celine, vio a Raed entrando en su oficina. Era el momento. Su misión era una sola: mostrar las telas y el diseño del traje para el capo alemán. Catrina caminó con paso firme por el pasillo. La puerta de la oficina de Raed estaba entreabierta. Tomó un respiro y tocó con los nudillos, su corazón latiendo con una mezcla de ansiedad y desafío. —Pasa —resonó la voz de Raed, fría como el hielo, y ella obedeció. Cuando Catrina estuvo frente a él, Raed sonrió, una sonrisa gélida que no llegó a sus ojos. Sacó un cigarro de la cajetilla y lo encendió con un encendedor plateado. La luz parpadeó en su rostro, revelando una sombra peligrosa. —Vuelves a invadir los centros nazis, Catrina Volkanosky. Creo que estás aburrida de la vida. Dijo él, su voz un susurro que la golpeó con la fuerza de un látigo. La mirada de Catrina bajó, y un suspiro se le escapó. Raed estaba con la camisa desabrochada, su cuerpo esculpido de músculos y cicatrices. El perfume de su piel calentó la suya, y su mente se llenó de imágenes prohibidas. Él, el “nazi elegante”, había logrado lo que nadie había hecho desde su divorcio: la había desestabilizado con su sola presencia. —Señor Richter, vine a hablar de su traje —dijo, intentando que su voz no temblara—. Me disculpo. No debí decir eso. Espero que las aceptes. La disculpa le había costado su orgullo, pero era un sacrificio que estaba dispuesta a hacer por la paz de su padre y la felicidad de Celine. Raed no respondió de inmediato. Le dio una calada al cigarro, sus ojos fríos la estudiaban, como si fuera una ecuación que necesitaba resolver. —Bien, entonces déjame ver. Catrina abrió el portafolios y colocó las telas y los diseños sobre el escritorio. Él los estudió con la misma concentración que si fueran documentos de un negocio multimillonario. Pasó sus dedos por la lana y el lino, examinó los bocetos. Catrina permaneció de pie, en silencio. Él no la había invitado a sentarse, un gesto deliberado de poder, de recordarle quién estaba al mando. Catrina se sintió como un objeto, una simple proveedora de servicios. Él, el "juez", la mantenía de pie, como si fuera una empleada sin importancia. La humillación la quemó por dentro. Raed, con su arrogancia, la quería ahí parada como una tonta. Pero después, el silencio se rompió. —Sabes, dicen que eres una buena tejedora. Me dejaré sorprender —dijo Raed, su voz un susurro, sus ojos profundos y fríos—. Enviaré a alguien para tomar sus medidas. Catrina suspiró aliviada, se agachó para recoger sus cosas, pero la voz de Raed la detuvo. —Hazlo tú. Ahora. Estamos aquí para hablar de trajes, y estoy dispuesto. Tal vez después no. El aliento se le escapó. Quiso mandarlo al diablo, pero la imagen de la sonrisa de su padre, de la felicidad de Celine, la detuvo. Se enderezó, la espalda recta, y asintió. “Es por ellos”, se repitió, y sacó su metro de costura. Raed se levantó y, en un movimiento lento y deliberado, se quitó la camisa. El gesto era una clara provocación, un juego de poder. Ella lo sabía. Con una compostura que no sentía, Catrina se acercó y tomó las medidas. Su mano rozó el pecho de él, y sintió el calor de su piel, el músculo tenso, la cicatriz. El contacto la hizo temblar, pero ella lo ocultó con una profesionalidad impecable. En silencio, tomó cada medida. La circunferencia de su pecho, la anchura de sus hombros, la longitud de sus brazos. El aroma de su piel, a tabaco y a hombre, la envolvió. El momento se sintió infinito, un baile tenso y silencioso entre dos depredadores. Cuando terminó, Catrina recogió sus cosas sin decir una palabra y se fue de la oficina, dejándolo a él con una media sonrisa, una victoria que sabía que había ganado. Afuera, en el pasillo, el corazón de Catrina latía con fuerza. Se había humillado, se había expuesto a la proximidad de Raed, pero no le había dado el gusto de verla romper. Se sentía tonta, usada, pero también extrañamente fascinada. Raed Richter no solo era un mafioso, sino también un maestro del juego mental, y ella, la Tejedora, acababa de ser una simple pieza en su tablero. Los días siguientes se deslizaron como agua en un colador y, casi sin notarlo, llegó la noche de la celebración del compromiso. El ambiente, aunque prometido como algo "pequeño", se había transformado, gracias a la abuela Lucinda, en un evento digno de la élite de la mafia. La mansión brillaba con un festín de luces, música clásica y un aire de opulencia. Catrina eligió uno de sus mejores vestidos. Un diseño de su propia creación en seda negra que caía como una cascada por su cuerpo, elegante y sobrio, pero que insinuaba una fuerza oculta. Lo acompañó con joyas discretas, pequeños diamantes que resaltaban su porte natural. Esa noche, en particular, decidió conducir. El auto que había sido el regalo de boda de Flavio, un Ferrari oscuro y veloz, había permanecido encerrado en su cochera desde el día que lo recibió. Lo odiaba, pero como Raed aún no había enviado el suyo, no tuvo más opción. No era coleccionista de automóviles ni tenía intención de guardar recuerdos; aquel coche, en realidad, había permanecido intocable, un símbolo de su pasado que ella se negaba a reconocer… hasta esa precisa noche. Al estacionar, levantó la vista y lo vio. Raed, apoyado en su propio vehículo, un robusto Mercedes n***o, sostenía un cigarrillo entre sus dedos. Su mirada, de hielo y acero, estaba clavada en la puerta de la mansión. Estaba atendiendo una llamada, su postura relajada, pero su cuerpo en una tensión latente, lista para cualquier movimiento. Y no muy lejos de él, como un espectro que no la dejaría en paz, estaba Flavio. Él la había estado esperando, con esa sonrisa venenosa y arrogante que Catrina había aprendido a detestar. Se acercó a ella, sus ojos recorriéndola de pies a cabeza. —Catrina… sigues estando hermosa —dijo con esa voz que aún le traía malos recuerdos—. Y veo que aún no me olvidas del todo. Conservas intacto mi regalo. La sangre de Raed ardió al escuchar esas palabras. No necesitaba preguntar quién era; lo supo de inmediato. Había esperado afuera, anticipando el encuentro y deseando ver la reacción en el rostro de aquella mujer frente a su ex. Lo que vio lo fascinó. La máscara de indiferencia de Catrina era perfecta. Catrina, con una calma cortante, se giró hacia Flavio. Sus ojos, en lugar de mostrar ira, eran puro desprecio. —No seas iluso, Flavio —respondió con una voz baja que no tenía rastro de emoción—. Lo único que extraño de lo que tuvimos fue el tiempo que perdí. Ahora, aprovecha… y llévate tu cacharro. Con un movimiento certero y lleno de desdén, le lanzó las llaves. Él, por puro reflejo, las atrapó, la sorpresa en sus ojos demostraba que no se esperaba esa reacción. Ella se dio media vuelta con elegancia, sin regalarle ni una mirada más. Caminó hacia la entrada de la mansión, dejando a Flavio solo, con la llave de su regalo en la mano. Raed sonrió para sí, una sonrisa que no era de diversión, sino de pura admiración. Aquella mujer era un artista de la guerra psicológica. Aplastó su cigarrillo contra el pavimento, se guardó las manos en los bolsillos y, con paso medio lento, medio firme, la siguió hacia el interior. Flavio se quedó atrás, un monumento a la humillación. Raed entró en la mansión, dejando atrás a Flavio, un fantasma de un pasado que Catrina había cortado con la precisión de un cirujano. El aire dentro del vestíbulo, denso con el aroma de las flores frescas y el perfume de las mujeres, no logró distraerlo. Su mente estaba fija en una sola cosa: la escena que acababa de presenciar. No había sido un simple desaire; había sido una declaración de guerra. La forma en que le lanzó las llaves a Flavio, con ese desprecio tan puro, le había fascinado. Aquella mujer no solo era una empresaria exitosa, era una guerrera. Y Raed, el "juez" que había evaluado a tantos, sintió un profundo respeto por ella. El cuerpo de Raed, tenso por la adrenalina, se relajó. Ya no veía a Catrina como una simple presa, sino como un adversario digno. Un adversario que, al igual que él, entendía el lenguaje del poder y la manipulación. Se abrió camino a través de la multitud. La música clásica llenaba el salón, y la gente se movía en un baile de falsas sonrisas y alianzas silenciosas. Raed, con su altura imponente y su mirada de hielo, era como un faro en la habitación, atrayendo miradas de curiosidad y respeto. Pero él solo tenía ojos para Catrina. La encontró en un rincón del salón, hablando con su padre, Can. Su vestido n***o la hacía ver como una sombra elegante en medio de los colores brillantes de la fiesta. Estaba de pie, con la cabeza alta, su postura reflejando una seguridad que pocos tenían. La noche era joven y el salón estaba lleno de luces, música y conversaciones que se entrelazaban en un murmullo constante. Raed, con su habitual postura fría y calculadora, observaba de lejos mientras bebía un trago. Entre las parejas que bailaban y los invitados que reían, sus ojos buscaban a Catrina casi sin querer admitirlo. Pero, de pronto, notó su ausencia. Frunció el ceño con discreción, dejó su copa en la bandeja de un camarero y comenzó a recorrer el lugar como si solo se desplazara sin rumbo. Nadie notó su inquietud. Nadie, salvo él, que sentía la tensión en el pecho. No tardó en encontrarla. En uno de los pasillos laterales de la mansión Volkanoski, la vio acorralada contra la pared, enfrentando a Flavio. Este, con la camisa desabrochada en exceso y el vaso medio vacío en la mano, mostraba en el rostro ese brillo turbio del alcohol. —Dime que aún sientes algo, Catri —balbuceó, acercándose más de lo debido—. Nadie te conoce como yo… puedo darte lo que ese arrogante jamás podrá. Ella intentaba mantener la compostura, pero la rigidez de sus brazos pegados al cuerpo la delataba. —Apártate, Flavio —dijo con voz baja pero firme—. No me interesas, ni sobrio, ni borracho. Él soltó una carcajada amarga y la miró con descaro. —Sigues igual de orgullosa… y eso me gusta. Raed sintió cómo la rabia le encendía la sangre. No soportaba verlo tan cerca de ella, ni la manera en que ese hombre parecía disfrutar el temor disfrazado de firmeza en Catrina. Entonces, avanzó con paso seguro, disimulando su enojo, como si solo hubiera pasado por allí por casualidad. —¿Interrumpo? —su voz grave cortó el aire. Catrina, sin mirarlos a ninguno de los dos, aprovechó la intervención para escapar. Caminó con elegancia, aunque la tensión en su respiración la acompañaba. Flavio la llamó varias veces, la voz cada vez más desesperada, pero ella no se detuvo. Raed se quedó allí, mirándolo con un deseo feroz de romperle la mandíbula, pero contuvo el impulso. Con un gesto casi desdeñoso, le dio la espalda y se dirigió hacia el salón principal. Allí la encontró de nuevo. Tamara le había ofrecido una copa y Catrina, al tomarla, dejó escapar un temblor apenas perceptible. Raed lo vio. Ese detalle mínimo le encendió la furia de nuevo. ¿Qué demonios le había dicho Flavio en esos pocos minutos? ¿Qué podía haber hecho para quebrar de ese modo la seguridad de una mujer que siempre mostraba fortaleza? Apretó la mandíbula, sintiendo que la cólera le quemaba los huesos. Ella estaba ahí, intentando disimular, pero su cuerpo hablaba más alto que sus palabras. Y él, sin comprender todavía por qué, se sintió invadido por la necesidad de protegerla, de arrancarla de la sombra de ese hombre. La noche siguió pasando Raed sonrió con cortesía más de una vez y se negó a bailar con algunas de las chicas que le eran presentadas por la abuela Lucinda o incluso por el mismo Can. No tenía ganas para ninguna. Sus ojos, sin querer, volvían siempre a Catrina. Ella no había parado de beber copa tras copa junto a su tía Tamara, que como siempre lucía coqueta y extrovertida. Raed pensó que eran polos opuestos: la tía irradiaba ligereza y coquetería, mientras la sobrina parecía más bien un general, con aquel semblante frío y una distancia que helaba a cualquiera. Sin embargo, esa noche algo en Catrina había cambiado. Bebía en silencio, apenas conversaba con el pequeño grupo de chicas que reían a su alrededor. Todos parecían conocer su temperamento y por eso evitaban dirigirle la palabra de frente. Era como si supieran que aquella mujer hermosa no toleraba frivolidades. Fría, imperturbable, siempre lista para disparar con la lengua o con la mirada. Y sin embargo… había algo más en ella esa noche. Una sombra en su expresión, una melancolía contenida que la hacía parecer no solo distante, sino atrapada en una amargura silenciosa.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD