El hombre no dejaba de gritar, lanzando maldiciones dentro de la oficina. Cada palabra que salía de su boca llenaba a la secretaria de satisfacción, pues había cumplido su parte del trato. Con una sonrisa maliciosa en el rostro la secretaria, tomó su teléfono y marcó el número que conocía de memoria. Al otro lado de la línea, alguien esperaba con ansias esa llamada.
—Está hecho, joven —anunció con firmeza.
Una sonrisa se formó en el rostro de su verdadero jefe. Al fin, las piezas estaban cayendo en su lugar. Esa era solo la primera fase de su venganza contra aquel hombre y su joven hija, que le había causado tanto daño a su familia. Ahora pagaría por cada uno de sus errores, y lo haría lentamente, saboreando cada paso de su inevitable caída.
La secretaria no dejó de hablar, proporcionando todos los detalles de lo ocurrido mientras su jefe tecleaba algunos números en su computadora. Unos segundos después, ella recibió una notificación bancaria: miles de dólares habían sido depositados en su cuenta. Era parte del trato. Todo el mundo sabía que el jefe siempre cumplía su palabra. Nadie se atrevía a desafiarlo, y quienes lo hacían, tarde o temprano, encontraban la muerte. Estabas con él, o estabas contra él.
—Prepárame el avión privado —ordenó el hombre a su asistente —. Regreso hoy mismo a la ciudad. Tengo que reunirme con una vieja amiga.
Después de algunas palabras más, la secretaria y él colgaron. Ella era solo una pieza más en su tablero, una espía a la que había colocado estratégicamente en esa compañía. Antes de conocerlo, había sido prostituta, una de las más sucias en el negocio. Él la transformó en una mujer atractiva y refinada, irresistible para su jefe y para varios de sus socios. No dudaba en usar su cuerpo para obtener información o influir en las decisiones de la empresa. Abría las piernas para quien fuera, siempre y cuando el precio fuera el adecuado. Resultaba casi increíble que aquel hombre, un "respetable" padre de familia, no hubiera contraído alguna enfermedad debido a su compañera de aventuras, una mujer que él despreciaba en privado, a pesar de su constante deseo.
Por un momento, Eddy se perdió en sus pensamientos. Quizá debería haber contratado a alguien con una enfermedad de transmisión s****l, como el sida. Eso habría sido una buena venganza, pensó con frialdad. Pero no. Era demasiado simple. Él prefería destruirlo lenta y meticulosamente, golpe a golpe, hasta que su enemigo no tuviera nada.
Mientras tanto, en el centro comercial de la ciudad, madre e hija paseaban entre las tiendas, comprando lo necesario para el inicio de clases universitarias de la joven. Como toda madre responsable, ella regañaba a su hija por dejar las compras para el último momento.
—¿Por qué esperaste hasta ahora? —le reprochaba—. Ya no queda nada de buena calidad. Todo lo mejor se acabó al principio.
La joven solo la miraba en silencio, sin responder a las preguntas. Continuaron con las compras hasta que la hija, notando el cansancio en su madre, la invitó a comer. Sin embargo, la madre, exhausta, prefirió regresar a casa. El golpe que su esposo le había dado esa misma mañana aún estaba marcado en su mejilla. Trataba de ocultarlo con el cabello, pero el moretón seguía siendo visible.
A pesar de su infancia complicada, la joven amaba a su madre. Sabía que, en el fondo, era una mujer dulce, y que ahora intentaba redimirse por haber estado del lado de su marido en lugar del suyo en tantas ocasiones.
—Ve a descansar, mamá —le dijo la joven con amabilidad—. De verdad lo necesitas.
Después de intercambiar algunas palabras más, la madre aceptó la sugerencia y se marchó. Sin embargo, no pudo evitar sentir un nudo en el estómago mientras se alejaba. Algo no estaba bien, una sensación de inquietud que no lograba entender del todo la embargó. Tal vez se debía al cansancio, o tal vez, como madre, intuía que algo oculto estaba a punto de salir a la luz.