"Largo de aquí inmundicia, deseo que te duermas y nunca más despiertes"
Fueron las últimas palabras que logré oír de mi padre. Enfadado, tan irritante como de costumbre y todo por una mísera cucharada de dulce de leche casero, quién lo creería.
La realidad es que mi infancia fue poco agradable, olvidable para ser exacta, pues crecí rodeado de constantes abusos por parte de él, un hombre ordinario, malicioso y sobre todo sin escrúpulos hacia su familia. Mi padre era un típico hombre de dos caras, claro, pues se mostraba amable, gentil y buena persona hacia todos los demás, pero de la puerta para adentro se transformaba en el mismísimo diablo.
Durante muchos años soporté su cruel maltrato hacia mi madre, la verdad es que era un verdadero hijo de perra con ella, un psicópata en todo sentido, principalmente cuándo la trataba cómo si fuera propia basura.
Recuerdo verlo estallar una noche a la hora de la cena, simplemente porque la sopa que ella le había preparado era de garbanzos y no de arvejas como él le había pedido, su reacción fue terrible, no sólo la golpeó hasta el cansancio, sino que orinó sobre su plato, obligándola a beber aquél asqueroso caldo, sinceramente el tipo era un demente.
A pesar de toda esta barbarie, mi hermano Nicolás sentía algo de compasión por su padre, realmente nunca entendí que podía verle de bueno, pero se notaba que muy en el fondo aún lo apreciaba, al revés de mi, que cada día que transcurría crecía aún más mi odio hacia él, me enloquecía el sólo hecho de pensar que aquél vomitivo ser maltrataba sin pudor alguno a mi madre, a la mujer que me había dado a luz y realmente no podía permitir eso, algo debía hacer.
Estuve semanas anhelando que el desgraciado abandonara la casa, pero él jamás lo hizo, se encontraba cómodo en su pedestal de abusador, algo que claramente ejercía a la perfección.
El tiempo pasó, llegó abril del '94, apenas había cumplido trece años y para ese entonces cursaba el primer año en el colegio Nacional de Paraná, todos los días tomaba el mismo ómnibus, realizaba el mismo recorrido y siempre pensaba en una sola cosa, en cómo demonios deshacerme de mi padre.
Creo que a cada paso todo se tornaba una locura, pero es que era agotador aguantar a un tipejo así, mi madre estaba arruinada, tanto en lo espiritual cómo en lo estético, apenas tenía cuarenta años, pero se veía cómo una señora de sesenta y todo por culpa del idiota, él era una ramificación cancerígena para nosotros, un sujeto nocivo, tóxico, el cuál de una buena vez debía desaparecer, aquél día me di cuenta que la decisión estaba tomada, tenía que quitarle su vida.
Pensé en varias formas de hacerlo, pero ninguna me convencía, si bien deseaba con ansias asesinarlo, tampoco quería fallar en mi plan y pasar el resto de mi vida encerrado en una correccional, por tal motivo tendría que ser meticuloso en cada detalle, este crimen para que funcione debía ser perfecto.
La cuestión es que pasaron días, semanas, meses y no encontraba el momento ideal para ejecutar a mi padre, no sé si era cobardía o qué, pero cada vez se me hacía más difícil llevar a cabo mi plan, desde entonces comencé a sentirme frustrado.
No obstante el frío invierno había llegado, clima ideal para quedarse acurrucado debajo de las cobijas, pero ese no era mi caso, pues cómo cada viernes, debía tomar mi clase de gimnasia en el colegio Nacional, recuerdo llegar al anochecer aquél día, pero antes de abrir la puerta de mi casa noté qué algo no andaba bien, no sé cómo explicarlo, pero lo presentía. Al entrar noté un silencio sepulcral, comencé a llamar a mi madre pero ella no respondía, Nicolás tampoco, esto me olía raro. De pronto escuché jalar la cadena de la mochila del inodoro, me apresuré en llegar y allí observé a mi padre salir del tocador, su rostro se veía extraño, no parecía estar enojado cómo de costumbre, al contrario mostraba algarabía.
-¡Hola hijo! ¿Qué tal tú clase?
Lo miré detenidamente por varios segundos hasta que tímidamente solté un "Bien" y huí a mi habitación.
Sinceramente algo no cuadraba, ¿Desde cuándo le interesaba mi bienestar? No podía ser cierto lo qué estaba sucediendo.
De repente, recibí una notificación en mi celular, se trataba de un mensaje de mi madre "Hijo, Nicolás y yo nos fuimos a pasar el fin de semana a la casa de tu tía Carlota, perdón por no avisar con antelación, se dio todo muy rápido, te dejé dulce de leche casero en la heladera para que compartas con tu Papá, un beso, te amo, Mamá"
Luego de leer el texto, todo comenzaba a cobrar sentido, el malnacido de mi padre estaba feliz porque tenía lejos a mi madre, si era obvio que ella jamás le importó y mucho menos la amó, le valía nada la situación.
Esa noche estaba inapetente, así que me acosté temprano, fue algo difícil de conciliar cuándo solo piensas en matar a tu padre, pero a pesar de ello el sueño me ganó la partida. De pronto, de un sobresalto desperté asustado, observé la hora en mi celular y apenas habían transcurrido diez minutos de la medianoche, en ese momento noté que mi estómago percibía algo de hambre, así que caminé hacia la cocina, abrí la heladera y tomé el frasco de dulce de leche casero, tres cucharadas me bastaron para degustar aquél inigualable sabor, pero después, antes de regresar el pote al refrigerador, comencé a oír ruidos extraños que provenían de la cochera. Así qué en sigilo me dirigí hacia la puerta del garaje y observando por el cerrojo pude ver a mi padre cerrar un viejo freezer ¿Qué carajos hacía con un congelador allí? Rápidamente regresé al cuarto y tomé de mi cajonera una Colt 9MM, la cuál había adquirido meses atrás, allí en ese preciso instante comprendí que era el momento justo para acabar con él.
No obstante, cegado abrí la puerta de la cochera y le apunté directo a su cabeza, pero no pude disparar, es que no comprendía lo que estaba viendo, mi padre envolvía el cadáver de mi hermano en un plástico n***o, en ese momento solo atiné a vomitar, pero peor fue cuando levanté la tapa del freezer y me topé con el cuerpo sin vida de mi amada madre, allí explote.
No podía dejar de llorar, el hijo de puta los había asesinado a ambos, en ese lapso estaba consumido de ira, sólo quería llenar de plomo la integridad de mi padre, así que jale del gatillo, una, dos, tres y repetidas veces, pero ninguna detonación se escuchó.
-¡ ja ja ja! ¿Pensaste que soy tonto? ¿Qué no me iba a dar cuenta que compraste un arma robada y que la ocultaste en tu habitación?
Al escucharlo me quedé sin palabras, él había quitado todas las balas de mi cargador.
-¡Sos muy inocente! Por eso no sabés hacer nada…
-¡Te odio Papá! ¡Con todo mi ser!
-¡Largo de aquí inmundicia, deseo que te duermas y nunca más despiertes!
En fin, eso fue lo que me gritó antes de qué me desvaneciera, y en realidad tenía razón, nunca más desperté. El malnacido utilizó el celular de mi madre para engañarme y lograr que probara su dulce de leche casero, el cuál estaba sutilmente adulterado con veneno para ratas, entonces aquí me encuentro deambulando como un fantasma por los rincones de esta casa, anhelando que finalmente llegue ese día en que pueda ir por él para finalmente cumplir mi cometido, el de quitarle su vida y sepultarlo en las entrañas del infierno.