El aire en el gimnasio estaba espeso, cargado con el olor a sudor, la adrenalina y el rastro de la pasión. Raed, con su respiración agitada, se levantó de la mesa y la ayudó a incorporarse. Con una delicadeza que no se esperaba, tomó la camiseta que había quedado en el suelo y la ayudó a colocarla sobre su cuerpo.
Las palabras de Catrina, cargadas de miedo y frustración, golpearon a Raed con la fuerza de un puñetazo.
—Raed, ¿por qué me haces esto? —dijo, sus ojos, llenos de lágrimas, lo miraban con una mezcla de súplica y confusión—. ¿Por qué me buscas? ¿Solo quieres tenerme así, como una vulgar amante a escondidas? No sé qué hacer. Mi padre puede molestarse… entonces, ¿qué haré?
Raed cerró los ojos, la angustia en su pecho era un peso que lo asfixiaba. Se vio a sí mismo en el espejo, un hombre de negocios, un Juez que solucionaba problemas, convertido en un esclavo de sus propias pasiones.
—No pienses en eso —dijo, su voz una calma que no sentía—. Solo quedan días para el matrimonio. Después pensaré en algo y lo solucionaremos.
Solucionar, se dijo a sí mismo. ¿Solucionar qué? ¿El hecho de que se había acostado con la hija de su cuñado? ¿Que por ella había decidido pagar una deuda millonaria que nada tenía que ver con él? ¿Cómo no hacerlo, si la locura que despertó con los besos de Catrina no quería dormirse?
Catrina, sin embargo, no se dio por vencida. Su voz, aunque más baja, era firme.
—Raed, solo quiero saber si me estás utilizando. No debes hacerlo. No soy una inocente, pero no me causes más problemas de los que te aseguro que ya tengo. Ahora quiero volver a mi casa.
Raed la observó, su mirada una mezcla de furia y un deseo casi doloroso. Se inclinó, susurrándole al oído.
—No digas eso. Yo lo resolveré. Ven, iremos por algo de ropa y te llevo.
Catrina lo siguió, con el corazón aún latiendo frenético en su pecho. Raed la llevó a una de las habitaciones de invitados, pero en vez de darle ropa de la casa, se dirigió a su propia habitación. Allí, en un gesto que era totalmente fuera de su carácter, y como jamás lo había hecho, Raed robó un vestido de su hermana Celine, una prenda que, aunque sobria, le sentaría bien. Se lo entregó a Catrina, que lo miró, confundida.
—Ponte esto —dijo él, con una orden que no admitía preguntas.
Cuando ella se cambió, Raed la vio, y el recuerdo del vestido de terciopelo tinto lo golpeó. No sabía por qué lo había hecho, pero había metido el vestido pecaminoso en su caja fuerte cuando ella no lo estaba mirando. Un trofeo de su noche de caza.
La llevó a su coche. El Fugitivo esperaba al volante. Y ahí, en el asiento trasero, entre besos y algunas caricias, Raed se entregó. Catrina, con el miedo y la frustración aún a flor de piel, respondió. Y el viaje, que terminó en sexo en el cojín de atrás, fue una descarga de emociones violentas. El vidrio polarizado y oscuro los separaba del Fugitivo, que iba en su plan de chofer, la silenciosa sombra que protegía los secretos de su jefe.
Ha más de una hora después,Raed detuvo la camioneta frente al imponente edificio de Catrina. El motor quedó ronroneando en el silencio de la calle, como si también aguardara el momento de despedirse de ella. Se giró en su asiento para mirarla, y sus ojos la recorrieron lentamente, un escrutinio posesivo, desde la melena revuelta que ahora le caía sobre los hombros hasta los pies. Llevaba el vestido de Céline, con la tela ligeramente arrugada por sus manos y sus movimientos, pero en los pies lucía unas pantuflas suaves que le daban un aire casi infantil.
Raed esbozó una sonrisa torcida, una que no llegaba a sus ojos.
—Te llevé como a una princesa —murmuró, inclinándose hacia ella, su voz una seda helada—, y te devuelvo vestida a mi antojo.
Catrina bajó la mirada, nerviosa, apretando con fuerza el bolso contra su regazo. En su interior, la mezcla de vergüenza por el arrebato de la noche y un extraño orgullo por la posesividad de Raed la desarmaba por completo.
—Serpiente —la voz de Raed volvió a llamar su atención, firme y sin titubeos—. Yo resolveré todo. Tú no pienses en eso.
Ella asintió despacio, tragando saliva, como si temiera que cualquier palabra la delatara. Se limitó a abrir la puerta y descender del vehículo. Antes de entrar al edificio, lo miró un instante: Raed la observaba con esa intensidad que la hacía sentir marcada, imposible de escapar, su rostro una máscara de fría determinación.
El Juez esperó a que la figura de Catrina desapareciera en el hall antes de arrancar. La camioneta avanzó unos metros y, al pasar junto al puesto de los dos guardias de seguridad que solían acompañarla, Raed giró apenas el rostro hacia el Fugitivo.
—Quiero que cambien el personal de seguridad de Catrina —ordenó con voz baja pero helada—. A estos… llévatelos a la mansión.
El Fugitivo arqueó una ceja, sorprendido por el repentino interés de su jefe.
—¿Desea interrogarlos usted mismo, señor?
Raed chasqueó la lengua, molesto.
—Quiero saber qué tan leales son a Volkanosky. Aunque algo me dice que son informantes de Flavio. Ese maldito francés no se quedará tranquilo…
El Fugitivo mantuvo el volante firme, pero lanzó una mirada rápida hacia su jefe. Sabía reconocer esa tensión: los celos y la sospecha estaban devorando a Raed por dentro, una ira que era más peligrosa que cualquier bala.
—Si resultan traidores, ¿qué quiere que haga con ellos? —preguntó, como tanteando la oscuridad de la respuesta.
Raed se recostó en el asiento, con los labios apretados. Durante un instante pareció debatirse entre la furia y la lógica. Finalmente, su voz salió como un rugido contenido, la sentencia final:
—Haz lo necesario. No me importa si vuelven a respirar o no… Nadie juega con lo que es mío.
El Fugitivo asintió con un leve movimiento de cabeza.
—Entendido, señor. —Y en silencio, pensó que esa “serpiente” llamada Catrina tenía a Raed más envenenado que cualquier enemigo armado.
La camioneta se perdió entre las luces de la ciudad, mientras en el edificio, Catrina se apoyaba contra la puerta cerrada de su apartamento, sintiendo aún la mirada de Raed clavada en su piel. Lo que ella no sabía era que, en ese mismo momento, hombres leales a su padre y enemigos encubiertos estaban siendo arrastrados hacia la mansión del Juez, donde se decidiría si eran aliados… o simples cadáveres en potencia.