Raed ayudó a Catrina a recomponerse en silencio. La tela suave del vestido volvía a caer ordenada sobre su piel, pero la intensidad de lo que acababan de vivir seguía marcada en el brillo de sus ojos. Él encendió un cigarrillo, lo sostuvo apenas en los labios y la observó con esa calma engañosa que lo envolvía siempre después de la tormenta. —Te llevaré a tu casa —dijo, como si fuera la solución más natural. Catrina negó enseguida con un movimiento rápido de la cabeza. Sus labios temblaron, y sus manos apretaron con fuerza la tela de su bolso. —No quiero volver… —susurró—. Si regreso, mi papá puede encontrarme otra vez. No quiero verlo. Raed la contempló largo rato, como midiendo su miedo y su decisión. Entonces soltó el humo por un lado de la boca, dejó el cigarrillo a medias y dictam

