Muchísimas gracias. -Vamos a por tus fotos. Así todo irá más rápido. Te las entregaré en veinticuatro horas. Con discreción, por supuesto. Emes sacó una cámara de un cajón y me sonrió. -Espero que estés lista para tu foto de pasaporte. Mientras el sol se ocultaba tras el horizonte, me senté rodeada de ropa y baratijas, pensando en qué llevarme. Sacar grandes sumas de dinero de mi cuenta habría resultado sospechoso, así que saqué lo que pude mientras hacía compras y luego eché mano de mis ahorros para emergencias. Solo eran unos pocos miles, pero serían suficientes para pagar alojamiento y comida durante un tiempo si tenía cuidado. Me había decidido por España. Buscaría un lugar rural donde nadie me buscara. Un lugar pequeño y pintoresco. Luego encontraría un trabajo. Pero solo Dios sabía cuál. No tenía ningún talento especial. Ni siquiera había aprendido a cocinar o limpiar. Pero si eso me mantenía fuera del alcance de William, aceptaría cualquier trabajo. Dinero en mano, sin llamar la atención. Por suerte, Emes me había sugerido un visado de trabajo falso junto con mi nueva identidad, así que no tendría que preocuparme por la deportación. Una vez que reuní mis pocas cosas, fui a la habitación de Mery y me acurruqué a su lado mientras ella veía la televisión. -Voy a echar esto de menos, le dije mientras me acurrucaba junto a mi hermana pequeña. -No seas tonta. Mary puso los ojos en blanco. -Te veré siempre. William no te mantendrá encerrada. La necesidad de decírselo me quemaba en la garganta. No quería desaparecer sin decirle adónde iba. Puede que ella me hubiera sugerido desaparecer, pero ni por un momento sospechó que eso era exactamente lo que yo pretendía hacer. Probablemente no lo sabía. Por mucho que le doliera descubrir que me había ido. -Quiero que te quedes con esto, le dije, cogiendo el collar de mi madre y poniéndoselo en la mano. -Amelia, actúas como si te estuvieras muriendo. Sé que es malo, pero todo va a salir bien. Papá no dejará que William te prohíba vernos. Se supone que debe enterrar el hacha de guerra. -Sí, enterrarla justo en mi espalda. —Por favor, solo cuídalo por mí. —Está bien, pero ¿puedes dejar de comportarte tan raro?
—Nunca dejaré de ser raro —dije con una sonrisa forzada mientras me acurrucaba junto a ella. Volvimos a ver la televisión en silencio durante un rato mientras disfrutaba de la sensación de tener a mi hermana a mi lado. Joder, la echaba de menos.
Todos ellos. Nunca había vivido sola. Cuando éramos niños, siempre había un montón de Kensingtons allá donde íbamos, llenando las habitaciones con nuestras peleas de juego y nuestro ruido. Un Kensington solo era algo prácticamente inaudito. -¿Has visto a Edward esta noche?, preguntó Mary, abanicándose la cara. -Sí, se ha quedado por aquí para asegurarse de que soy una buena esposa. Para mi disgusto. -Cuando se arremangó y se recostó contra el marco de la puerta, pensé que iba a necesitar una ducha fría, dijo Mery. Ella también había llamado mi atención. Estaba riendo con mis hermanos cuando se detuvo para arremangarse lentamente la camisa, dejando al descubierto esos antebrazos musculosos y tatuados. Sin duda, era un placer contemplarlo. Ojalá hubiera pasado una noche con él antes de marcharme con William. Me merezco una despedida de soltera. -Una última polla antes de tener que lidiar con la suya el resto de mi vida. El sabor agrio del vómito me cosquilleó en la garganta al pensar en estar cerca de las partes bajas de William. -Deberías. Joder, parece que le vendría bien un buen polvo. Edward siempre había sido mucho más reservado conmigo y con mi hermana que con mis hermanos. Los miraba casi como si codiciara su atención. Por otra parte, con ese aspecto, seguro que tenía a las mujeres colgadas de él por todas partes. Lo había pensado a lo largo de los años en los que había estado entrando y saliendo esporádicamente de la casa. Era atractivo, vestía bien, estaba bien arreglado y tenía esas manos grandes que no podías evitar imaginar atrapadas bajo ellas. Como un verdadero profesional, nunca respondió a ninguno de mis coqueteos. Quizás no lo había intentado lo suficiente.
EDWARD Las risas llenaban la pequeña cocina, donde a menudo nos quedábamos hasta tarde por la noche. Kensington Manor tenía varias cocinas: una grande y cromada que los chefs usaban para atender a la familia, una cocina de exhibición en la parte principal de la mansión que solo había visto usar durante eventos como una especie de punto intermedio para el personal de servicio, y esta cocina más acogedora que los hermanos usaban para sus propios aperitivos. Aun así, era más grande que mi cocina y sin duda estaba mejor surtida. Una cosa que me encantaba de la casa de los Kensington era que me alimentaban como a un rey, aunque no fuera uno de ellos. Mark sacó unas cervezas de la nevera y las repartió. Yo las rechacé. A diferencia de los hermanos, yo estaba trabajando. Era fácil olvidarlo por unos minutos, fingir que era uno de ellos, pero pronto alguien me daría una orden o una tarea y mi lugar en la organización, y en su casa, volvería a hacerse evidente. -Voy a por un vaso de agua, dije, sirviéndome uno antes de volver a apoyarme en la encimera. Mi presencia era muy necesaria en los preparativos de la boda. ¿Mi tarea? Asegurarme de que todo saliera bien. Tanto los Kensington como los Harrison tenían una horda de enemigos que querían frustrar su intento de unión. Todos estaban manos a la obra para asegurarse de que la boda saliera a la perfección. Harry estaba como siempre. -Todo está listo para el sábado. Los coches llegarán a las doce y nos llevarán a la capilla a la una y media. Nuestra empresa de seguridad se encargará de la ruta y también estará presente en la capilla. -Sí, he informado a todo el mundo y saben que se juegan el pellejo si la cagan, dijo Chase, lanzando un cacahuete al aire antes de atraparlo. -Los trajes han llegado y ya deberías haber hecho la última prueba. Harry miró a Chase, que le dedicó una sonrisa avergonzada. Siempre se saltaba todo lo que le parecía aburrido. -Si no lo has hecho, ponte a ello. Chase gruñó, se bebió la cerveza y se dirigió hacia la puerta. -Ella ni siquiera quiere casarse con él, ¿por qué le iba a importar si mi traje le queda bien?. -A papá le importará. A mí me importará. Ve a hacerlo. Harry volvió a ejercer sus privilegios de hijo mayor. Puede que todos fueran hermanos, pero eso no impedía que la jerarquía fuera muy clara. Harry era el mayor tras asumir el papel tras la muerte de su hermano mayor. Luego venía Mark.