Capítulo 7

1405 Words
Zareth Umbrathiel no era un lugar para los que temen a la oscuridad. Caminaba por sus senderos tortuosos con paso firme, cada paso resonando con un eco sordo, como un recordatorio de que aquel terreno estaba marcado por la sombra y la muerte. La bruma serpenteaba entre los árboles muertos, abrazándome con su frío aliento, susurrándome secretos que ni siquiera quería escuchar. Todo estaba en silencio, pero no había paz. No aquí. Mi plan era comenzar mi ronda en dos días, medir cada movimiento, cada sombra, preparar cada jugada con cuidado. Pero el ansia me carcomía. El misterio de Umbrathiel se había convertido en un latido constante, un fuego que me quemaba por dentro. Así que me lancé al abismo antes de tiempo. Mis ojos, acostumbrados a la oscuridad, penetraban entre las ramas secas, buscando cualquier señal de vida o muerte. Sentía la presión invisible de algo acechando, un eco antiguo que se resistía a morir. Y yo tenía que encontrarlo antes que todo se desmoronara. Cada raíz que pisaba era un desafío, cada crujido un posible enemigo. Pero mi cuerpo se movía con la precisión de un depredador que conoce su territorio. Aquí, no hay espacio para dudas. No para los que han visto demasiado. Zareth permaneció inmóvil unos segundos, sintiendo cómo el aire a su alrededor se espesaba, cargado de una presencia antigua. Era como si el tiempo se hubiera detenido justo allí, como si el mundo contuviera la respiración. Su instinto, ese que nunca fallaba, le susurraba que no estaba solo. No era una amenaza. No era un enemigo. Era algo más íntimo. Más profundo. Algo que le pertenecía sin saberlo. Finalmente, sin apartar la mirada de las torres apagadas del castillo, murmuró con voz baja, grave, como quien jura sin testigos: —Estoy más cerca de ti, lo sé. La puerta del castillo crujió como si exhalara siglos de silencio. La madera, ennegrecida por la humedad y el olvido, no opuso resistencia. Solo se abrió, sumisa. Como si lo esperara. Como si lo reconociera. El interior lo recibió con un soplo gélido que acarició su piel como una advertencia o… una caricia de otro tiempo. El aire olía a piedra húmeda, a magia dormida y a memorias selladas bajo polvo y sombra. Zareth avanzó. Sus pasos resonaban en el mármol como tambores lejanos. A cada zancada, las antorchas se encendían solas, una tras otra, iluminando su camino con una obediencia fantasmal. El castillo no le temía. Lo conocía. —¿Qué demonios eres? —murmuró, observando los tapices deshilachados que colgaban de las paredes como heridas abiertas. Un susurro. Un movimiento en el piso superior. No era una bestia. No era una trampa. Era alguien. Subió la escalera sin prisa, con la precisión de un depredador que no teme lo que caza. Cada peldaño parecía medirlo, olerlo, tantearlo. Como si la magia del lugar estuviera probando su alma. En el pasillo superior, algo invisible tiró de él hacia la izquierda. Una puerta entornada. Una habitación en penumbra. Entró. El cuarto estaba casi desnudo. Una cama cubierta de sábanas grises. Una vela derretida. Un espejo inclinado contra la pared. Zareth se acercó. Y en el reflejo lo vio. No por completo. Solo un destello. Una figura femenina. Cabello largo. Mirada herida. Un parpadeo, y ya no estaba. Su ceño se frunció. Posó la mano sobre el marco del espejo. Estaba caliente. Como si alguien hubiera estado allí. Como si esa alguien aún respirara en ese cuarto. —Estás aquí —susurró. Se giró con lentitud. El castillo entero parecía observarlo. Pero no era eso lo que sentía. Era ella. En lo más profundo, en lo más sutil. Como un perfume antiguo atrapado en el aire. Como el recuerdo de una voz que nunca ha sido escuchada. Avanzó por un pasillo lateral, con la antorcha ardiendo como una herida abierta. No la necesitaba; podía ver en la oscuridad mejor que en la luz. Pero el fuego tenía algo de ritual. De tributo. Pasó los dedos por la pared. Cerró los ojos. Lavanda. Apenas perceptible. Como humo de un incienso apagado hace años. Y el suelo Un mechón de cabello oscuro. Y una huella en el polvo. Como si alguien hubiera caído de rodillas. Y luego huido. Zareth se agachó, los dedos rozando la marca. Sus sentidos estaban afilados como cuchillas. Pero lo que sentía no era amenaza. Era un llamado. Algo que no entendía, pero que su cuerpo reconocía. Una necesidad primitiva, visceral. Como si algo perdido lo reclamara. Como si algo suyo llorara en silencio, justo detrás del tiempo. Se incorporó y caminó hacia el gran salón. La oscuridad era espesa, casi líquida. Y allí, en el centro del eco, se arrodilló. Cerró los ojos. Y por un instante la sintió. No un nombre. No un rostro. Solo la presencia. Frágil. Temblorosa. Hermosa en su silencio. Su pecho se agitó. —¿Quién eres, pequeña sombra? —murmuró—. ¿Por qué te escondes de mí si soy yo quien te está buscando? Un susurro serpenteó entre las grietas del muro. —¿Quién eres? —repitió, su voz rozando la penumbra como una caricia grave—. Puedo sentirte Zareth dio un paso. Y otro. La tensión del aire lo abrazaba como una segunda piel. Se detuvo frente a un salón olvidado. Cortinas rasgadas. Paredes resquebrajadas. Y en ese rincón algo. Alguien. —No tienes que temerme aún —dijo. Esa última palabra flotó como un veneno dulce. Una promesa peligrosa. Un presagio. No la veía. Pero lo sentía. Como se sabe el peligro antes de una batalla. Como se siente el cambio de clima antes de la tormenta. El aire detrás de ese muro temblaba distinto. No era magia. No como la que yo conocía. Era algo más antiguo. Más visceral. Ella. Un paso más. Uno solo. Y entonces la voz. —Zareth. No fue un llamado. Fue una sentencia. Sentí cómo se me tensaron los hombros al instante. La gran hada. Su voz me habló directo al pecho, atravesando cada capa que yo había construido para mantener mi voluntad intacta. —Zareth. No un llamado. Una sentencia. Sentí los hombros tensarse al instante. La gran hada. Su voz atravesó mi pecho, como un dardo invisible, rompiendo las capas que había levantado para mantener mi voluntad intacta. —Zareth regresa. —No—murmuré, apenas un susurro—. No ahora. No cuando estoy tan cerca. No cuando algo dentro de mí se calma con solo estar aquí. Giré el rostro hacia la cortina. Seguía allí. Y detrás, el pulso, un tambor sordo bajo la tierra, llamándome. No obtuve respuesta inmediata. El silencio pesó, lento, fatal. Y luego, como un trueno distante, la voz volvió a resonar en mi mente: —El Mar de Huesos ha sido liberado. Las puertas del Sur han caído. Lo que duerme ya no duerme. Las palabras me atravesaron. La parte más oscura y antigua de mí reaccionó. Enderecé la espalda. Los sentidos se aguzaron. El deber. Otra vez el deber. Pero mi mano seguía suspendida en el aire, como si pudiera tocar aquello invisible con solo un centímetro más. Entonces, sin apartar la mirada, la pregunté en mi mente. —¿Hay alguien que habite aquí? Un instante de quietud. Y la respuesta fluyó, clara y fría, dentro de mi cabeza: —No. Desde la muerte de Vaelith, nadie ha puesto un pie dentro. El castillo está vacío y sellado. Nadie vive aquí. Guardé silencio. No era momento de dar explicaciones ni mostrar dudas. El aire a mi alrededor pareció espesarse, como si esas palabras estuvieran destinadas a cruzar el velo entre lo visible y lo oculto. Con voz baja, profunda, casi un susurro que solo ella podría oír, pronuncié: —Sea lo que seas, pequeña sombra —Regresaré. —Y te encontraré, cueste lo que cueste. No era una promesa para el castillo vacío, ni para la gran hada que había hablado. Era un juramento para ella, para esa presencia que se esconde, para lo que aún vive en las sombras. Porque no importa cuán lejos o cuán oscura sea la noche, no importa cuánto se intente ocultar lo que está destinado a ser encontrado. Mi voz se volvió un eco en la penumbra, un lazo invisible que se tensaba entre nosotros. Y aunque nadie más pudiera escucharlo, ella lo haría. Yo estaba llegando. Y no me detendría hasta que la encontrara.
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