-¿Preferida? -pregunté... Casi estaba sin aire-
-Eres la única serpiente que me cae bien... Sin contar a Nagini. -se rió. Yo sonreí inconscientemente al verla reír- Por cierto... ¿Hoy me enseñarás Pociones? Es algo que no entiendo. ¿Los fines de semana hay tutoría?
-Se supone que tenemos de lunes a viernes. -contesté y a lo lejos vi que dos chicas de mi casa nos miraban y hablaban entre ellas-
-¿Por qué estabas ayer en el aula de Pociones entonces? -preguntó. Me sentí atrapado y en blanco. Me quedé callado por unos momentos, fingiendo no escucharla para poder pensar en algo- Tom... -me llamó. La miré y levanté una ceja- ¿Por qué estabas anoche en el aula si no teníamos tutoría?
-Porque yo me había olvidado de decírtelo. -contesté- Ahora lo sabes.
-Oh, está bien. -sonrió- Me voy a mi sala. Adiós, Tom. -besó mi mejilla y me sentí muy extraño, casi triste. Nadie había hecho eso antes. No lo permitía-
-Adiós... -se fue en dirección a la cocina (ya que por ahí estaba la sala de Hufflepuff) y desapareció-
-¿Qué tanto hablan con la Hufflepuff? -escuché una voz femenina a mi lado. Comencé a caminar en dirección a las mazmorras-
-Eso no te interesa, Druella. -le contesté con sequedad-
-Oh, vamos. ¿Te gusta esa sangre sucia? -preguntó siguiéndome-
-No. Y, si me gustara, no sería de tu incumbencia. -¿Qué es esa confianza que están tomándose conmigo? Malditas moscas molestas-
-Es sólo una patética ni... -se calló al verme frenar y apuntarle con la varita-
-Deja de meterte en cosas que no te incumben e insultar a gente que no conoces sólo porque hayan hablado más conmigo que tú, Rosier. -dije con un poco de ira. Ella palideció por completo- Si no quieres el mismo destino que tu maldito ratón, no te metas. -bajé la varita y seguí caminando. Yo había incinerado a su ratón por encontrarlo en mi habitación. Lo colgué en el tablero de anuncios de la cola y escribí "Al próximo que se meta en mi dormitorio, le haré lo mismo que a él". Llegué a la sala común y me fui a mi cuarto a leer más sobre los horrocruxes-
Narra Adeline York:
Por suerte hoy no había tutoría, así que podría ir al bosque prohibido a ver a los unicornios. Estaba comenzando a hacer que me tomaran confianza. A este paso, lograría poder acariciarlos muy pronto...
Esperé a que los prefectos volvieran de sus patrullajes y salí sigilosamente. Debían ser como las doce y media de la noche y no había ni un alma en los pasillos. Era molesto caminar siempre desde el sótano hasta la torre. Mi sala común quedaba lejos de todo, era agotador.
Cuando llegué a la torre, fui hacia el cuadro vacío que ocultaba la escoba y lo corrí. Mi escoba no estaba allí. Miré por todos lados y nada. Juro que la puse ahí luego de volver del bosque con Tom... Oh, claro. ¡El maldito la había sacado de ahí! "No vuelvas a venir aquí" ¡Es obvio que la sacó para que no volviera! ¡Infeliz!
Salí hecha una furia de la torre de astronomía y me fui hacia las mazmorras. De nuevo abajo... Me escondí de algunos prefectos de Gryffindor que merodeaban por el séptimo piso y seguí bajando. Casi me caigo de las malditas escaleras como tres veces hasta llegar al lugar indicado. Los prefectos de Slytherin estaban regresando de sus patrullajes, así que, como la anterior vez que invadí Slytherin, me escondí y escuché la contraseña (porque era obvio que la cambiarían luego de lo de esta tarde). Estuve escondida durante unos veinte minutos, asegurándome que los prefectos ya habían entrado a sus habitaciones. Me acerqué a la entrada sigilosamente.
-Slytherin es el mejor. -rodé los ojos. ¡Un poco de humildad, serpientes!- Hufflepuff manda, malditos... -susurré y entré a la sala común. Estaba todo oscuro, había una chica dormida en el sofá con un libro en su mano. Pasé en puntitas de pie por detrás de ella, caminando hacia la izquierda para ir a las habitaciones de los hombres- Lumos. -susurré sosteniendo mi varita para poder leer los nombres de las puertas. La mayoría eran habitaciones compartidas, pero al fondo se encontraban las individuales. Leí nombre por nombre hasta llegar a la de Tom. Intenté abrirla, pero no podía- Alohomora. -susurré. La puerta se abrió y yo pasé. Cerré la puerta detrás de mí e hice un hechizo para silenciar la habitación. Me acerqué a la cama en donde Tom dormía y lo pateé. Él se despertó sobresaltado y saltó sobre mí instintivamente. Su varita estaba en su mano derecha y mi cuello en la izquierda. Yo estaba en el suelo. Él no me veía por la falta de iluminación-
-He dicho que al próximo que entrara a mi habitación terminaría prendido fuego. -dijo con una voz tan cruel, fría y tenebrosa que me asustó. La fuerza que estaba ejerciendo en mi cuello era demasiada, casi no podía respirar. Sentía la punta de su varita en mi mejilla y su aliento chocándome en el rostro- Veamos a quién heriré hoy. -dijo cínicamente- Lumos. -tuve que cerrar los ojos cuando la luz se prendió. Él dejó de ejercer fuerza y su varita cayó al lado de mi cara. Yo tosí y me agarré el cuello. Respiré hondo un par de veces. Él seguía arriba de mí, mirándome incrédulo, preocupado, arrepentido y petrificado- Adeline... -susurró. Yo me removí y liberé mi pierna. Lo empujé para atrás (pateándolo) y me senté-
-¡Imbécil! -le grité. Sabiendo que nadie me escucharía- ¡¿Por qué sacaste la escoba de la torre?!
-¿Qué haces aquí? -él seguía como shockeado. Se miró las manos y me miró a mi- Lo siento... -susurró-
-¡No te perdono una mierda, Riddle! ¡Te dije que volvería al bosque! -le tiré con su varita-
-Deja de gritar, van a escucharte. -dijo recobrando la compostura- ¿Qué rayos haces aquí?
-¡Vine al jugar ajedrez! -dije con sarcasmo- ¿Quién te crees para sacar la escoba de donde la dejé? -me levanté y agarré su almohada para pegarle. Sentía que ningún hechizo me haría descargar mi enojo como lo haría golpeándolo con la almohada- Eres. Un. Maldito. Infeliz. -cada palabra un golpe. Él se levantó y me arrebató la almohada. Me agarró de los hombros, llevándome hasta la pared y me arrinconó-
-¿Quién te crees para entrar aquí, York? -espetó con enojo. Yo lo empujé bruscamente y alcé mi varita del suelo-
-¿Y tú para sacar la escoba? -contraataqué. Él se acercó a mi y me empujó de nuevo hacia la pared. Era una guerra de empujones, yo lo empujaba y él me lo devolvía-
-¡No puedes entrar aquí! ¡Nadie puede! -me gritó muy cerca del rostro-
-¡Pues mira cómo entré, idiota! -lo alejé de mí- ¡Dime por qué sacaste la escoba de ahí!
-Aguarda un momento... -dijo levantando las manos- ¿Usaste un hechizo silenciador en la habitación? -preguntó-
-Sí, así que puedo asesinarte y no te escucharán. -le dije cruzándome de brazos-
-¡Deja de ser tan histérica! ¡Es sólo una escoba! -me gritó-
-¿Me llamaste histérica? -pregunté en una voz peligrosamente baja. Me acerqué a él lentamente hasta tenerlo a unos diez o quince centímetros- ¿Tú me llamaste histérica? -volví a preguntar-
-Sí. Histérica. -repitió. Lo agarré del suéter (porque, al parecer, se había dormido con la ropa puesta) y lo tiré al suelo, subiéndome encima de su estómago. Comencé a zarandearlo. Él invirtió nuestra posición, así que ahora yo estaba debajo de él-
-¡Idiota! -chillé-
-¡Histérica! -seguimos dando vueltas por la habitación-
-¡No tienes por qué desaparecer mis cosas! -le grité me puse sobre de él otra vez-
-¡Era para asegurarme que no volverías al bosque! -me dio vuelta y me agarró las muñecas. Ahora no podía liberarme para ponerlo debajo de mí y seguir zarandeándolo-
-¿Y quién eres tú para decidir lo que haré o no? -dije irritada. Nuestras respiraciones estaban agitadas por tanto ajetreo y lucha en el suelo-
-Y si no te protejo yo, ¿quién lo hará? -dijo, sorprendiéndome- ¿Tu amigo Dean? -las muñecas estaban doliéndome-
-Suelta mis muñecas, Tom. -dije agitando mis brazos, pero él las siguió agarrando- Me duele.
-¿Quién va a asegurarse de que sigas viva? -preguntó ignorando lo que le decía. Su tono estaba asustándome un poco. Era el mismo que usó cuando me estaba ahorcando en el suelo y no sabía que era yo-
-Puedo arreglármelas sola. -intenté zafarme- Me haces daño, Tom. -lo miré a los ojos. Él se quedó mirándome unos segundos y me soltó las muñecas. Pero no se quedó quieto, sino que me agarró el rostro y me besó-